La Corte Internacional de La Haya habrá hecho, si no lo más justo, lo único que acaso podía hacer en este caso: remarcar o, como se suele decir hoy, “visibilizar” (en su fallo de la cuestión preliminar desde ya) una patente injusticia histórica (invasión armada de un estado por otro, con contravención explícita del Tratado de Límites y Amistad por entonces vigente; imposición, luego, tras 25 años de ocupación militar de vastos territorios, de un nuevo Tratado a la pinta —cómo no— del país del ejército ocupante).

El derecho (la ley) aún vigente entre Bolivia y Chile, el llamado “Tratado de 1904”, suerte de Constitución política de la relación entre ambos países, es parte (fruto) de la Guerra del Pacífico, firmada in extremis por la oligarquía minera boliviana literalmente con la pistola al cuello: ocupación militar por más de dos década de amplios territorios e indisimuladas amenazas del ministro plenipotenciario de Chile en La Paz de la época (A. Koning) de obstruir las exportaciones de los barones del estaño boliviano por los puertos del Pacífico.

Como si Chile aún se rigiera por una (intacta) Constitución de 1980, con “senadores designados”, autonomía de las FFAA, etc., es decir, con uno que otro “enclave autoritario”, hoy por hoy, intacto, el Tratado de 1904.

¿Quienquiera en tales circunstancias no iría a la OEA, a La Haya, al Pacto de Costa Rica y hasta la Luna si fuera necesario —para cortar por lo sano (bis) con la imposición, la injusticia y el despojo? ¿Del ejército ocupante del país vecino (1879)? ¿Del ejército ocupante de su propio estado (1973)?

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La celebrada poeta-performer lacaniana de Sopocachi, Geraldine O’Brien, lo habrá graficado recientemente con todas sus letras: “Chile es para Bolivia como un exnovio que se ha llevado todos tus discos… ¡Que cosa, che! Y ni siquiera quiere reconocerlo… ¡Alguien le diga algo a ese chavo!” (Centro Cultural España-La Paz, 2017).

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¿Tarea para la casa? Para ambas casas: reescribir, a cuatro manos, y sin imposiciones, el anquilosado “Tratado” de 1904.


Poeta, ensayista y académico, Departamento de Filosofía, Umce