La Maca lo agarra firme con su dentadura por las costillas, sabe perfectamente dónde atacar para que el destino fatal de su objetivo sea inevitable. Lo ha hecho ya decenas de veces. La oscuridad es su cómplice entre los obstáculos del campo, donde a esta hora los ruidos deben reducirse al mínimo. Cualquier hoja resquebrajada que se pise, cualquier movimiento brusco, puede atentar contra la cena de hoy y de mañana. Maca es la más obediente de los galgos que viven en el sitio y esta noche se ha portado fantástica. Su pelaje atigrado le da una apariencia más temible que la de sus compañeros, el Choco y la Paloma. Maca ya tiene cinco años y es la más corredora de la villa. Es que fue preparada para acechar liebres y capturarlas con el hocico. Así la criaron. Con dos conejos al hombro, Brandon y su padre vuelven a casa, a paso lento.

Por la carretera que conecta la Villa Las Águilas con Collipulli pasa una patrulla de carabineros a toda velocidad. Lleva la baliza encendida y de vez en cuando pita con su intensa bocina. Al notarla, los latidos de Ada se aceleran y decide llamar a Brandon. Toma el celular y marca. Han tardado más de la cuenta con su padre y se ha comenzado a intranquilizar.

—Hijo, pasó una camioneta de pacos. Cuídense. Véngase con cuidado.

—Se han visto casos de jóvenes que salen a conejear a los campos y después llegan a tocar la puerta a decir a los papás que les dispararon —piensa Ada, mientras hace los preparativos para la cena, ya enterada del arribo al hogar de los conejos. A Brandon antes no le gustaban, pero desde que en casa de su suegra los probó estofados, ahora es uno de sus platos favoritos, con harto jugo. Es bonita la vida de campo, sigue reflexionando Ada, pero ya no se puede estar tranquila. La tranquilidad es una palabra que ya no tiene sentido en esta casa desde el domingo 18 de diciembre de 2016, la mañana en que todo cambió.

Salir a cazar es una de las actividades que más feliz hace a su hijo. Antes, lo motivaba el trabajo con los motores de los autos. Pero ya no se los puede. Antes, solo o con la ayuda de su abuelo, era capaz de tomar un motor inmenso para moverlo y trabajar en su reparación. Pero ya no. Le gustaría volver a tener la fuerza para meter las manos grasientas entre las mangueras y recovecos de los motores. Por eso se conforma con la caza de conejos, donde la fuerza más bruta la hace la Maca.

Brandon tampoco puede salir al patio a picar leña. Tal como cuando ha intentado volver a mover motores, el uso de fuerza desmedida para sus posibilidades lo lleva al otro día al hospital. Vomita, le da diarrea hacer fuerza, como hacía antes del domingo 18 de diciembre de 2016. Brandon no puede hacer la vida normal de joven de campo porque aún conserva en su abdomen treinta perdigones de plomo. Treinta de los ciento ochenta que traía el cartucho que un carabinero decidió disparar en su cuerpo, en su cadera, en el hueso de su cadera, donde se abrió un agujero que permitió desparramarse los perdigones negros que cortaron en tajos incontables su carne por dentro.

Las carnes superficiales que abrieron los perdigones se convirtieron en tres grandes cicatrices que hoy atraviesan el abdomen de Brandon. En su piel blanca, adolescente, tersa, los tajos aparecen colorados, como si aún estuvieran resguardando heridas vivas. Los tres tajos, de entre veinte y treinta centímetros, están distribuidos casi a la misma distancia uno del otro, como ordenados geométricamente. Brandon los muestra y se los toca con alegría, como si no estuviera consciente de que lo acompañarán para toda la vida.

—Cuando me las vi en la clínica pensé que se veían bacán.

Son duras, es como que tocara algo que se levanta por debajo.

