Era el año 1959, José Maza tenía 11 años y sentado en su pupitre sentía que se hacía trasparente, casi invisible mientras los demás alumnos entraban a la sala. Esa era la forma de lidiar con sobrenombres, coscachos y empujones que le propinaban sus compañeros del Internado Nacional Barros Arana. A cada apodo, respondía con silencio sepulcral. El niño pequeño y delgado de infancia protegida en Parral conocía la cara amarga de Santiago.

-“El tarado Maza” era lo más suave que me decían y en esos lugares se caracterizan por el comportamiento de manada, entonces si uno empezaba, los demás lo seguían- recordará más tarde.

Viernes 26 de octubre. José Maza sube al escenario en el Festival de Autores en el centro de Extensión de la Universidad Católica, lo presentan, no alcanza a decir ni media palabra y lo interrumpen.

– “¡Seco!”- grita un admirador. Todos ríen.

Lo ovacionan como si fuera un rockstar y en la sala no cabe un alfiler. Su público es mayoritariamente joven, pero también hay adultos y personas de la tercera edad que lo contemplan con admiración. En sus presentaciones, el astrónomo pasa por distintos temas y derrocha erudición: la carrera espacial, la sonrisa impecable de Yuri Gagarin, las insoportables tormentas de arena en Marte y cómo será habitar el planeta rojo. Utiliza un lenguaje simple, cercano y chistes, es como un cuenta cuentos de la astronomía. El niño que se tragaba los insultos de los matones ahora sonríe.

José Maza es Astrónomo del Departamento de Astronomía de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile (DAS), Máster y doctor en Astrofísica, Universidad de Toronto y premio Nacional de Ciencias Exactas en 1999, escritor superventas de dos libros y coautor de un tercero. Nació el 18 de enero de 1948 en Valparaíso, pero se crió en Parral. Hijo de León Maza y Margarita Sancho. Su padre español, fue un andaluz de Jaén que llegó a Chile en el Winnipeg, al igual que su madre. Tiene dos hermanas, dos hijos, cuatro nietos: Ema, Benjamín, Antonia y José. Le gustan las plumas de tinta, la música clásica y leer a Nicanor Parra. Celoso de su intimidad, solo revelará el nombre de pila de su compañera: Mariela. A su esposa no le gustan las entrevistas. León, el hijo de su primer matrimonio, se suicidó en el año 2003 en Canadá. Ese es uno de sus grandes dolores y un tema que rehúye.

Días antes, en su oficina en el Observatorio Astronómico Nacional (OAN), en el Cerro Calán, dice que creció como un niño provinciano, donde todo el mundo lo conocía, el pueblo era como la extensión del patio de su casa. Fue a la escuela Uno y Dos que separaba niños y niñas, actual Colegio Pablo Neruda. Con cinco años entró a primero básico, luego se saltó otro curso más, por eso llegó al  INBA en octavo con dos años menos que el resto de sus compañeros. De baja estatura, siempre fue el más pequeño de la clase.

El tránsito por el internado fue de dulce y de agraz. Lo dulce fue que, diferente a los profesores cascarrabias, chapados a la antigua, conoció a Ítalo Clandestino, un educador joven que le gustaba inspirar a los adolescentes. Un día mandó a arreglar dos telescopios e invitó a los alumnos más “mateos” a mirar el cielo. Entre ellos estaba un joven José Maza que quedó pasmado con la experiencia y entendió que el titilar de las estrellas no era otra cosa que un rayo de luz afectado al entrar en contacto con la atmósfera terrestre.

– Al año siguiente, llegó la noticia de que Gagarin dio la vuelta alrededor de la tierra y después la noticia de la exploración espacial, entonces los dos eventos que yo asocio a mi interés por la astronomía son esos: La carrera espacial y la primera vez que miré por un telescopio-, comenta.

Su oficina es un refugio con una gran una biblioteca repleta de libros de astrofísica, un cuadro de la Vía Láctea, fotos de sus nietos y una imagen de El Quijote. La puerta siempre está abierta dirá un colega, algo que habla de la generosidad que tiene con su tiempo.

Hundido en su silla y con las piernas cruzadas, sigue con su historia. Tenaz como es, dice que cuando su madre se enteró del acoso escolar que experimentaba quiso que se devolviera a Santiago. “Vente a la casa”, le rogó y él le respondió que no, que seguiría estudiando en el mimos lugar.

“Volví en marzo del año siguiente, estaba instalando mi colchón, estaba mi mamá y recuerdo que quienes iban llegando, me miraban como quien mira un fantasma, con cara de espanto. ‘¡Bah, volviste!’, el 90% de mi curso creía que yo no iba a volver y cuando regresé nunca más me molestaron. Pasé a ser uno más…”, confiesa.

Esa es una de las primeras batallas donde salió victorioso. Sentía que la oruga se trasformaba en mariposa.

¿Cómo se imagina Marte el año 2100?

-Habrá edificios como el del Costanera, conectados por túneles subterráneos, autos todo terreno e invernaderos, porque generar comida será la clave, la madre de las batallas-, explica.

