1.- El fascismo es una política de la tierra o, mas precisamente, una política de la territorialización. La acumulación ha llegado a un límite y la territorialización del capital se vuelve necesaria si éste no quiere perder su fuerza. Se monta, pues, el dispositivo fascista en orden a preparar un nuevo ciclo del capital, constituyendo el soporte propiamente territorial de un capital que, una vez territorializado, volverá a desterritorializarse una y otra vez. El dispositivo fascista es la verdad del capital corporativo-financiero, el punctum que posibilita su despliegue. Sus enunciados no dicen nada, y, sin embargo, producen efectos de verdad. Sin duda, constituye una “política de la verdad” (Aguayo) que incluso ha tenido una crucial raigambre en el Chile del siglo XX (Ramírez) . Ambas reflexiones han sido clave y no pretendo sino seguir la estela que ellas han trazado. Como tal, el dispositivo fascista se ha asentado siempre en el elemento terrestre. Es en la tierra donde convoca sus mitos, donde pretende rescatar el único reducto de autenticidad frente al engaño generalizado que denuncia. Convierte la tierra en el campo de una división irreductible. Divide, lucha en contra la posibilidad de toda mezcla, pretende constituir territorios como unidades cerradas sobre sí mismas, unidades puras.

2.- Lider y pueblo, pretenden articular una relación transparente, participando en una parodia del juicio final, fusionándose juntos en una y la misma glorificación del poder (como el “futurismo” de Marinetti), en que la ilusión de la plenitud deviene total: toda posibilidad ha sido clausurada, toda fisura ya superada en la reivindicación de una comunidad pura. Tal comunidad podrá tener cualquier nombre. Pero cada nombre es manufacturado como si fuera una esencia pura y transparente. Bolsonaro le puede llamar “Brasil” (“Mi partido es Brasil” –dice), Trump pudo denominarle “América” (“Make America great again”). Pero el líder ha mostrado quien verdaderamente es: un pastor que caza, un líder que aniquila, un conductor que persigue. El pastor es la matriz del poder en Occidente (Foucault) . Pero el dispositivo fascista le ha vuelto un pastor de “emergencia” que, como tal, recurre al reverso especular que le constituía desde siempre como su más secreta estructura: el cazador (Chamayou) . El pastor es ahora un cazador en acción. Promete proteger a sus ovejas a cambio de destruir a las ovejas negras que se ha inflitrado, que se han descarriado. Es la vara con la que todo pastor castiga, la confesión pastoral inscrita como inquisición, el látigo sobre las espaldas, la culpabilización permanente sin posibilidades de expiación. El pastor no sólo se apresta a cuidar a todos y cada uno, sino también, a dar caza a los elementos que amenazan con ese supuesto bienestar: “Vamos a cazar a Bin laden” –decía George Bush jr. Caza las fuerzas que han optado por impugnar la forma del rebaño, en una campaña común con la que persigue al otro como si fuera sino un animal, al menos una bestia.

3.- El dispositivo fascista sospecha de la opacidad. Le gusta las luces, el espectáculo, la vigilancia extrema y, a su vez, la iluminación completa. Su estética es el porno, en lo que éste tiene de complicidad con la seguridad y el fundamentalismo religioso: los tres discursos se anudan en una misma verdad: el control de la escritura, la reducción del pensamiento, la violencia contra la opacidad. Mas aún: si la pornografía destruye el erotismo, si la seguridad barre con la protección, si el fundamentalismo religioso destruye a la misma religión es porque en los tres funciona un mismo mecanismo en el que convergen: la violencia sacrificial. Con ella, el erotismo es sacralizado en la forma del porno, la protección común es atomizada la forma de los dispositivos de seguridad y las posibilidades de redención otrora ofrecidas por las formas clásicas de religión devienen formas de culpabilización infinita (y en ese sentido convergentes con la trama “endeudante” del capitalismo corporativo-financiero).

