Un día encontré una hilera de libros que llamó en particular mi atención. La biblioteca tenía dos salas conectadas, una que ocupaban los lectores y otra reservada a los empleados. En la pared del fondo de esa segunda sala había varios estantes con tratados y manuales de criminalística escritos en diversos idiomas. Más abajo se apiñaban obras vinculadas a Interpol, delitos complejos y criminalidad transnacional. En el extremo de esa fila había una veintena de libros sobre las policías sudamericanas, en especial las de Brasil y Uruguay. Varios textos escritos por funcionarios de la policía carioca lograron ese día desviar mi atención, pero ninguno me inquietó más que las actas de dos conferencias policiales sudamericanas, celebradas en Buenos Aires en 1905 y 1920. Tenían como objetivo firmar convenios de cooperación mutua en las tareas de represión y control de “sujetos peligrosos”. Salí de la biblioteca con copias de esas actas en mi máquina fotográfica y con la intención de producir un trabajo sobre ese acercamiento entre los vigilantes de América del Sur. Desde luego, no imaginaba que era el primer paso de mi investigación doctoral y, mucho menos, que por eso terminaría viviendo en Brasil. Esa idea apareció un poco más tarde, mientras consultaba una obra llamada Galería de ladrones de la Capital, una colección de retratos fotográficos de sujetos detenidos en diversas ocasiones por la policía porteña. El compilador era el comisario de Pesquisas José S. Álvarez, que poco después, bajo el seudónimo Fray Mocho, se haría conocido en el ambiente de las letras como escritor y director de la revista ilustrada Caras y Caretas. Cada uno de los retratos estaba acompañado de una descripción de los antecedentes penales y la carrera delictiva de estos “ladrones conocidos”. El semblante del primero me sorprendió muchísimo. Esperaba encontrarme con rateros de aspecto lastimoso, aquellos ladronzuelos tildados como clientes fijos de las jaulas policiales. Pero no. Ángel Artire, alias Minga-Minga, luce ante la cámara un elegante peinado con raya al medio, bigotes prolijamente cortados y una mirada seductora que bien podría ser la de un retrato artístico por encargo.

Según el prontuario de antecedentes, Minga-Minga había nacido en Italia, tenía 28 años y hacía quince que vivía en Buenos Aires. De piel blanca, ojos azules y barba y bigotes rubios, entre 1875 y 1886 había acumulado treinta y nueve entradas en la policía. Algunas de ellas, por robo, le valieron meses de reclusión en la Penitenciaría Nacional. Al final del listado de detenciones, el comisario de Pesquisas ensayaba una breve descripción del retratado: “Es un hábil punguista, es decir, un individuo apto para registrar bolsillos ajenos sin ser sentido. Nunca se ha arriesgado en empresas grandes ni peligrosas. Ha viajado por el Brasil y el Estado Oriental durante algunos años y es de maneras un tanto cultas. Ahora suele ocuparse también como estafador, pues el hecho de ser demasiado conocido de la policía le impide circular por las calles.”

Un ladrón hábil, culto y viajero volvía a poner a Brasil y Uruguay en el centro de atención. Pocas páginas adelante, noté que el retrato número quince pertenecía a otro italiano, Ángel Locio, alias Socio o Giambedi. Este italiano también viajaba por Brasil llevando la “historia del tío” que le había dejado “una herencia para repartir entre los pobres”. Entonces volví sobre las actas de las conferencias policiales. Me detuve en las palabras del delegado chileno Luis Manuel Rodríguez en la reunión de 1905, que advertía a sus colegas sobre la presencia de “delincuentes viajeros” que, aprovechando los “fáciles medios de transporte”, circulaban entre Río de Janeiro, Buenos Aires, Montevideo y Santiago de Chile.

La mayor sorpresa, sin embargo, apareció al revisar otro de los libros que estaban en aquel estante de la biblioteca policial: Os ladrões no Rio (1903), del comisario carioca Vicente Reis. No sólo me topé con relatos sobre delincuentes viajeros en un tono muy similar al del álbum fotográfico de ladrones porteños, como el caso de Adolpho Silva, “hijo de una gran familia de artistas de la estafa”, vinculado con otros célebres gatunos llegados a Brasil en la década de 1880 “vía el Río de la Plata”. Además, en una sección dedicada a enumerar a los estafadores que actuaban en Río de Janeiro, aparecía Minga-Minga, el mismo sujeto que daba inicio a la Galería de ladrones de la Capital. ¿Quién era este personaje presente en publicaciones argentinas y brasileñas? ¿Una extravagancia de la memoria policial extraída con pinzas de la abrumadora mayoría de ladrones comunes? ¿Alguien que, pese a su singularidad, formaba parte de una tribu más amplia de delincuentes viajeros, cuya existencia sugería el delegado chileno? ¿Qué buscaban los policías con estas conferencias sudamericanas? El convenio que firmaron ¿tuvo algún efecto concreto en el trabajo cotidiano de vigilancia?

Aun tomando con extrema cautela las acusaciones que estos textos hacían sobre sujetos como Minga-Minga, esa coincidencia, ver su rostro estampado en libros de aquí y de allá, era un primer indicio de la efectiva movilidad territorial de ciertas prácticas delictivas en América del Sur. La figura del ladrón viajero se insinuaba más allá de las fantasías y coartadas policiales. Cuando luego supe que la documentación manuscrita de la policía carioca durante la Primera República (1889-1930) se conservaba en el Archivo Nacional de Brasil, a diferencia de la situación que había encontrado en Buenos Aires, sólo fue cuestión de cruzar la frontera. Era posible aventurarse a una historia social de esas prácticas.

 


El Desconcierto