La resistencia cultural puede ser imperceptible. Está hecha de gestos, que satisfacen y hasta enorgullecen a quienes resisten convirtiendo, naturalmente, la miseria en dignidad. Pese a ello, desde el requerimiento de la reivindicación de la militancia partidaria se percibe cierta intolerancia o incomodidad cuando el relato que surge de una memoria irreverente -o más realista de lo conveniente para las historias oficiales- contrasta con el ejemplo de los héroes y mártires. No obstante, las personas sobrevivientes, que no se sienten héroes ni mártires ni traidoras, están impelidas a conectarse con el rol estereotipado que correspondería al deber ser de la militancia encarcelada; aunque esa imagen no corresponda necesariamente a su autoimagen. Sin embargo, inevitablemente las personas tropiezan con el recuerdo de ellas mismas –sencillas, mortales y dignas- que compartieron una cotidianidad donde vivieron memorables episodios personales aparentemente “sin importancia histórica”. Probablemente el haber vivido momentos festivos y afectivos (o reivindicables en forma positiva) provoca una “mala conciencia” que inhibe la narración de aquellos momentos vividos por el o la militante-víctima o víctima-militante. Diría que hay una razón interna, ética; y otra externa, política. Por una parte, se (auto)impone un pudor íntimo, vergonzante, por la involuntaria ostentación del privilegio de ser sobrevivientes no obstante continúe presente el duelo por quienes murieron.

La nostalgia imprevista, que introduce una celebración dentro de la conmemoración, se revela mediante irrupciones de la memoria en circuitos prácticamente cerrados; en ocasiones que reactivan recuerdos individuales y anécdotas de grupos que, sin ser secretos, están en el campo común de experiencias cuyo conocimiento está reservado a la cofradía, que tiene sus claves, sobreentendidos, donde late ese humor entre congéneres que puede transformar lo solemne en ridículo sin mayor trámite. Al concluir una serie de entrevistas con antiguos prisioneros de campos de concentración, los entrevistadores anotan: “…y si algunos de ellos nos han dicho que incluso en Auschwitz-Birkenau el humor tenía su lugar, eso obviamente no ha impedido que todos sigan obsesionados por el recuerdo de los desaparecidos”. La memoria que hay en los pequeños relatos contribuyen a completar la historia. No se trata de reemplazar el drama por la comedia, pero sí de reconocer que ambos componentes están en el aire y para el mismo elenco.

Así como sucedió en Europa, hay momentos en que pasajes de la prisión política latinoamericana adquieren un sello tragicómico que supera el culto de la muerte. Se da una suerte de naturalización del realismo mágico, ya no literario sino en el contexto de una vivencia colectiva, que es difícil de transmitir y que forma parte de una reivindicación de memoria. Es probable, ante esa dificultad, que la culpabilidad por vivir de los supervivientes haya inhibido las posibilidades de comunicar experiencias positivas que permitieron sobrellevar la adversidad con humor, creatividad, ensoñaciones y espíritu comunitario. 

En contexto de duelo, entonces, es dable reconocer que los momentos de contemplación gozosa de la naturaleza, de creatividad, juegos y humor compartidos pueden ser no solo reivindicados sino que también producen –como lo han dicho exprisioneros– “nostalgias contradictorias”, melancolías escondidas y –a fin de cuentas– culposas: los sobrevivientes no solo no murieron sino que además tuvieron momentos de “felicidad insensata”; “felicidad primitiva” o “pueril”, le llama en su testimonio una exprisionera de Villa Grimaldi; otra, relatando su encuentro con una ex compañera de prisión, recuerda: “(aunque parezca frívolo decirlo) la maravillosa experiencia que compartimos en ese lugar”. Por su lado, el coro de prisioneras de Tres Álamos, luego de compartir sus cantos celebrando el Año Nuevo, cuentan que se fueron a acostar “agotadas, roncas, pero felices”.

Los desconciertos que suscitan los relatos de la cotidianidad sugieren que un aura imperceptible de misterios privados acompaña a la historia oficial. En ellos están los miedos, las vergüenzas, las insatisfacciones; esos misterios latentes, culturales, oscuros, son “interrumpidos por algunos momentos de felicidad infrecuentemente eufóricos”, que vulneran una cierta coherencia rólica esperada. En nuestro caso el cautiverio (in)feliz deviene una paradoja que perturba, porque el ser testigo implica cumplir con el deber de hablar por los que no están y representar, por tanto, el horror que motiva la ausencia de las personas muertas, desaparecidas o discapacitadas para testimoniar por ellas mismas. El cumplimiento de este deber del testigo posterga así el relato de los momentos de recuperación inimaginables que puede revelar las competencias humanas en el enfrentamiento a la adversidad y explicar en parte la sobrevivencia y la emergencia del sumergido. Recordando su incomunicación y tortura, Juan Casassus comparte una honda reflexión en su libro Camino en la oscuridad: “Puede parecer extraño hablar de felicidad en la situación en que me encontraba, pero estar sometido a tantas limitaciones me permitió evitar la dispersión y centrarme en lo más básico. Sin pérdida de energía, y sin la fuga a lo disperso, me fue posible ver lo que había en ese pozo sin fondo en el que me hallaba”.

El reconocimiento de “la felicidad insensata”, aunque pese, es parte de una memoria que políticamente ha sido postergada, eclipsada, y que a fin de cuentas es parte de la memoria de una comunidad de sobrevivientes y del conocimiento necesario para quienes no vivieron esa experiencia singular, turbadora, que muchas veces no encuentra las palabras adecuadas para relatarse. En los primeros versos de uno de sus poemas escritos en Dawson, Aristóteles España registra esa integridad y su contexto, la mezcla de sensaciones y sentimientos que se contraponen y conviven: He aprendido a amar entre los barrotes / rodeado de secretos, amenazas, / a conocer los metales del desprecio, / el valor de la unidad y la palabra, / a sentir, / a ser valiente cuando me torturan, / a contemplar cómo crecen las semillas / en las jaulas (Aristóteles España, “Una especie de canto”, en Dawson).

El lanzamiento de Derecho a fuga, una extraña felicidad compartida se realizará el jueves 27 de septiembre de 2018, a las 19 horas, en el auditorio del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. Presentan Sandra Palestro, ex presa política; José Santos-Herceg, académico y filósofo del IDEA (Instituto de Estdios Avanzados de la Usach); y Pía Barros, escritora y editora de Asterión Ediciones.


El Desconcierto