Escribo desde Foz do Iguaçu, ciudad que ocupa el lado brasileño de la Triple-frontera del Paraná (entre Brasil, Argentina y Paraguay). Son las 22:30hs, horario de Brasil, del domingo de elecciones más complejo que me ha tocado observar en mí país desde que volvimos a votar para presidente de la república, en 1988. El 99% de las urnas (que en Brasil son electrónicas) ya fueron contabilizadas. Hasta el momento, el candidato de la extrema derecha a la presidencia, Jair Bolsonaro (del Partido Social Liberal, PSL), cuenta con el 46,2% de los votos, seguido de Fernando Haddad (del Partido de los Trabajadores, PT) con 29,1% y de Ciro Gomes (del Partido Democrático Laborista, PDT) con 12,5%.

Bolsonaro tuvo un número superior de votos en casi todos los estados que componen el país. Estuvo muy cerca de vencer sin balotaje (según la legislación brasileña, es necesario tener 50% de los votos más uno para ello). Ninguna encuesta llegó a suponer que él pudiera, realmente, tener este margen. Comprobamos, tal como lo hicimos con Trump, el Brexit y otros terribles momentos de la postverdad política en su versión electoral, que estamos viviendo tiempos de volatilidad de la opinión. Las encuestas han dejado de ser el mecanismo adecuado para medir las intencionalidades políticas de esta era postglobalizada. Los electores están cada vez más sinuosos en sus posiciones. Estas oscilan y son inundadas por el maremoto (o “marepoto”, como alguna vez lo llamó el actual presidente de Chile) de informaciones falaces que circulan por internet y a través de cadenas de WhatsApp. La legislación aún no se hizo con las revisiones necesarias del caso: no hemos logrado, en las democracias del Cono Sur de América, discutir cómo legislar sobre estas nuevas tecnologías; sobre cómo asimilar sus potencialidades a las reglas (necesarias) del juego democrático.

En el caso brasileño, estas elecciones estuvieron absolutamente inclinadas a partir de una fuerte campaña de contrainformación. Las “fakenews” han sembrado imaginaciones terroríficas en las mentes de un electorado que ya tenía demasiadas razones para temer a sus representantes políticos. El resultado fue no solamente el persistente descrédito sobre las instituciones del Estado, sino, y, sobre todo, la construcción de un sentimiento muy generalizado de que no hay nada más que perder. Marx dijo, en “El 18 Brumario de Luis Bonaparte”, que los que no tienen nada que perder constituyen el motor de la historia. Se olvidó de recordar que este motor puede actuar hacia valores deshumanizantes; carentes de cualquier salvaguardia ética. “La desesperación es la madre de la imprudencia”, decía mi abuela.

El elector medio brasileño llegó a la conclusión de que estamos viviendo la guerra de todos contra todos y que, por lo mismo, puede hacer los engranajes de la historia acelerarse sin cualquier pudor moral. Se ha generado un asustador consenso social sobre adherir y hacer uso de medidas violentas para “protegerse” de la “catástrofe” en que se ha transformado el país. Esta sensación de “estado de excepción”, habilitó en el discurso y prácticas de muchos el “pase libre” para defender cualquier tipo de atrocidades que, en tiempos de calma y regulación, serían banidas del repertorio social. Una parcela increíblemente grande del electorado brasileño vio en este lapso ético y moral que vive el país una puerta abierta para liberar deseos de dominación de larga duración, transversales a la historia de formación de esta república: el deseo de castigar a los negros, indios, mujeres y pobre en general. Racismo, misoginia, aporofobia: todo junto y en gran escala.

Esta larga introducción es necesaria para explicar lo que les voy a narrar: mi propia experiencia de este día de votaciones en Brasil. Vine desde Buenos Aires a Foz do Iguaçu para realizar un trabajo de campo antropológico en estas fronteras a las que llevo ya algunos años estudiando. Aunque vivo en la capital argentina, soy originaria de una región de Brasil localizada a unos 2000km de Foz. Este año, debido a la complejidad del proceso político brasileño, transferí mi título devuelta a mi ciudad natal esperando poder llegar allá para votar. Desafortunadamente, debido al trabajo, me fue imposible hacerlo. Lo digo así, con enorme culpa, en un intento de expiar de mis penas: fue una experiencia de las más dolorosas no poder votar en esta particular elección.

Aunque no pude votar, debí acudir a un local de votación. El voto es obligatorio en Brasil y los votantes en desplazamiento deben comparecer para explicar su situación a la justicia electoral. A este procedimiento, lo denominamos popularmente “justificar el voto” (expresión del todo curiosa, hay que reconocerlo). Este domingo, me desperté temprano para desayunar en la pensión familiar en la que me hospedo. El dueño del establecimiento me indicó cómo llegar al local de votación más cercano, localizado en la escuela pública “Bartolomé Mitre”, en las inmediaciones del centro de Foz.