En las tres grandes cicatrices Brandon no se aplica cremas especiales ni nada para remediar las costuras que volvieron a unir su piel. No le interesa, dice, con una naturalidad que sorprende. Lo que sí le gustaría es dejar de cojear y recuperar la movilidad de algunos dedos de los pies. Con el bombardeo de cuchillos en miniatura que sufrió su cuerpo, los nervios que indican el movimiento de los dedos aún están dormidos, como dice su mamá. Por eso toma leches especiales. Pero a él eso parece no preocuparle. El juega nomás, ríe con el gallito que llevan en la garganta los adolescentes que no terminan de encontrar la voz, y juega con Francisca, su polola, su primera polola y la primera niña que lleva a la casa.

—Cojeo porque los cuádriceps están atrofiados, por eso siento dormida la pierna derecha, donde me dispararon —cuenta Brandon tocándose la pierna y abriendo los ojos como cuando los niños cuentan una historia con la que, están seguros, van a sorprender, orgullosos, para luego volver al juego.

Mientras tapa con tomate una gruesa sopaipilla preparada por su madre, besa a Francisca con los mismos labios con que suele ofrecer intempestivas sonrisas. Mientras la noche activa las alertas en las orejas graciosas de los perros galgos que pernoctan en el patio, la sangre que recorre el metro setenta y cinco de Brandon se sigue intoxicando. El alto índice de acero y plomo que contienen los treinta perdigones incrustados en su cuerpo está envenenando su sangre, y las secuelas, que ahora son dolores en invierno, amenazan con convertirse en un cáncer abrupto en el futuro. En cáncer o en cualquier otra enfermedad que suene así de terrible. Porque si el índice normal de plomo sanguíneo para un niño es de dígito tres, y para un adulto es de cinco, los exámenes realizados a Brandon ya registran quince.

En Chile ningún médico se atreve a sacar los perdigones. Una doctora le dijo a Ada que por ningún motivo. Están en zonas tan sensibles que salir airosos se les hace imposible. Por eso la mente está puesta en Cuba. En Cuba o en Suiza. Allá hay tecnologías más avanzadas que lograrán no dañar a Brandon en el intento. Pero por ahora no está la plata. Aún no hay indemnización, todavía no hay justicia. Todavía no es tiempo para detener las secuelas que se están incubando sin retorno. Todavía late vil la masacre dirigida de aquel despertar previo a la Navidad de 2016.

Atenta, cerca de la puerta de entrada de la casa, Maca, en la aparente ignorancia de tantos problemas, espera la orden para volver a cazar conejos, amparada en sus piernas fuertes. Pero ya se han terminado sus tareas por esta noche.

* * *

Brandon tiene dieciséis años y casi cinco meses y es un chico inquieto, ávido de entretención, sano, inmensamente sano. De los sentimientos, de la cabeza. Es ingenuo. Un niño sano, como dicen las mamás en las noticias cuando tienen que hablar de sus hijos implicados en alguna tragedia. Pero no es que toda su vida haya estado alejada de hospitales y quirófanos. Para nada. Tres veces lo operaron en su infancia. Por apendicitis el 2015, por la fractura de su muñeca izquierda una vez que se puso a subir un árbol con la velocidad que lo hacen los monos en busca de digüeñes, en 2013, y otra por las taquicardias que lo hacían desmayar en el colegio, taquicardias que ningún agua con azúcar preparada por Ada pudo calmar. Es que a Brandon se le escapaba, en los gritos y carreras por el campo, en las frenéticas subidas a los árboles del bosque, la energía adolescente que sus brazos y piernas enjutas no son capaces de retener.

