“La franja del No fue concebida no para derrotar a la dictadura, sino para derrotar el miedo y el escepticismo”.

Eugenio Tironi.

A pocas semanas de la realización del Plebiscito de 1988, el en ese entonces dirigente del PPD Ricardo Lagos visitó la localidad de Aysén en el marco de una breve gira opositora. Una vez anunciada su presencia, los asistentes al pequeño acto comenzaron espontáneamente a corear el estribillo de la pegajosa canción que sonaba en cada uno de los dos bloques diarios de 15 minutos de televisión con los que contaba la oposición desde la noche del 5 de septiembre: “Chile, la alegría ya viene”, repetían los manifestantes con un entusiasmo que, para Lagos, era la expresión más clara del profundo impacto que la franja del NO había generado. En dicho acto, relata el ex-Presidente, quedaba clara la forma en que “con nada más que quince minutos de televisión diarios, surgió un pueblo persuadido y dispuesto a derrotar por una aplastante mayoría al dictador”.

Como sabemos, la coyuntura dentro de la cual se inserta la campaña del NO y su “Chile, la alegría ya viene” relatada por Lagos corresponde a la culminación de un largo proceso de planificación y ejecución del acto ratificatorio por medio del cual la dictadura pretendía legitimar su autoridad para efectos de conducir su particular concepción de la normalización democrática, proceso que asumió un intenso aceleramiento desde finales de 1986. Confiada en una segura victoria garantizada por su control monopólico de la agenda pública, el agotamiento del ciclo de protestas activado durante 1983, las señales de recuperación económica y, sobre todo, por su certeza respecto a la no participación de amplios sectores opositores, el optimismo reinaba en las filas gubernamentales que veían en la institucionalización definitiva del régimen un paso clave hacia la perpetuación del modelo económico-social instaurado a partir de 1973.

Por el lado de la oposición, sin embargo, progresiva y silenciosamente comenzaban a imponerse los partidarios de la gestación de algún tipo de solución institucional a lo que ya a esas alturas se interpretaba como una “situación sin salida” frente a la capacidad del régimen de contener y reprimir la protesta social. Desde el diagnóstico del fracaso de la alternativa de la movilización social a la decisión de participar en el plebiscito había un paso, el que finalmente se consolidó en febrero de 1988, con la conformación del conglomerado de partidos conocido bajo el nombre de “Concertación de partidos por el NO”.

Este giro estratégico, que incluyó un conjunto de decisiones y acciones tales como el llamado a inscripción en los registros electorales, la constitución formal de partidos políticos y, por último, el diseño de una campaña político-comunicacional para apoyar la opción NO en el plebiscito, derivaron en la concentración de las energías de la gran mayoría de la oposición en la derrota electoral de Pinochet. Y ello implicaba, naturalmente, poner en marcha acciones menos próximas a la acción callejera que a la producción de mensajes capaces de movilizar electoralmente a los ciudadanos y ciudadanas.

Y es justamente como parte de estas acciones que la naciente Concertación decidió conformar un equipo técnico -dirigido por Genaro Arriaga y coordinado por Enrique Correa- encargado de dotar de contenidos a la campaña opositora, equipo a partir del cual se decidió la constitución de un comité creativo que, conformado por una diversidad de profesionales, tuvo como una de sus principales tareas la producción de la franja televisiva para la promoción de la opción NO.

La producción de la “franja del NO” constituía uno de los desafíos de mayor relevancia para la campaña opositora, toda vez que permitía la exposición al país por 15 minutos, dos veces al día y durante cerca de un mes, de las ideas centrales de su propuesta de rechazo a la candidatura oficialista. Contar con un nivel de exposición mediática de esta magnitud en un contexto marcado por la censura, la discriminación y la exclusión era una oportunidad crítica. Y ello implicaba no solo una cuestión de contenidos, sino que también de formas de presentación del mensaje opositor. Y es justamente en el marco de este desafío que se diseñó la campaña opositora, en cuya creación el ya referido comité creativo jugó un rol central, y cuyo contenido, gráfica y música se sintetizaron en la consigna “Chile, la alegría ya viene”.

¿Cuál es el origen de esta consigna, y cuáles los motivos que explican su profundo impacto sobre el tono y sentido de la campaña opositora? El antecedente inmediato del relevamiento de esta frase como eje de la campaña del NO puede situarse en el convulso año 1987, cuando un grupo de investigadores organizados en torno al CIS realizó una serie de focus groups en diversas zonas de la Región Metropolitana, además de una encuesta cuyo objetivo era evaluar las disposiciones subjetivas frente a la coyuntura y, específicamente, frente al escenario plebiscitario que se avizoraba. Como resultado, los investigadores -Eugenio Tironi y Eugenia Weinstein, entre otros- concluyeron la existencia de una fuerte fractura subjetiva que, de modo especialmente potente en los sectores populares, evidenciaban un profundo miedo al presente de violencia, pobreza y opresión, y una desesperanza frente a un futuro vislumbrado como “sin salida”.