Me llamó la atención que el colegio tuviera el nombre del presidente argentino que, junto de los homólogos brasileños y uruguayos, deflagró la Guerra del Paraguay, el conflicto del siglo XIX que dio origen a las fronteras que vine a estudiar. La historia militar de creación política de estos territorios sigue estando muy presente. Por lo mismo, el nombre de colegio me sonó como un fuerte augurio “de mala racha”. Un enganche entre pasado y presente que obligaba la reflexión. Qué irónico recordar los desastres de la guerra del Paraguay justo cuando una parte importante de Brasil pide armas y se hace fotos en las que simula ametrallar los opositores. El propio Bolsonaro lo hizo en sus actos de campaña, agarrando los pedestales de los micrófonos y usándolos para fingir disparar a “la gente de izquierdas” y a los “petrallas” (expresión despectiva con que se refiere a los votantes del PT).

Al llegar al Colegio Mitre, lo primero que me sorprendió fue encontrarme con un grupo de votantes de Bolsonaro en la puerta, aglomerados alrededor del Policía Militar designado para hacer la guardia del local. Eran cinco hombres y una mujer. Con camisas de la selección brasileña de futbol, la bandera del país y con adhesivos del candidato pegados al lado izquierdo del pecho. (Los colores de la bandera se convirtieron en un elemento de identidad para los electores adheridos a la extrema derecha). Hablaban animadamente sobre cómo el candidato ganaría e iniciaría una campaña para “limpiar el país”, eliminando a todos los ladrones. Pero lo que discutían no podría enmarcarse en algo como una campaña para la aprobación parlamentaria de la pena de muerte, por ejemplo. Hablaban de exterminio sumario: “hay que matarlos; no hay que llevarlos a la justicia; hay que matarlos y echarlos en las plazas como ejemplo”. Esto lo dijo uno de ellos, con la efusiva aprobación de los demás. Mientras intentaba digerir la escena, llegó al grupo una señora con varios adhesivos del candidato pegados a su blusa. Uno de los colegas del grupo le llamó al costado, a mi lado: “¿cómo se te ocurre venir con una blusa roja? No puedas vestirte de rojo. ¿Acaso piensas que estás en Venezuela?”. La señora se disculpó inmediatamente por su “equivocación” y fue a casa cambiar la ropa. Allí me enteré de que una victoria de Bolsonaro que los y las brasileñas a quienes nos guste el rojo tendremos que cuidarnos de no usarlo en las calles.

Decidí dejar el grupo en la puerta y avanzar en mis obligaciones. El colegio estaba repleto: las filas para votar y para “justificar” eran las mismas, con lo cual compartí la espera con electores que, a diferencia de mí, ejercerían su voto. La mayor parte de ellos, partidarios del candidato de extrema derecha. Me tocó estar en la fila por casi dos horas escuchando sus debates. Delante de mí, un grupo de tres hombres y dos mujeres conversaron hasta la saciedad (la mía, obviamente) sobre las elecciones y sobre el futuro del país.

Uno de ellos, al hablar del ministro del Supremo Tribunal de Justicia, Gilmar Mendes, indica que habría que asesinarlo y tirarlo al mar (reincidiendo en el apoyo a la regularización de los asesinatos sumarios en el país). Todos concuerdan con sus comentarios. Profundizando en estas “reflexiones” uno de ellos dice que debían soltar a Lula para que alguien también lo matara. Las mujeres, a su vez, introdujeron sus comentarios sobre las militantes del partido de Lula, llamándolas “putitas” (mencionaron una de las senadoras de la república, Gleise Hoffmann, que es la actual presidenta del PT y a la líder del Partido Comunista de Brasil, Manuela D’Ávila). En referencia a las marchas de las mujeres contra Bolsonaro, que tomaron las calles del país hace una semana, todos concordaban en que “eran todas feministas vagabundas”, “que no creen en Dios”. Uno de los señores reiteró que no se puede blasfemar a Jesús y apuntó, como para dar por encerrado el asunto, al slogan de campaña de Bolsonaro estampado en su camisa: “Dios sobre todos y Brasil sobre todo”. A leerlo, no pude dejar de sentir pánico. La frase es idéntica a la que usó Hittler en las publicidades del partido nazi: Deutschland über alles [Alemania sobre todo].

La conversación siguió por caminos cada vez más virulentos: que los pobres no saben votar y que no debieran hacerlo. Que el nordeste del país (parte más pobre y con mayor parte de votantes del PT) no debiera participar de las votaciones. Que todos los del nordeste brasileño debieran ir a Cuba o a Venezuela. Que los brasileños en el exterior no debieran tener derecho a voto; que, si no amas el Brasil y lo dejas, que no debieras poder votar. (Una vez más me petrifiqué: “Brasil, ámalo o déjalo” fue la frase cruel usada por la junta militar en los 70s para acusar a todos los exiliados políticos de no amar al país).