Cuando narra estas historias, una se puede situar ahí, de escafandra y un equipo de sobrevivencia en la espalda caminando por un terreno irregular, porque una de sus cualidades es transportar a las personas con su relato y Marte es un tema que le apasiona. Agrega que proveerse de agua no será tarea fácil, habrá que llevarla del polo a la línea del Ecuador con una tubería de tres mil trescientos kilómetros de extensión. Y en la noche, la temperatura desciende a 50 grados bajo cero.

Una Supernova, es un fenómeno impredecible. Es la explosión de una estrella súper gigante masiva que puede brillar con el resplandor de diez mil millones de soles. Sus restos, compuestos por elementos pesados, eventualmente forman nubes de polvo, nebulosas y gas lo que posibilita la formación de otros planetas y estrellas. La mayor parte de lo que somos y el paisaje que nos rodea, se creó en el núcleo de las primeras estrellas que habitaron el universo y que explotaron lanzando su material por todas partes. De ahí también somos nosotros, nuestras las células. La vida.

En cada explicación de “el profe” hay analogías e historias. Por eso a cada pregunta, la respuesta se convierte en una clase magistral. La entrevista de una hora, finalmente se trasforma en dos, el astrónomo no puede hablar menos.

Con orgullo, habla del Nobel que ganaron tres estadounidenses (Saul Perlmutter, Brian Schmidt y Adam Riess) el año 2011 por proporcionar pruebas sobre la aceleración de la expansión del Universo. Este descubrimiento tiene un sello chileno: La investigación sobre las Supernovas liderado por Mario Hamuy  y José Maza (también junto a Mark Phillips y Nicholas Suntzeff).

En su hallazgo, Schmidt usó el mecanismo que el equipo Calán-Tololo ideó a principios de los 90 para calcular distancias estelares, una especie de “cinta métrica” con un margen de error suficientemente preciso para comprobar la desaceleración del universo. Mientras raya un papel – donde garabatea puntos y curvas para explicar en términos simples esta escala cosmológica- Jose Maza expone cómo esta técnica fue posteriormente aplicada a Supernovas lejanas. Ellos, y después el equipo de astrónomos internacionales liderados por Perlmutter y Schmidt, encontraron que las Supernovas distantes estaban más lejos de lo esperado. Y el resultado fue una sorpresa para la comunidad científica.

-El universo está acelerándose en vez de frenarse-, dice Maza con entusiasmo.

“Nosotros fuimos algo así como los sherpas que llevamos al resto hasta la cumbre. Me alegra mucho que hayamos podido contribuir al descubrimiento de la aceleración de la expansión del universo”, reflexionó hace siete años cuando le preguntaron por el tema y así puso fin al capítulo de la controversia que habló en algún momento de la falta de ética de los estadounidenses.

Dice que el reconocimiento o un pasaje a Estocolmo nunca fue su norte. Quizá la humildad viene de la certeza que somos apenas un grano de arena suspendido en el universo.

 

Observatorio Calán

“Amable, pero exigente como debía ser”, así describe el astro- fotógrafo Roberto Antezana sus primeros años de trabajo junto al astrónomo. Una vez que llegó ahí, Maza lo puso a buscar cuásares (astros más luminosos del universo), una prueba de fuego, pero con el ojo de águila que lo destacaba, hizo el trabajo con creces. Pasado el desafío, se quedó. Maza solo trabaja con los mejores.

Buscar Supernovas en ese tiempo en  Chile implicaba un trabajo sacrificado y cuesta pensar en una técnica tan rudimentaria para un hallazgo tan importante. Antezana, fue una pieza clave del engranaje y fue testigo de los turnos, del esfuerzo “del equipo”  y las horas menos de sueño para que todo funcionara a la perfección. Sin Internet y la tecnología que existe hoy, en la noche Hamuy fotografiaba el cielo con un telescopio, luego revelaba las placas  y las llevaba hasta La Serena. Luego, las enviaba en un bus a Santiago, para que Maza las recogiera a las siete de la mañana en las Torres de Tajamar. De allí llegaban al Observatorio Cerro Calán donde las examinaban y cotejaban con las de un año antes. Una vez “cazadas” las Supernovas, Maza le mandaba a Hamuy un bosquejo y  las coordenadas  para que las buscara.

-Fue un tiempo sacrificado y se hacían turnos para madrugar en el equipo, José siempre recuerda esas historias con mucho entusiasmo-, evoca Antezana.

Maza es enemigo de la escuela que enseña a memorizar y no a razonar, esa educación férrea o de la letra que entra con sangre, dice que a él mismo le hicieron aprenderse los coplas de “A la muerte de su padre” de Jorge Manrique, un poeta pre renacentista. Incluso no recuerda haber sido particularmente un alumno de buenas notas, curioso sí, hasta el cansancio.

-¿De qué me sirvió aprender esas coplas?- se pregunta.

-Un profesor debería decir aquí en la mesa hay diez libros, hojéenlos y elijan el que más les interesa. El niño puede estar feliz leyendo Emilio Salgari o Harry Potter, pero se les tiene que dar una paleta, porque todos resuenan con una cosa distintas-, agrega.