La asociación entre los resultados de este estudio y la deriva de la disposición opositora se expresó con claridad en un artículo publicado en el año 1988 por el mismo Eugenio Tironi, en el que explicaba el lugar central que asumía en los chilenos el miedo y describia de qué forma la inseguridad, la inestabilidad, el temor al pasado, la angustia y el sentimiento de humillación generaban un paradojal efecto inmovilizador y de desesperanza que, de no ser encarado, dañaba severamente las posibilidades de gestación de una acción opositora exitosa. Según el informe, ocurría que “Se ha internalizado un sentimiento de vulnerabilidad, de debilidad personal, de angustia por no tener el control sobre la propia vida. El miedo es la principal enfermedad de los chilenos”.

La conexión entre esta posición interpretativa y la estrategia opositora en el plebiscito es fácil de deducir. La campaña del NO, más cercana al optimismo que a la denuncia, buscaba precisamente hacer frente a lo que se asumía como la principal amenaza a la victoria en el plebiscito: el efecto inmovilizador del miedo y la desesperanza: “Si la actitud ante el próximo plebiscito estuviese marcada por la queja, la denuncia, el escepticismo y la agresividad -se sostenía- entonces se estarían profundizando la dependencia, la impotencia y el miedo; esto es, los soportes psico-sociales de la apatía”.

En la dirección de lo aquí señalado, la estrategia del NO quedó finalmente registrada en la conciencia colectiva como una campaña configurada a contracorriente de lo que pudiera haberse esperado: en lugar de la denuncia, el optimismo; en reemplazo de la queja, la levedad; en oposición a la solemnidad, la irreverencia; en lugar del escepticismo, la esperanza. Opciones contraintuitivas, qué duda cabe, que no estuvieron exentas de conflictos y rechazo en quienes fueron observando con distancia cómo el mensaje de “la alegría” se imponía frente a la esperable retórica de la resistencia y la denuncia.

Finalmente, la deriva de la campaña electoral fue evidenciando el profundo efecto de la estrategia opositora. Mientras la campaña oficialista buscaba remover los temores ocultos de los chilenos apelando al imaginario del “caos de la UP”, a las filas, el desabastecimiento y la violencia, la campaña del NO operó como un llamado a superar el miedo ya no desde la invocación al heroísmo o al sacrificio, sino que desde el modesto acto de oponerse al dictador en una urna secreta. Frente al recuerdo del pasado, opuso una mirada de futuro; a la estrategia del miedo le contrapuso el optimismo; al antagonismo de la lógica militar le respondió con el recordado mensaje del “Sin miedo, sin odio, sin violencia”.

El consabido éxito de la campaña opositora, sin dudas, fue en una medida relevante el resultado del trabajo de un notable equipo de publicistas y creativos familiarizados con las técnicas del marketing moderno, al igual como de un grupo de cientistas sociales que captaron la relevancia del factor subjetivo, de los miedos y desesperanzas que caracterizaban al Chile de mediados de los ochenta. Y sin embargo, no es menos cierto que el impacto de la estrategia opositora estribó también, y de un modo más profundo y relevante, en la capacidad de representar no solo una opción electoral, sino que además una densa y compleja trama política e intelectual de reconfiguración del campo de la centroizquierda chilena. La apelación a la “alegría” y al derrumbe de los miedos, así, no solo fueron el resultante de una argucia comunicacional ni de una lectura correcta del escenario socio-político, sino que también la expresión de un giro paradigmático, lento pero sostenido, que en gran medida prefiguró el escenario que se comenzó a abrir en Chile desde la victoria del No en el plebiscito.

Y es que, ya desde fines de la década de los setenta, un sector significativo del universo cultural de la izquierda chilena había abierto –no sin traumas- una ruta hacia la reformulación y modificación tanto de sus certezas constitutivas como de sus lentes de aproximación a la realidad social y política, proceso que derivó, entre otros aspectos, en una reconsideración del sentido de la democracia y la política. Este proceso, identificado con el fenómeno conocido como “renovación socialista”, se dirigió por el camino de la crítica no solo a las falencias estratégicas del proyecto histórico de la Unidad Popular, sino que también hacia una puesta en cuestión de los fundamentos que habrían caracterizado la racionalidad política de la izquierda chilena y su traducción en una determinada forma de acción política que, en suma, habría generado las condiciones propicias para el quiebre del régimen democrático y el despliegue exitoso de un proyecto de refundación autoritaria de la sociedad chilena.

