Las madres, los padres y las hermanas y, donde ya no había padres, los sobrinos-nietos de esas tías y tíos abuelos tan jovencitos en sus rostros prendidos a las solapas, y todos los otros, los que no éramos más que una parte de esa institución que les homenajeaba desde el futuro, en este presente, nos trasladábamos a su pasado, el de cada una y cada uno de esos jóvenes detenidos y detenidas desaparecidos y asesinados, para decirles que qué no daríamos por caminar junto a ellos cualquiera de esos días, de sus días, en que asistían a clases de Francés, de Derecho, de Economía, o aprendían Filosofía, y discutían leyes o memorizaban poemas, en que preparaban sus exámenes y se sacaban buenas y malas calificaciones, y se besaban en la micro camino a la universidad; para decirles que querríamos haberles cargado los cuadernos y compartirles los apuntes y la colación.

Para siempre. Y que nos perdonaran, que por una impertinencia del diseño aquí estábamos nosotros, en el futuro, donde lo único que existía era ese pasado que pudo ser y este encuentro que estaba siendo: ellos recibiendo a través de sus padres, de sus hermanos y sobrinos-nietos sus títulos de ingenieros, de profesoras de Castellano, de biólogas, de abogados. Y que las mujeres y los hombres que somos, falibles, torpes, avergonzados por toda una especie, les entregábamos a ellos y ellas, que eran unos jóvenes que nunca envejecieron, sus diplomas merecidos, de ser nuestros, de no morir aunque asesinados, aunque desaparecidos, de no terminar nunca de existir tan presentes, tan puros como sus caras en los pechos de las mujeres que les siguen acunando.

Ni pasado ni futuro, nada cancelado, ninguna promesa: ellos y ellas que son el presente siempre, siempre vivos, siempre vivas, siempre con nosotros, esos y esas jóvenes que nos desaparecieron, que nos mataron y que tienen la virtud de perpetuarse bellos y amorosas, estaban ese día allí, después de décadas, puntuales y presentes en el salón de honor de la Universidad de Chile cuando las madres y los padres y las hermanas y los sobrinos les recogían, tan solo mientras tanto –porque siguen viniendo, puño en alto, sus diplomas, y nos permitían abrazarles y aplaudirles, en ese salón universitario que por unas horas fue mucho más que eso, proyectándose a la inmensidad del amor a la humanidad toda en homenaje a toda la humanidad posible, en un gesto de reconocimiento a los y las mejores de los suyos, a aquellas y aquellos que aprendieron a traspasar las vidas y el tiempo, y que son toda la ternura que somos capaces de imaginar.


Académica de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile.