En plena dictadura, en el año 1978, la entonces joven poeta Elvira Hernández tuvo entre sus manos La nueva novela del poeta y artista visual Juan Luis Martínez; le quedó dando vueltas la página 135. Al año siguiente la detuvieron y al subsiguiente tuvo encima a la CNI, y tras quedarse encerrada en su casa, en enero de 1981 escribió La bandera de Chile (publicado una década más tarde en Argentina, pero circulando hacia 1987, mimeografiado en círculos de literatura de resistencia). En este se lee: “La Bandera de Chile es usada como mordaza”, una mordaza que “a riesgo de perder los dientes” nunca fue capaz de callar a esa autora que no admite mordaza patriarcal ninguna, y dice, lo dice todo en ese libro, que en cierto modo se inspiró en la bandera de esa, la página 135.

Al 11 y le siguen las “fiestas patrias”: carne y alcohol en exceso, y demasiada Patria. Sin desmerecer los efectos tóxicos del primer exceso mencionado, el último es el más nefasto, con sus nacionalismos y banderas que pretenden insuflar un falso sentimiento de unidad, con su consecuente desprecio hacia quienes no “pertenezcan” a cierta porción de tierra delimitada arbitrariamente por pugnas entre poderosos, únicos beneficiados.

Pienso en la cita a Francis Picabia: “El padre y la madre no tienen el derecho de la muerte sobre sus hijos, pero la Patria, nuestra segunda madre, puede inmolarlos para la inmensa gloria de los hombres políticos”. La leí justamente en la página 135 de la La nueva novela, escrita en Chile a fines de los años setenta, en plena dictadura y sus horrores, y al igual que a nuestra querida Elvira, es la página que me quedó más grabada. Grabada en el útero.

Se trata de “Epígrafe para un libro condenado”, donde flamea una bandera chilena a media asta, como señal de duelo se ha dicho sobre la mentada cita a Picabia, que habla de la paradoja que es morir por la patria en circunstancias que las propias madres no tenemos derecho sobre la vida de nuestros hijos. No es casual que esta página preceda al magistral poema La Desaparición de una familia, donde se evidencia la situación política de los detenidos desaparecidos, al tratar la desaparición incluso dentro del círculo protector que es la propia casa.

Tal como señala Felipe Cussen, la lectura política de la obra de Martínez se reafirma y se vuelve aún más patente con la posterior publicación de El poeta anónimo, también escrito en dictadura, entre 1985 y 1993 (o sea, en dictablanda, y eso el lúcido JLM siempre lo tuvo claro, como aparece patente en la entrevista que dio a Guattari). Las imágenes de animales o corderos invertidos bajo el título Los durmientes del valle (Lonquén, Chile), interactúan con recortes de prensa sobre osamentas de detenidos desaparecidos encontradas en Yumbel; y se presentan en un escalofriante contraste con recortes de avisos de perros extraviados en el barrio alto, junto a agradecimientos al espíritu santo por encontrarlos. (El título es una referencia al poema El Durmiente del valle de J. A. Rimbaud que trata de la muerte de un joven soldado, inspirado en el horror de la guerra francoprusiana que le tocó al poeta francés presenciar en 1870. Otra vez, recordamos la cita de Picabia. Otra vez, nos repulsa el concepto de patria).

Por mi parte, este septiembre recomiendo releer estos títulos imprescindibles, mientras entre olor a carne de animal muerto escuchemos cuecas machistas que instruyen “palos con ella”, después de rememorar la triste tortura y desaparición de hombres y mujeres que creían en un mundo más justo -entre ellas incluso embarazadas-, para seguir soñando con la extinción de todas las patrias y sus banderas, y la futura celebración de una única fiesta matria, en la que sólo se honre a la tierra que no nos exige nada más que respeto, y que hoy estamos destruyendo bajo el mando de los hombres políticos y económicos que se la adueñan sin ningún tipo de consideración -esos mismos de la cita de la página 135-, quienes se creen con derecho de muerte sobre nuestros hijos, y sobre todos los demás seres vivos de este planeta.

Así pues, dejemos de hablar de la “Madre Patria” o de la “segunda madre”. Una madre da vida al parir y luego no exige nada, sigue dando, nunca nos niega la leche. La Pater-Patria, en cambio, es una bosta que abona la entrega automatizada de los cuerpos a la bandera, pedazo de tela que nos tocó ver flamear a media asta en una existencia en serie, en la cadena a la fábrica, oficina o servicio, o como carroña de cañón para la Bolsa, que es la nueva guerra de la era tecno. Una serie de cuerpos que, pese a la traición, recibe la Madre-Mapu para volvernos boldo, canelo, espino, roble, después de ser sano compost entre amables gusanos.


Poeta, abogada y editora