En esta crítica a la práctica y racionalidad política de la izquierda, estos sectores político-intelectuales promovieron, con especial énfasis, una reivindicación del sentido de la democracia, cuestionando de igual forma la retórica épica de la transformación social expresada en la práctica política característica de la izquierda previa al golpe de 1973. Abandonando progresivamente la lógica “teleológica” y valorando el parsimonioso y rutinario lugar de la interacción democrática, estos sectores expresaban, en definitiva, una búsqueda por superar aquellas construcciones teóricas y proyectos políticos centrados en el exclusivo afán de gestación de transformaciones radicales de las estructuras económicas y sociales que supusieran la construcción del “post-político orden” de la utopía socialista. Sucedía que, a los ojos de este proceso, la democracia comenzaba a ser reconocida en su menospreciado pero vital valor: impedir el aniquilamiento de la sociedad.

Entre aquellos aspectos que comienzan a adquirir relevancia en el campo intelectual aquí referido destacó especialmente la reflexión en torno a la vida cotidiana y su vínculo con la política y la democracia. Especialmente destacables resultan, en este sentido, los trabajos del sociólogo Norbert Lechner, quien dirigió su preocupación hacia la tematización del vínculo entre autoritarismo, vida cotidiana y cultura del miedo, aspectos hasta entonces desoídos por el espacio político-intelectual de la izquierda. Definiendo al miedo como “la percepción de una amenaza, real o imaginaria”, Lechner iluminaba un campo oculto hasta ese entonces para la reflexión política de las izquierdas: todo espacio social requiere de la producción de certezas que, si bien nunca son plenas, deben cumplir un mínimo de expectativas de predictibilidad sin las cuales la interacción social se ve severamente dañada. La ausencia de una reflexión acerca de las condiciones del orden, por consecuencia, incuba la posibilidad de emergencia de los autoritarismos, formas de intervención política que se alimentan precisamente de la demanda de orden y certidumbre que, en determinados contextos sociales, los actores políticos no son capaces ni están interesados en producir.

La conexión entre estas reflexiones y el despliegue discursivo de la oposición a Pinochet en el contexto plebiscitario resulta evidente. La comprensión de los miedos como un factor que atenta contra el desarrollo democrático, y de los cuales el autoritarismo se nutre fomentando la desesperanza, la desafección y el sometimiento, generaba la necesidad de conectar con esta dimensión subjetiva de lo político. Proponer un futuro posible, en este sentido, implicaba por consecuencia encarar la cuestión del miedo y la incertidumbre con una intensidad mayor incluso que cualquier propuesta programática. Derrotar a la dictadura, en definitiva, pasaba fundamentalmente por derrotar el miedo.

Es así como la “alegría” prometida en la campaña opositora, lejos de ser una mera estrategia publicitaria, constituía en definitiva la expresión del lento reconocimiento generado en el campo político-intelectual de la izquierda del valor de la dimensión subjetiva de la política y la relevancia del miedo como factor político. Convocar a la “alegría” del retorno a una situación de normalidad democrática y ya no a la heroicidad del cambio radical y profundo constituía una decisión que ilustraba la magnitud del cambio paradigmático generado a partir de la derrota de 1973.

A tres décadas de aquella verdadera épica de la no épica en que la promesa del retorno a un tiempo de normalidad y cotidianeidad era capaz de movilizar a millones de personas, múltiples han sido las evocaciones y reelaboraciones de aquella frase repetida una y mil veces durante ese ya lejano 1988. Progresivamente, las lecturas de aquella alegría prometida fueron digiriéndose desde la emotiva remembranza hacia la irónica desesperanza y abatimiento: “La alegría no llegó” ha llegado a convertirse en la compartida sentencia respecto a una frase desinscrita de su contexto originario y situada en una actualidad en la que, se señala, “de esa promesa quedan hoy letras y créditos acumulándose, carcasas de productos, fotos descoloridas de viajes y, sobre todo, deudas a favor de una universidad que les vendió la posibilidad de ser analfabetos ilustrados”.

Si por alegría se asumía la superación definitiva de la herencia autoritaria, la victoria del NO y la posterior deriva del proceso político chileno permitirían concordar con este diagnóstico apesadumbrado y crítico. Sin embargo, y para hacerle honor al sentido originario de la alegría plebliscitaria, debemos reconocer que, tal y como lo afirma el propio Tironi, “La coalición del NO evitó prometer el derribo del modelo. Al contrario, lo que prometió fue evitar las rupturas y las pasadas de cuenta de cualquier tipo, lo que fue clave para evaporar la amenaza de la vuelta al pasado”.

“Chile, la alegría ya viene”, anunciaba en definitiva un futuro alejado de la promesa del socialismo y la transformación social. Un futuro más cercano a la placidez de la vida democrática y la recuperación de la vida cotidiana. Un futuro que, para los millones de ciudadanos y ciudadanas que se movilizaron aquel 5 de octubre, parecía más que suficiente. A lo menos aquel día.


Académico de la Universidad Los Lagos