Fui militante del MIR y preso político. Me detuvieron en 1981 por formación de grupo armado de combate y robos por intimidación y, luego de estar detenido en el Cuartel Borgoño, estuve ocho años en la cárcel, entre la Cárcel Pública de Santiago y la Penitenciaría, y terminé mi condena en 1989.

Llegar a la cárcel era extremadamente complicado durante esos años. Vivir dentro de la cárcel ya es difícil, pero lo más duro era sobrevivir a la DINA, y después sobreponerse y enfrentar a la CNI en tiempos de Álvaro Corbalán. Porque todos los presos políticos que cayeron en las cárceles, en la Penitenciaria de Santiago, la Cárcel Pública de Santiago, fueron torturados, todos. En ese tiempo ya no funcionaba Villa Grimaldi, Londres ni la Venda Sexy. Funcionaba el Cuartel Borgoño y todos pasamos por ahí.

Era un centro exclusivamente de tortura y de información, incluso tenían una máquina para torturar al medio. Los torturadores trabajaban siempre, no había feriados ni nada. Y además de provocar dolor, la idea era sacar información. Todo avalado por el Estado. Y la información que se obtenía de los torturados en muchos casos servía para las unidades de ejecución. Por ejemplo, lograron encontrar a retornados clandestinos o casas de seguridad donde posteriormente se montaron ratoneras o se determinaron falsos enfrentamientos con la muerte de muchos compañeros.

El proceso era largo: 15 o 20 días, incluso un mes de tortura. Hubo un compañero que fue detenido en diciembre del 80, y que fue entregado a la Cárcel Pública en marzo del 81. O sea, estuvo 4 meses en tortura. Esa era la tónica.

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Después de la etapa de tortura, la CNI te entregaba a la fiscalía militar, no a los tribunales civiles, y eran ellos mismos quienes llevaban tu proceso. Entonces en términos rápidos te preguntaban si era verdad lo que la CNI había contado, y si tú decías que no, te dejaban cinco días incomunicado y ahí comenzaba un proceso de largos años, donde no hubo ninguna posibilidad de ejercer una legitima defensa. No existía la presunción de inocencia, lo que decía el fiscal era ley.

En ochos años, nunca se nos concedió ningún beneficio y las condenas fueron cumplidas a cabalidad, mientras que los vejámenes a nuestros familiares eran indescriptibles: abusos sexuales, acoso a menores. Es impresionante el contraste de cómo vivimos por largos años encerrados y cómo viven hoy los militares de Punta Peuco y la libertad que le dio la Corte Suprema a varios de ellos, ese es el golpe más duro.

Todos los familiares presentaban recursos de amparo en la Corte de Apelaciones y todos eran negados, porque la CNI decía que los detenidos no estaban. Pero como contrasentido, después de 20 días o un mes, aparecían en la portada de los diarios (La Tercera, El Mercurio, La Segunda) fotos del lugar donde aparecíamos todos los presos. Entonces eso demuestra que la CNI no informaba a los tribunales, y que ellos nunca se preocuparon de corroborar si esa información era verdad o no.

Por ejemplo, de 10 casos que solicitaban la libertad bajo fianza, se la daban en promedio a 2. Y eso que tuvimos la suerte de que habían dos grandes organizaciones que defendían a los presos: la Vicaría de la Solidaridad y el Comité de Defensa del Pueblo (CODEPU). En ambas instancias había abogados extraordinarios que asumieron nuestra defensa, y en casos complicados como Carrizal Bajo, Carol Urzúa, Roger Vergara, los asaltos bancarios. Entonces las defensas eran doblemente difíciles porque la justicia militar también te la hacía imposible.

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Para los presos políticos la cárcel nunca fue el lugar de los derrotados, nosotros teníamos nuestras propias reivindicaciones y nos convertimos en una bandera de lucha contra la dictadura. Nosotros decíamos que éramos el diario desafío en la mesa del tirano, por decirlo de alguna forma poética.

Desde adentro comenzamos a hacer un trabajo con las organizaciones sociales y las uniones sindicales que nos comenzaron a visitar. Por ejemplo, quiero destacar que Clotario Blest iba todos los sábados, el viejo llegaba y nos saludaba uno por uno. Nos decía que había que soportar la cárcel, que tarde o temprano la libertad iba a llegar. Además, comenzamos a trabajar con la CUT, con los profesores, con el movimiento y federación de estudiantes. Yo soy profesor y mi trabajo estaba enfocado al Colegio de Profesores, que tenía un comité de derechos humanos. Una vez por año me llegaba una torta y calcetines de regalo y una parca de parte de ellos, por necesidad yo digo.