Glorificación del poder de muerte, he aquí la sombra que trae consigo lo que llamaremos el dispositivo fascista. Aunque habría que distinguir diferentes registros de su operar o devenires que intensifican la aparición de una u otra figura: en primer término, el dispositivo fascista pudo asumir la forma de un “régimen político”, tal como sucedió con la Italia de Mussolini o en la Alemana de Hitler cuyo objetivo era la toma del Estado y la consecución de una limpieza étnica para realizar el sueño colonial europeo de una comunidad pura. En segundo término, es preciso atender el carácter de “movimiento” que siempre ha tenido el fascismo y que lo convierte en una vanguardia que no calza del todo ni con el “pueblo” ni con el “Estado” sino que intenta suturarles en una sola unidad, manteniendo la subsunción del primero en el segundo, inmunizándole de la posibilidad de convertirse en el proletariado que no tiene patria alguna y que puede terminar por subvertir a la historia. En tercer lugar, podríamos hablar del fascismo concibiéndole como un dispositivo que provee de un movimiento territorializante a la propia desterritorialización capitalista. En tal territorialización se juega una violencia sacrificial que, propicia tecnolgías de muerte contra toda forma de vida –el proletariado como una forma de vida- que impugne la anhelada unidad territorial. Entender al fascismo como “dispositivo” permite abarcar las dos formas previas (como “régimen” y “movimiento”) pues permite entender que la experiencia fascista no constituye una experiencia aislada o excepcional respecto de la deriva del capitalismo, sino precisamente uno de sus pivotes fundamentales, uno de los dispositivos que lo hace posible. El fascismo pudo constituir un régimen en los años 30, pudo desplegarse como movimiento (por Europa y el mundo) porque las fuerzas del capital requirieron de nuevas formas de territorialización para adquirir nuevos impulsos.

Al ser un dispositivo que actualiza una violencia sacrificial de tipo territorializante, el fascismo trae consigo el poder de muerte con el que expande su espectro. Pero, a diferencia de las formas clásicas de su ejercicio, éste se despliega en la actualidad en la escena microfísica, en las relaciones más íntimas y cotidianas, cortando las posibilidades de constituir lazos, de imaginar nuevas relaciones que funcionen como condición de posibilidad de nuevas articulaciones de la protesta social. El fascismo se dirige justamente a destruir esa posibilidad. Su poder soberano es ejecutivo y enteramente policial: pretende reivindicar antiguas potestades como los innumerables mitos de “retorno” en los que siempre se elucubra una cierta autenticidad, pero en rigor, su tecnología es enteramente nueva, sus formas vanguardistas en el sentido que pone en obra una industria incondicionada de muerte en base a diversas agencias: policía, paramilitares, discursos racistas, redadas de civiles contra ciudadanos, militarización de la sociedad, etc.

Pero no sólo de muerte vive el dispositivo fascista: sobre todo de exterminio: el otro es concebido como “amenaza”, mácula que interrumpe la lisa superficie sobre la que se escombra la unidad soñada. Como “amenaza”, el “otro” se impone en una relación de sobrevivencia: o ellos o nosotros, o negros o blancos, o musulmanes o cristianos. El “otro”, en cuanto “enemigo absoluto”, ha de ser abiertamente exterminado. A esta luz, mucho antes de la experiencia del fascismo italiano o alemán, las empresas coloniales fueron el puntal del dispositivo fascista, donde el “otro” ( los nativos de todas las fornteras del mundo) fue siempre concebido como amenaza a la territorialización colonial, como si fuera un “inferior” al que se debía domesticar y, eventualmente exterminar . Sino podíamos convertir al otro, había que darle caza: la noción de “guerra justa” en Ginés de Sepúlveda (s. XVI) o en Francisco de Vitoria se proyecta en esas formas de racionalidad.

4.- Hemos dicho “exterminio” y no simplemente “muerte”. El exterminio es una tecnología diferente al clásico ejercicio soberano que decide la muerte: a diferencia de la muerte clásica ejercida por parte del soberano contra un individuo, el exterminio es una tecnología orientada a la destrucción de los lazos. Si la muerte clásica permitía la posterior rememoración de quien había sido muerto por parte de la comunidad, el exterminio lo impide con todas sus fuerzas: destruye cuerpos, porque su concepto no es matar simplemente sino hacer desaparecer. Su racionalidad funciona para mostrar que el “otro” no sólo debería morir, sino que su muerte, ha de brindar la idea de que jamás habría debido existir.

El fascismo está más allá de ser un “régimen” político o un “movimiento” preciso. Es, sobre todo, un “dispositivo” inmanente a la producción capitalista, el mecanismo en el que se hace el trabajo sucio del capital donde la guerra por la apropiación se vuelve cotidiana. El dispositivo fascista no es más que la tecnología orientada a hacer de la guerra una situación normal, en la que permanentemente instaura territorios, grandes espacios, fronteras inexpugnables que pretenden resguardar una cierta y supuesta autenticidad. No habrá un modo de producción capitalista sin el dispositivo fascista: este último cataliza al primero, establece sus condiciones de funcionamiento, los campos en los que se ha dado caza para eliminar los obstáculos a la lisa e infinita esfera del capital.

