Nunca discutiría con la Madre la llamada de ese desconocido que dijo estar realizando una encuesta telefónica reservada a estudiantes de colegio. Esa voz instruida de docente le comunicó que el director de su colegio la había recomendado por ser Ella una alumna destacada, ¿era cierto?, inquirió la voz y Ella titubeó mientras la voz agregaba si estaría dispuesta a contestar la encuesta de manera privada. Ella asintió. Cerró la puerta y se sentó sobre la cama porque la voz convincente de ese hombre le indicó que debía ponerse cómoda y debía decirle si prefería no contestar alguna pregunta. Eso también era parte del estudio, una parte fundamental. ¿De acuerdo? Ella estuvo de acuerdo y la voz preguntó si estaba lista, y Ella respondió que sí, y dijo cómo se llamaba, qué edad tenía, y que sí, tenía una regla, una propia, de veinte centímetros y pulgadas, y la voz asintió del otro lado, tienes una regla pero no la regla todavía, muy bien, estaba muy bien, que no se preocupara por eso, agregó notando que Ella se ponía nerviosa, y qué ropa llevas puesta. El jumper, dijo Ella, y la voz confirmó que el jumper era la ropa perfecta y Ella suspiró, ¿y calcetines a media pierna o hasta la rodilla?, y Ella se subió los calcetines, avergonzándose de los elásticos gastados, y mintió un poco, y la voz debió sospecharlo porque de inmediato insistió en que Ella debía estar cómoda durante la encuesta, cómoda y relajada para las preguntas que le iba a hacer. Eran cuestiones muy sencillas, ya vería Ella. Y a partir de entonces la voz quiso saber cuántas horas a la semana dedicaba a las tareas, saber si el estudio le dejaba tiempo para el descanso, saber en qué se entretenía cuando estaba sola, sola consigo misma, en su pieza. Ese era un dato imprescindible, podía decirle la verdad porque sus respuestas serían anónimas. Ella pensó un momento antes de decir libros, que leía mucho, su papá le regalaba manuales de ciencia, de ciencia repitió despacio la voz con disimulada extrañeza, del cuerpo, del cielo, aclaró Ella, muy bien, respondió la voz, y de noche, siguió Ella, observaba el firmamento con el pequeño telescopio que le había regalado su madrina. Un telescopio, de noche, la voz estaba repitiendo como si tomara nota de sus respuestas. ¿Y no jugaba nunca? ¿Jugar?, preguntó Ella que ya no era tan chica. Jugar consigo misma, intimó la voz y agregó, como si estuviera aclarando una duda, juegos de persona grande. Ella no sabía si estaba entendiendo pero no se atrevió a insistir y la voz susurró en su oreja, ¿nunca se hacía caricias, Ella misma?, y Ella sintió que un calor le recorría la cara y dijo que no, un no confundido, sin seguridad de lo que significaba su negativa, tal vez había fracasado en la encuesta, y la voz bajó su tono mientras le decía que Ella ya era grande, seguro jugaba con su mano entre las piernas, se tocaba como una mujer. Ella dijo que no sabía. La voz suave, la voz firme, tan de hombre le advirtió que si quería contestar bien la encuesta debía seguir sus indicaciones, y Ella asintió porque le iba a enseñar algo y Ella siempre había querido aprender. Intrigada dejó que la voz le guiara la mano por encima de su jumper y los dedos de Ella por los muslos y por dentro de su cuerpo blando tibio fuego pulsos eléctricos mientras la voz profunda exigía saber qué estaba sintiendo ahora, ¿y ahora?, mientras movía sus dedos pero entonces Ella sintió que se metía otra respiración caliente por el auricular y reconoció el tono iracundo de la Madre ordenándole que le cortara el teléfono a ese hombre al que llamó viejo degenerado te voy a mandar a los milicos.