Hasta 1985, todos los presos políticos vivíamos con la población común. Teníamos prohibido vivir dos presos políticos juntos, entonces solo había uno por celda. Pero sí podíamos convivir, o sea, podíamos almorzar juntos. Teníamos una carreta en una celda, en la cual hacíamos turnos diarios y nosotros mismos nos preparábamos la comida, luego de la experiencia que tuvimos con los envenenamientos de 6 presos, en que 2 murieron y 4 quedaron con lesiones graves: Ricardo Aguilera, Lizardo Aguilera, Guillermo Rodríguez Morales.

Y también hacíamos artesanía. Palomas de hueso, carteras, trabajo en lanas y madera también. Y estudios. Era difícil tener literatura política pero a veces pasaban, uno les cambiaba las tapas y puede ser que “El viaje a las estrellas” fuera en realidad una obra del pelado Lenin. También habían muchos debates internos, porque habían economistas, médicos, los profesores hacíamos clases. Es indudable que era una forma de sobrevivir, pero también se convirtió en trabajo social.

La cárcel se convirtió en un foco de actividad política, y organizábamos reuniones para ver cómo intervenir, por ejemplo, si había un congreso de artes y cultura, que en las reivindicaciones del arte estuviera la libertad de los presos políticos, o que el Colegio Médico pidiera la libertad de sus médicos presos, y así sucesivamente.  También se aportaba a la resistencia, a las milicias, y también llegaban muchas visitas de organismos internacionales a los que les contábamos las complicaciones que teníamos para ejercer nuestra defensa, que una cosa era el trabajo político y la otra el tema judicial.

En varias oportunidades hicimos huelgas de hambre para visibilizar nuestra situación o protestar ante situaciones como el caso Degollados, pero la más larga fue cuando vino el papa Juan Pablo II, que duró cerca de 30 días. Se hizo una campaña preparada con anticipación, familiares y exiliados en diversos países de Europa, y letreros en universidades que decían “presos políticos llevan 15 días en huelga de hambre”, etc. Y luego de que la pobladora Luisa Rivero, en el Parque La Bandera, dijo delante del papa que los presos políticos estaban en huelga de hambre, por fin pudimos conseguir unos pequeños beneficios, como agua caliente en las duchas y reclusión nocturna para algunos.

Pero así como comenzamos a crecer, el hostigamiento fue más alto buscando una desmoralización: los familiares eran retardados en las visitas, había mucho toqueteo sexual de los gendarmes, también allanamientos a nuestras celdas sin motivos. Hay un protocolo que ellos tienen, pero nunca se respetó, y siempre fueron bastantes más allá de lo que se suponía.

Además, adentro siempre se realizaban muchos motines y muchas veces nos veíamos metidos en motines en donde no sabíamos el por qué. Todo el mundo comenzaba a lanzar sus colchones a la galería y de repente, en la mitad del motín, veíamos correr a la CNI con su brazalete por los techos de la cárcel pública y disparando a las celdas donde vivían los presos políticos.

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Yo en esa época tenía 26 años, hoy tengo 65. Ha pasado tiempo, pero toda esa generación tiene más o menos la misma edad. Hoy se cumplen 45 años años, y fue tanto tiempo que costó que lograran meter presos a quienes cometieron crímenes horrendos.

Entonces, cuando uno ve el trato que han tenido los presos de Punta Peuco, es un golpe duro porque de ese lado de la cárcel, de ese lado de la política, de ese lado de la clase social donde están ellos, ahí está consumado el modelo, la perversión más dura, los delitos más horrendos. Y molesta, por decirlo de alguna forma suave, el trato que han recibido de parte de los tribunales.

No es entendible que las Fuerzas Armadas se hayan ido tranquilos para su casa y que no hayamos podido avanzar para esclarecer toda la verdad. Es impunidad. Si yo ahora juzgara a alguien a los 80 años, claro, el hombre está viejo, pero pasaron 40 años y nunca hubo colaboración, absolutamente ninguna colaboración.

No me sorprende del gobierno de Piñera, de la UDI y RN, porque ellos siempre han tenido a las Fuerzas Armadas como su brazo de acción, pero, ¿qué hacían los ministros de defensa de la Concertación y la Nueva Mayoría que no exigieron la colaboración que se necesitaba? Sobre todo, entendiendo que el poder militar tiene que estar supeditado al civil.

Yo en 1990 me fui a vivir a Bélgica y volví en 2013. Cuando volví, encontré un país bastante neoliberal, extremadamente consumista, agresivamente individual. Pésima distribución del ingreso, la salud privatizada, educación en un estado precario, los pilares de la dictadura siguen incólumes. No hay por dónde creer que este modelo funcione, entonces me pregunto yo, ¿hasta cuándo esta sensación de injusticia?