Estos últimos días ha circulado un video de una instalación artística desarrollada por estudiantes de cuarto medio del Colegio San Ignacio El Bosque, que ha sido ampliamente difundida y rechazada. En ella se dispusieron fotografías de algunos ministros adheridas a los urinarios de los baños de educación media, acompañadas de logos del gobierno y una cita de Jacques Rancière , lo que se ha considerado por las autoridades como algo “humillante” y “ofensivo”.

Los firmantes de esta carta consideramos que dar por sentado que un ejercicio de reflexión como el desarrollado en el curso de arte del colegio San Ignacio contiene componentes “ofensivos” por los cuales la institución debe pedir disculpas, es entender bastante poco de las estrategias críticas desarrolladas dentro de un campo de acción, como es el arte, que desde fines del siglo XIX ha trabajado en la conquista de una autonomía reflexiva en virtud de la cual solo puede resultar anacrónico pedirle hoy en día que responda a los patrones convencionales de “respeto a la autoridad”.

Los que opinan y piden autoritariamente una sanción y una disculpa sin mediación de análisis, probablemente desconocen a qué se llama arte contemporáneo, qué es la intervención de un espacio como práctica de arte, qué importancia tiene para la cultura contemporánea la obra La Fuente de Marcel Duchamp (1917), quién es Jacques Rancière, qué formula su teoría acerca del reparto de lo sensible, cuál es la relación crítica entre una fotografía y un logo, qué significa la cuadrícula o trama (en este caso representada por las líneas entre los cerámicos murales), todas cuestiones que son discutibles solo en el desarrollo de un buen programa de enseñanza del arte y la cultura visual para estudiantes de enseñanza media, quienes, por lo demás, son personas que tienen acceso a lo que puede verse de manera habitual en los espacios del mundo donde se exhibe y discute la contemporaneidad del arte.

La respuesta adecuada de adultos dispuestos a reconocer que no tienen una opinión documentada dentro de este campo de acción, sería la de convocar a una discusión abierta acerca de los significados y sentidos posibles del ejercicio, instancia en la que pudiera ser evaluada la consistencia de la propuesta desarrollada por los estudiantes y, ciertamente puesta en tela de juicio con argumentos válidos para la discusión que demanda el objeto. Pero el reclamo que al unísono han lanzado los supuestos ofendidos, en conjunto con la autoridad del colegio, revela una falta de amplitud de criterio reprochable para las mismas voces que pretenden hablar a favor de la calidad de la educación.

Lo que realmente debiera preocupar a unas autoridades que así darían cuenta de recibir las señales que envían los gobernados (especialmente si se trata de jóvenes) es por qué su fotografía ha servido como un signo específico, al interior de un ejercicio de arte – no olvidemos que este es un ejercicio y no propiamente una obra- que al parecer pretende dar cuenta del lugar en que se han puesto los representantes del poder en relación con las necesidades básicas de la ciudadanía. En el ejercicio de estos jóvenes, ese es el lugar del orinal, donde la orina puede ser pensada como el último recurso que le queda a un cuerpo para manifestarse, cuando sus formas de expresión y desarrollo han sido sistemáticamente enrieladas a un sistema de sumisión y adormecimiento. Cabría valorar que estudiantes que, por su condición socioeconómica, pudieran no estar enfrentados a necesidades básicas acuciantes, piensen en el cuerpo y en sus incomodidades o urgencias como una instancia desde la que cabe manifestar la disidencia con los poderes políticos.

Y si estamos tan prestos a evaluar este episodio desde un punto de vista ético, señalando que se ha faltado el respeto a ciertas personas (personas por lo demás afectas al escrutinio público en la medida en que son agentes de un gobierno elegido bajo la norma de la democracia), ¿no sería necesario preocuparse por algunos miembros de la comunidad escolar, cuyo primer impulso, antes de propiciar cualquier discusión en torno al objeto provocador, es denunciar el trabajo de sus compañeros a través de la prensa con el fin de propiciar la censura?, ¿no sería necesario evaluar el germen autoritario que se deja ver en ese gesto y sancionarlo desde una perspectiva ética, tan fácil a quienes han tomado cartas en este asunto? Por otro lado, si queremos establecer una educación ciudadana basada en situaciones reales, tal vez sea la educación del arte contemporáneo el mejor espacio para comenzar a discutir.

Los firmantes de esta carta pedimos que impere un poco de sensatez, un criterio abierto y no un prurito autoritario y conservador frente a este caso.