La mayoría de los chilenos no la conocen y muchos de los que no la han leído nunca se enredan en el timbre de su voz, en el humor punzante y en el empeño de su carácter. Se hacen la idea de una arpía. No creo en brujas, pero si las hay se parecen a Diamela. No solo vuela sobre nosotros y de tanto en tanto nos fulmina sino que se entrega a lo que la compromete. Tiene la firmeza y la desesperación controlada que pone un ahogado para respirar.

En alguna de las múltiples entrevistas que ha dado últimamente, ella afirmó algo como que “la calidad de la escritura no se mide por su género”. Se refería a esa suerte de descalificación de la que ha sido objeto, afirmando que recibiría el Premio Nacional de Literatura solo por ser mujer. Meterse en ese cocimiento de mala leche tiene poco sentido pero no me resisto a manifestar mi acuerdo con la sentencia. Lo que Diamela escribe no podría ser escrito por un hombre. El acceso a los mundos y submundos de los ‘impedidos’ y los extraños, es un viaje posible para los hombres, pero una mujer está ahí como en su casa. No es la tematización de lo femenino lo que interesa -esa sería literatura masculina- es la simplicidad de esa respiración débil pero ensordecedora. Diamela escribe en espiral, recorriendo distintas alturas, cayendo, descendiendo y alzándose, sin abandonar nunca una intimidad dolida y necesariamente irónica por su unión con la desesperanza. El humor sarcástico y autoinferido tiñe su literatura de un ánimo donde nada escapa a la corrosión. Una lucidez extrema hace retroceder toda verdad y toda interioridad para someterla al escrutinio de una mirada precipitada, velada por su ubicación inclinada al abismo. El humor es lo que rescata a esa mirada de la embriaguez.

Leer en la vida del otro

Diamela Eltit merece ser leída, incluso por aquellos que no soportan su intensidad y su ritmo por mucho rato. A ellos les recomiendo dejarse llevar por las imágenes de una poética que abre bajo nuestros pies el mundo en el que estamos parados. Una lectura discontinua, que avanza, retrocede, salta y se arrastra sin concesiones a la anécdota puede ser un placer inaudito. Ella es esencial para entrar en la mente y en las historias de los que no tienen lugar; tránsfugas y otras figuras del lumpen chileno. En su último libro, Sumar, los hace vivir como nonatos, emergentes impedidos de emerger, tumores en la mente de los perseguidos, maltratados perpetuos, errantes y vagos liberados por la desesperanza. La de Diamela Eltit es una escritura negra sin ficción; es la deriva del ojo por la propia oscuridad de los cuerpos.

Escribir en medio de algo

Las grandes escritoras deben ser leídas de atrás hacia adelante. Las últimas obras son los reequilibrios de la carga; el oficio de un saber que se empalma con los programas del inicio y los recomienza en una lucha parecida a la del herrero. La obra se hace flexible, se decanta esperando, se dobla y toma formas inverosímiles sin romperse. La última no es la más nueva, es la que está en medio de algo. Aun en el arrepentimiento más errático, o en la insistencia más obtusa, es mejor leer de atrás hacia adelante. Ese lugar que cuelga desde lo incierto anuncia una inminencia por desencadenarse antes y después de ese momento. La huella originaria permanece pero la escritora se ha dejado llevar por un placer de escribir que en los comienzos está contenido. Sugiero desprenderse de la estructura tradicional de la novela y leer a Diamela Eltit desde su último libro, Sumar, remontando hasta llegar a Lumpérica.

Ya qué más quieren si todo lumperío refulge

Lumpérica es el ejercicio de la novela desplegada en su mínimo de relato y su máximo de imaginario. En la plaza, L. Iluminada, la luz eléctrica la maquilla fraccionando sus ángulos….sus labios entreabiertos y sus piernas extendidas sobre el pasto -cruzándose y abriéndose- rítmicas en el contraluz… la burlan, la usan, la desquician… Ya qué más quieren si todo lumperío refulge.

Leer no es informarse sino asistir –con la presencia de un fantasma discreto- desde adentro, a lo que sopla sus vidas, a un encuentro de esos seres que llamamos impropiamente marginales a falta de asumir su cercanía.

L. Iluminada, ni alumbrada por un farol callejero, ni contraída por una visión mística sino fuente ella misma de la luz intermitente que nos come los ojos. Pequeños arañazos que rasgan nuestra mirada sobre el cuerpo de personajes y lugares chilenos que no conoceremos jamás si no pasamos por esta lectura. Soñaba que era un ojo corroído por una tristeza excesiva. Lumpérica se ha escrito veinte veces desde entonces.

Paciencia es la palabra más común, la más alegre que conocemos.

Eso dice Aurora Rojas en Sumar, su teatro de intensidades más reciente. Toda la obra de Eltit presenta un mundo que apenas se asoma para ser de inmediato reprimido, ignorado y llevado a resistir. Los ambulantes que son los personajes de este libro, hablan desde una escritura en marcha. Una que jamás llegará a término porque el éxito negaría esa fuerza imbatible de lo minúsculo.


Director Fundación Chile Ciudadano