No habrá fascismo sin gloria, no habrá poder de muerte sin la estetización glorificante que la sitúa al interior de un servicio a realizar, de un sacrificio a gestar. Su espectáculo es el de la muerte. Siempre existirá la retórica de los héroes que se habrán sacrificado, de aquellos que habrían ofrecido su vida para el bien de todos y, en este registro, el dispositivo fascista no será otra cosa que una tecnología política de exterminio sobre el “otro”. Glorificación de la muerte, producción de la muerte, destrucción como forma plena de restitución de la pureza, el dispositivo fascista produce a un “otro” al que da caza, a un “otro” que opera como una vida disponible a ser aniquilada impunemente. Podrá ser el “judío”, el “musulmán”, el “comunista”, el “izquierdista”, da igual: el “otro” será siempre objeto de caza, siempre será el blanco de la expulsión.

5.- Verdaderamente asombroso no es que este tipo de “fenómenos” (así se califica al “fascismo” hoy) sean todavía posibles, sino que aún el progresismo pretenda asombrarse con una realidad que, lejos de ser “fenoménica” resulta ser enteramente “estructural”. El dispositivo fascista es intrínseco al movimiento del capital. No constituye su anomalía, ni su excepción. O, mas bien, vertebra al orden social a partir de una excepción permanente. Todo redunda emergencia, el estado de alerta (desde la alerta ambiental hasta la alerta terrorista) resulta permanente. El capitalismo corporativo-financiero y su racionalidad (el neoliberalismo) funciona gracias al terror y la revitalización permanente de la violencia sacrificial: los gobernantes domeñados por FMI llaman a sus pueblos a hacer “sacrificios” y, con ello, hacen retroceder las múltiples conquistas populares. Los derechos laborales son pisoteados en favor del “sacrificio” infundido a favor de saldar las supuestas deudas contraídas por el Estado o bien, las libertades públicas destronadas en favor del “sacrificio” impuesto por la amenaza “terrorista”. Si las revueltas árabes propiciadas desde el 2010 terminaron en la fatalidad “islamista” fue precisamente porque, al proclamar ashaab yurid isqat an-nizam (“el pueblo quiere la caída del régimen”) las revueltas interpelaban no a un gobernante en particular, sino a todo un “régimen de saber-poder” (Dabashi), a todo un “sistema” (Dakhli). En el islamismo –en particular en su versión wahhabi propiciada por el capital saudí y la “omisión” sionista-norteamericana- actuó el dispositivo fascista: truncó la revuelta introduciendo la guerra sectaria para olvidar la asonada popular.

El dispositivo fascista no está en otro lado que no sea en la inmanencia del capital. Pero pocas veces se la reconoce, pocas veces se le ve. Cuando surgen “movimientos” que, eventualmente articulan “regímenes” propiamente fascistas –al viejo estilo- asistimos a su visibilidad y, entonces, la conciencia progresista se “asombra” de que tales “fenómenos” puedan ser aún posibles. Pero, por el solo hecho de calificarlos de “fenómenos” yerra enteramente en su combate. La visibilización del dispositivo fascista en sus diversas modulaciones y agencias muestra que éste está lejos de ser un “fenómeno” y mas bien constituye una verdadera “estructura” al propio movimiento del capital que, en efecto, puede intensificarse para volverse más visible en determinados momentos de la historia.

Mas aún: es su fuerza territorializante, su violencia pretendidamente primera que se expande diferenciada y ominosamente por las superficies de la vida social. Su violencia no cesa con la llegada de la “normalidad”. Mas bien, es esta última la que trae consigo el resabio siempre abierto de su presencia, en la cual se cristaliza el mandato de resguardar el orden social, de vigilar las posibles derivas de la “democracia” que, en su perspectiva, siempre parecen terminar en corrupción, destrucción y caos. El dispositivo fascista es el mecanismo que toda sociedad capitalista tiene para garantizar el funcionamiento incesante de sus formas de acumulación.

Como todo dispositivo, el “fascista”, no funciona ni “atrás” ni “debajo” de la vida social, sino en su propia superficie. Nadie está “detrás” de él, sino tan sólo la velocidad de su operación, el conjunto de sus despliegues territorializantes orientados a la conquista de un espacio que clama “original”. Pretende “salvar” a la patria o a la pureza étnica o religiosa, pero siempre termina en un solo punto: la guerra total, como una miríada de formas polidimensionales de articulación de conflictos. Que el dispositivo fascista sea cotidiano, que precisamente por eso, sea verdaderamente imperceptible es lo que hace que columnistas como Daniel Matamala puedan intentar hacer una equivalencia entre Chavez y Bolsonaro. Justamente dos experiencias enteramente diversas para el contexto latinoamericano que, en la pluma del periodista, resultan ser reducidas y neutralizadas.

