Este 11 de octubre se conmemora el “Día de la Niña”, establecido desde en 2011 por la Organización de las Naciones Unidas con el objetivo de dar a conocer los derechos de las niñas, empoderarlas, y crear conciencia sobre las problemáticas que les afectan en todo el mundo, tales como la famosa preferencia de algunas culturas hacia “los hijos hombres”, los matrimonios forzados, y las ablaciones.

A través del “Día de la Niña”, entonces, lo que se persigue es reconocer que la desigualdad de género comienza desde la infancia. Por ejemplo, Bourdieu plantea en su libro “La dominación masculina” que la división sexual del trabajo comienza a partir de la diferenciación anatómica de los órganos sexuales, lo que es posible desde la gestación misma. Sin embargo, por supuesto, que dicha diferenciación trasciende lo anatómico, pues conlleva distinciones entre hombres y mujeres en su forma de ser, en la forma de construir y desenvolverse en el mundo, cimentando las bases de la violencia simbólica la cual todos incorporamos como esquemas inconscientes (“naturales”, “normales”) de percepción y de apreciación de nosotros mismos y del mundo en que vivimos.

Nuestra identidad, como mujeres, la articulamos a partir de la distinción primaria de “ser niña es distinto a ser niño”. Más allá del origen de esta diferencia, si la cultura es más poderosa que la naturaleza (o viceversa), el problema es el sentido de la diferencia. Nos han dicho que por ser niñas somos delicadas, frágiles, que nos gustan sólo “ciertas” cosas, que debemos jugar sólo “ciertos” juegos, que debemos vestirnos y vernos de “cierta” manera. Existe un conjunto de roles y actitudes (morales, corporales, anímicas, etc) diferenciadas para niños y niñas. A las niñas se les regala muñecas porque seremos madres, cocinas porque daremos de comer a otros, libros de princesas para enseñarnos a querer y a amar sólo a partir de la fantasía del “príncipe azul”, y, así, se nos va condicionando a todo aquello que “debemos ser”.

Todas las prácticas anteriores lo que hacen es marcar una diferencia de poder: lamentablemente, en esta división, nosotras – las niñas, las mujeres – nacemos sin poder, nos guste o no. Personalmente, tuve la suerte de tener una madre valiente e inteligente que desde pequeña me enseñó que no debía dejar que nadie me pasara por encima, que no debía victimizarme por mis discapacidades físicas, que nadie podía decirme qué es lo que yo debía decir o hacer, y que me inculcó que podía cumplir todas mis metas. Hoy, como madre, intento inculcarles lo mismo a mis hijas… pero ¡es tan difícil! Gracias a mi madre fui consciente, desde muy pequeña, del carácter patriarcal de nuestra sociedad. Desde pequeña, aprendí a cuidarme de la violencia, a alzar la voz, a cuidarme al caminar en la calle, a  gritar para ser escuchada. Mi experiencia como madre, sin embargo, me ha enseñado que no estoy tan resuelta como creía, especialmente en algunos ámbitos, o en ciertas sutilezas… porque ¿cómo sacarse los prejuicios propios?

Tengo nítida esta imagen en mi memoria: yo, parada frente al espejo de mi pieza, probándome distintas combinaciones de ropa, y decir “esto no”, “me veo mal”, “esto no me queda bien”, y apuntando hacia las partes de mi cuerpo que no me gustan… todo eso frente a la mirada de mis dos hijas. Miro a estas pequeñas mujeres y comprendo que mi enseñanza y mi ejemplo deben ser distintos. Sin embargo, ya lo veo en ellas: siendo aún muy jóvenes, ya se han empezado a preocupar por su cuerpo. Me preguntan acerca de su belleza, se miran frente al espejo (como yo) pero con una vanidad inocente. Yo intento enseñarles con amor y palabras de niña que está bien hacerlo pero que, también, hay otras cosas “más importantes” por las cuales preocuparse. Les pregunto: ¿Qué quieren ser?, ¿Qué les hace felices?, ¿Con qué sueñan? No obstante, después me veo a mí misma frente al mismo espejo, de nuevo, mirándome, preocupada, cambiándome de ropa más de una vez, reconociendo mi vanidad, y ellas ahí, observándome, aprendiendo de mí lo contrario que dicen mis palabras.

Esta nítida imagen me hizo comprender que si quiero educar mujeres empoderadas debo cuestionarme a mí primero, cambiarme a mí primero. Y es que es tan difícil ser consecuente, es como un ejercicio de auto-vigilancia, 24/7, una deconstrucción diaria. Involuntariamente, se nos va a salir por los poros aquello que se nos enseñó a ser. Pero, como madres, si nos liberamos de las enseñanzas rosadas y de las fragilidades impuestas, quizás nuestras hijas se libren de esas mismas enseñanzas y fragilidades. Yo quiero ver niñas libres, valientes, y rebeldes. Sí, rebeldes, sin miedo a la palabra, críticas, que puedan decidir sobre sus vidas, sus cuerpos, y sus relaciones. Veo a mi alrededor a padres y madres luchando por eso, en sus casas, en sus nidos, en sus día a día, en sus cansancios. Como adultos debemos (sí, como deber y no como posibilidad) crear espacios de libertad para niños y niñas, que las diferencias no se traduzcan en diferencias de poder, de derecho, y de deberes.

Mi invitación (si es posible llamarla así) es a cambiar porque nosotras, las madres, las adultas, aún estamos creciendo. Mirémonos a nosotras mismas, por dentro y por fuera, entendamos nuestros prejuicios, aunque duela, aunque nos avergüence. Decidamos quiénes queremos ser porque en el cambio está la posibilidad de crecer. Que nuestras hijas nos vean crecer para que aprendan que es posible cambiar, y equivocarse, o acertar, y seguir. Que la sororidad llegue a todas, a nuestras hijas, sobrinas, nietas, vecinas, amigas, primas, conocidas, colegas, ahijadas. Yo quiero mujeres libres, libres de mis propias ataduras, de mis propios prejuicios, de mis propios miedos… y, sobretodo, de los suyos de hoy y de los suyos del mañana.