Mientras escuchaba sin opinar, me fui dando cuenta de que casi todos los que llegaban portaban camisas del candidato de extrema derecha. He visto un pequeño grupito de electores de Ciro Gomes (PDT), con pequeños adhesivos. Pero nadie que no fuera votar en Bolsonaro tuvo coraje de iniciar ninguna conversación; ningún argumento. La gente que estaba en desacuerdo con estas ideas temió hablar. Dos escenas que me pasaron ilustran lo anterior.

La primera ocurrió aun en la fila, mientras el animoso grupo seguía hablando de torturar y matar los opositores, avanzó hacia nuestra dirección una señora mayor. Andaba lentamente, con su bastón y vino a saludar al caballero que estaba justo detrás de mí. Le dijo a este señor: “Voté para arreglar este país con tiros. Porque es con tiros que este país se va a arreglar”. El señor respondió alegremente que sí; junto con el grupo delante de mí y la gente que estaba a los costados. Solo yo me quedé en silencio. Uno de los hombres del grupo me miró fijamente: “tú no dijiste nada. ¿Tú eres izquierdista?”. (“Izquierdista” es una expresión despectiva que se viene usando desde hace unos dos años en Brasil por los movimientos de derecha y extrema derecha para referirse a los que apoyan posiciones políticas de centro y de izquierda). En este momento, muy sinceramente, supe que no podía decir nada. Temí decir que sí, que soy de izquierdas. Temí por lo que me pudiera pasar al salir sola de aquella fila de votación. Callé. Seguí escuchando con furia y con enorme pena. La segunda escena ocurrió unos minutos después, cuando salí de la sala de votaciones. Tras cruzar el portal, en el pasillo del colegio, un señor partidario de Bolsonaro me retuvo y me preguntó: “tu acabas de votar, ¿verdad?”. Y antes que pudiera decir cualquier cosa, me freno por mi brazo y complementó: “tú no tienes cara de quien votó por Bolsonaro. No te veo feliz por nuestro país… No me vengas a decir que eres una izquierdista”. Le dejé hablando solo.

Voto en Brasil desde mis 16 años y jamás he visto comportamientos de esta naturaleza en un día electoral. Estuve un largo rato más observando las filas, la gente, el espacio. Pedí autorización a los fiscales de la Justicia Electoral brasileña para hacer algunas fotos. Empezó a llover copiosamente y la lluvia parecía –con el perdón de la mala metáfora– la gota que rebalsaba el vaso. Volví a la pensión enmudecida y, lógicamente, muy mojada.

Es cierto que Foz do Iguacu está en el estado de Paraná, que desde hace tiempos se viene caracterizando por la postura conservadora de sus electores. Pero el colegio al que comparecí era céntrico y a él llegaron electores de diferentes cortes socioeconómicos, de diferentes procedencias dentro de Brasil (Foz es una ciudad de migración internacional e interna). Toda esta heterogeneidad coincidía solamente en la adhesión a una cosmovisión fascista. Esta cosmovisión está caracterizada, entre otras cosas, por la construcción de una fractura (“nosotros versus los otros”) y por la deslegitimación sorda (incapaz de oír y registrar) cualquier argumento que no coincida con la voluntad de violencia hacia aquellos que son imaginados como “los otros”. También hay que decir que se trata de una voluntad de violencia narcisista: los apoyadores de Bolsonaro buscan satisfacer privilegios que, en una sociedad con normas democráticas, sencillamente no se pueden cumplir. En los diálogos, escuché cosas al estilo: “tengo una empresa y los empleados votan en el PT. ¡Claro! Quieren tener aguinaldo y licencia maternidad, como si esto fuera posible en un país como el nuestro. No entienden que no se puede todo”. La frase, registrada en mi cuaderno de campo (defectos profesionales difíciles de esquivar) parece salida de las novelas del siglo XIX que retrataban la vida y modos de pensar de las élites esclavistas. Siglos después, el deseo de ser como esta élite sigue copando imaginarios. Persiste en estas frases y aun dicta las visiones de realidad de mucha gente. Constituyen “toponimias” de la memoria de la violencia fundante de estos nuestros Estados, como el nombre del presidente argentino que ayudó a destruir la máquina económica paraguaya para dividirla con Brasil y Uruguay.

Violencia, odio, ataque irracional. Lo vengo escuchando reiteradamente de familiares, en las calles, mientras hago trabajo de campo en Brasil. Comprendí que soy precisamente de las personas que no serán bienvenidas en el país del Carnaval en el caso de que Bolsonaro llegue a la presidencia. Más allá de que él pueda efectivamente concretizar estas aspiraciones fascistas que alimenta, el daño está construido y será transcendente: el brasileño medio cree, en estos días, que puede interpelar y acusar a una mujer sola si ella no adhiere al “Brasil sobre todo”. Frente a todo esto, tomaré todos los buses que fueran necesarios e iré a mi ciudad votar en el balotaje del día 28 de octubre.


Investigadora del Instituto de Altos Estudios Sociales (IDAES) de la Universidad Nacional de San Martín (Buenos Aires, Argentina)