Como si éste último, cuando dice: “Chavez o Bolsonaro son lo mismo” no reprodujera al dispositivo fascista. ¿Cuándo Matamala plantea que ambos personajes son lo “mismo” no trabaja con la lógica fascista que reducir todo a una unidad homogénea? ¿No es ahí donde el discurso liberal se muestra enteramente preñado del dispositivo fascista, exhibiendo la imposibilidad del primero por prescindir del segundo? ¿Qué mas fascista que el discurso que dice que la violencia debe ser condenada “venga de donde venga”? Tal discurso, implícito en el razonamiento de Matamala al igualar a Bolsonaro y Chavez, no puede ver que él mismo -en su propio enunciado- pone en juego una violencia última, total, soberanamente completa que pretende vaciar de violencias a todos los demás.

Insistir en que todo lo que transgreda la supuesta armonía de la democracia liberal es condenable es ejercer esa misma violencia que se condena pero en un pedestal más elegante: el del tribunal. Desde una posición supuestamente “neutral” (ilusión de todo liberalismo) el juicio ejerce su dictamen, condenando moralmente a todos aquellos que ejerzan la violencia: como si esta última fuera homogénea, igual, idéntica en unos y en otros y, sobre todo, como si el juicio moral no fuera una violencia última, completa y total, como si en ella, Matamala no pusiera en juego ese dispositivo fascista cuya violencia consiste precisamente en homogeneizar a todos por igual, condenándoles en un tribunal ficticio que lleva consigo la misma ilusión del fascismo: que no es política, sino moral, que no es violencia sino justicia.

¿No es en el discurso de Matamala donde apreciamos a plena luz del día que el dispositivo fascista no es algo extrínseco o fenoménico al “neoliberalismo” sino su verdad mas recóndita, su núcleo “necropolítico” más devastador? ¿Cómo explicar, más allá de la explicación economicista que redunda en decir “por plata” o “negocios son negocios”, que los neoliberales del cono sur estén tan contentos con la llegada de Bolsonaro a Brasil y que el propio Bolsonaro tenga como uno de sus asesores más importantes en materia económica a un economista neoliberal (Pablo Guedes)? ¿Cómo inteligir ese movimiento sino es porque el dispositivo fascista, en su apuesta territorializante (el fascismo), resulta convergente con el dispositivo financiero en su apuesta desterritorializante (neoliberalismo)? ¿Qué podría el capitalismo sin el dispositivo fascista? Nada. Simplemente no podría tener lugar.

Más allá de sus fases industriales o financieras (histórica y políticamente relevantes por cierto), el retorno de la ultraderecha hacia todos los rincones de la tierra muestra que: a) el fascismo no es un asunto del “pasado”; b) que es constitutivo a las diversas fases del capitalismo c) que no asistimos a un “retorno” del mismo, sino a su intensificación variable de su dispositivo que siempre actúa en la trama microfisica o macrofisica en las que se despliega el capital; d) que no sea un “retorno” (puesto que jamás se fue del todo), no significa que en su versión contemporánea no comporte elementos nuevos.

Pero ¿qué es lo que está en juego, finalmente aquí? Quizás, el devenir fascista del mundo sea nada más que la confirmación última de la destrucción final de una forma clásica de democracia o, si se quiere, a su consumación última en la forma “neoliberal”, es decir, en el instante en que el capital corporativo-financiero adquiere el estatuto de una racionalidad política. La visibilización del actual dispositivo fascista terminó por despachar lo que años de neoliberalismo habían anunciado: destrucción definitiva del homo politicus para sustituirlo por el nuevo y único homo economicus (Brown) .

¿Qué más síntoma que la elección acontecida en Francia el año recién pasado en que se dirimió entre la ultraderecha y la derecha neoliberal? Le Pen y Macron (Francia), Clinton y Trump (EEUU), Morsi y Sisi (Egipto) cristalizan la relación especular que mantiene la territorialización prodigada por el dispositivo fascista y la desterritorialización que favorece el dispositivo financiero. La violencia del primero impulsa al segundo. Un nómos de la tierra anudado con un nómos del aire consumándose en un nómos de nada que no es otra cosa que la guerra civil planetaria en la que vivimos.


Académico, Universidad de Chile