Le gusta impartir conocimiento para que cualquier persona pueda aprender lo que es una galaxia, una estrella, un planeta, un cometa, o que una estrella fugaz es un simple pedazo de piedra o polvo que entró en la atmósfera y se quemó. Le interesa que se construya el conocimiento, de a poco, por capas y desde abajo. Él no quiere educar desde ningún pulpito. Siente que hoy existe interés de los jóvenes en la ciencia, no ocurre lo mismo desde el Estado. Chile invierte solo el 0,38% del PIB en Ciencia y Tecnología, mientras Corea del Sur el 4,5% y Finlandia 4%.

La falta de apoyo a la Ciencia es un tema que lo ha tocado de cerca. A pesar de la relevancia de sus investigaciones debió incluso, en el inicio del trabajo con las Supernovas, parar el estudio porque las placas eran costosas.

-Paramos porque el dólar estaba a 39 pesos hasta el año 82 y luego subió a 100 pesos,  los dineros que teníamos para hacer investigación en su mayoría se gastaban en comprar material fotográfico de la Kodak, las placas fotográficas costaba 30 dólares cada una- recuerda.

También hay otras cosas que no le gustan de Chile.

Maza es conocido por su odio a los charlatanes new age y el lenguaje reducido de quienes están en pantalla, se conforma con que la televisión no “deseduque”, pero cree que esa batalla ya está perdida. Detesta ver cuando en los matinales se pasan horas entre la astrología, las sicofonías de los espíritus y las apariciones de fantasmas.

-No sé cómo pueden estar media hora hablando de esos temas, discuten sobre humo. Van a terminar conversando de unicornios y del Trauco. Harry Potter será un habitante normal de esta tierra, pff- resopla.

Corina Troncoso (70), es una eterna alumna de los conversatorios de Maza, ha ido a todos los cursos que ha dado, e incluso se repitió algunos. Se refiere a él cariñosamente como “el doctor”,  destaca su sensibilidad y cómo el astrónomo siempre cita su niñez para explicar que si él, un niño de Parral, pudo estudiar y hacer un post grado, todos pueden.

Siente que gracias a la astronomía, ya no es la misma persona. Fanática de los agujeros súper masivos, también se le despertó interés por la ecología y la mayoría de los problemas le parecen más pequeños frente a un cosmos infinito y eterno.

– El doctor tiene conciencia social, no lo esconde y es empático, yo lo veo como un apostolado por difundir ciencia, a veces ha estado muerto de frío en conversatorios y bien podría estar encerrado en su oficina, pero sus pasión es enseñar -, dice.

Guillermo Blanc también es astrónomo y colega de Maza, su línea de investigación se enfoca en entender los procesos a través de los cuales se forman y evolucionan las galaxias. Para él, lo que imparte “el profe” no se trata solo de aprender sobre Marte, las Supernovas o la expansión del universo, se trata aprender a ser escéptico y cuestionarse las cosas.

“Al fin y al cabo de eso se trata la divulgación. Él tiene una destreza poco común: toma ideas complejas, las expone con metáforas y contagia ganas”, explica.

En la Universidad de Chile asistió al ramo “Historia de la astronomía”, el año 2003, sacó la mejor nota y como premio obtuvo un libro autografiado por su maestro. Dice que a Maza le preocupaban esos detalles, ser cercano y cariñoso con los alumnos. Sabe que cuando conversa sobre algo realmente se mete en el tema, de él aprendió a explicar las cosas con analogías y ejemplos didácticos.

-Por eso ha desarrollado una conexión tan buena con el público. Eso es muy raro en la ciencia, donde las personalidades son más bien retraídas, él tiene esta personalidad que explica todo en términos simples y es algo que yo también he ido aprendiendo con el tiempo-, agrega.

El 10 de octubre marcó un hito en sus conversatorios del astrónomo: Llegaron casi seis mil personas a verlo a la Medialuna de Rancagua. Fue la charla científica más masiva en la historia de Chile. Le siguen un encuentro en Vicuña para dos mil personas, una en Chillán para mil trescientas y otra en Los Ángeles. Por eso, hoy tiene una agenda apretada hasta abril.

Al cerrar su presentación en el Festival de Autores en el centro de Extensión de la Universidad Católica, José Maza habla sobre cómo será la vida en el espacio, muestra algunas ilustraciones y vaticina, que siendo optimista, el hombre podría llegar a Marte en diez años más. El público lo aplaude a rabiar y comienza la firma de libros. La fila es interminable y la mayoría son jóvenes.

-Todos aquí podemos ir a Marte-, fue una de las últimas frases que recalcó en su charla.

Los cuadros de Supernovas y la Via Láctea de su oficina son regalos de estudiantes. Algunos dibujos de los niños de la escuela de Antofagasta también llevan su nombre.

-Los alumnos siempre le están mandando regalos, lo admiran mucho-, revela un cercano.

Porque si hay algo en que el astrónomo sí cree es en los jóvenes, sabe que son el futuro.  Y el futuro está a la vuelta de la esquina.