Esta mañana de domingo Brandon ha despertado pensando en su primer día de práctica profesional. El taller del Mauri, en Collipulli, a diez kilómetros de su casa, lo espera mañana. Es el lugar donde comenzará a cumplir su sueño, el de pasar toda una vida con un overol azul ceñido al cuerpo y las manos engrasadas identificando en un par de minutos cuál es la pana que le han venido a encargar. El overol es lo único que falta en la nueva tenida oficial de Brandon y su mamá pretende comprarlo esta tarde. En la habitación esperan relucientes los bototos que los pies del nuevo trabajador mañana comenzarán a ablandar. Quiere estudiar Ingeniería Mecánica en la Universidad de La Frontera en Temuco, y aprobar de la mejor manera la práctica técnica que le enseñan en el internado es el primer paso. Brandon estudia en el Internado Industrial de Angol, es uno de los mejores de la clase levantando motores, y mañana ya es momento de comenzar a demostrarlo. Alineación general motora es lo que ofrece el taller del Mauri, y Brandon será uno de los responsables de cumplir con la oferta.

Aunque todavía no tiene ningún cartón que lo acredite, Brandon hace rato ya que trabaja con autos, con su tata Guillermo, que también vive en la villa. Hoy tiene que instalar el motor de una camioneta en un Chevette beige que está en su patio, y le pide ayuda a su hermano Isaías, de trece años, para agilizar la tarea del trasplante. El Chevette es un viejo obsequio que le hizo su padre hace unos años y Brandon lo está enchulando para llevarlo al taller del Mauri. Se va a lucir, está seguro. La idea de hoy es sacar el motor de 1.4 del Chevette e instalar el de una camioneta Chevy 500, que es de 1.6, para dejar su máquina con más potencia. El motor de la Chevy lo fue a comprar a Purén con su mamá por un dato que le dio un compañero de curso, y está buenísimo. Ya siente el rugir del nuevo motor cuando acelere fuerte por las calles de la provincia.

Mientras el papá prepara el almuerzo en la cocina, los hermanos trabajan rápido y todo ya está listo para que el auto reciba su nuevo corazón. En eso, Isaías invita a Brandon a andar en bicicleta, para relajarse un rato, para pelusear por ahí como suelen hacerlo casi todos los días, acelerando en el peladeo para luego frenar brusco y marcar las chantadas en el suelo. La mamá no está. Se fue de paseo a una piscina con Israel, el menor de los hermanos. Hay que aprovechar lo libre que es la soledad. Pero Isaías tendrá que recorrer los caminos de tierra solo. La otra bici se pinchó y, al contrario de los autos, nadie se ha dignado a parcharla.

Brandon se llama Brandon Isaac, y se llama así por obra de su tío y de su abuela paterna. Su tío, que también se llamaba Guillermo, le puso Brandon, y su abuela, Isaac. Pero el tío, que tenía veintiséis años al momento de su muerte, pudo disfrutar solo dos meses de la vida del pequeño que había nombrado. Una noche, de regreso de un carrete, durante las Fiestas Patrias de 1999, una patrulla de carabineros lo detuvo. Lo llevaron a la comisaría y luego a la cárcel de Puente Alto. Según informaron los gendarmes y carabineros a la familia, el joven venía tan drogado que ni siquiera se podía mantener de pie, tanto que se cayó en la calle y se golpeó la cabeza contra la berma, y eso luego lo llevó a la muerte. Pero Ada está segura de que a su cuñado lo golpearon en la cárcel hasta reventarle la cabeza. Está segura porque él incluso firmó en la comisaría, lúcido; entregó su carnet con la conciencia plena, dice. Es lo que también siempre pensó la madre de Guillermo, la abuela de Brandon, Anita, hasta el día de su propia muerte. Que lo mataron.

Anita, a quien todos los chiquillos llaman “la mami”, fue la responsable del segundo nombre de Brandon: Isaac. De aquí para adelante, los cuatro hermanos tendrán nombres bíblicos también. Brandon Isaac, Rebeca, Isaías e Israel. La mami era evangélica y siempre iba al culto. Ada también, desde pequeña, asistía con su mamá a la iglesia de su pueblo del sur, Camar, al interior de la comuna de Carahue, en la costa de la Araucanía. Siete años tenía Ada cuando sus tíos se la llevaron a vivir a la comuna de Cunco, en el sector de La Mañana, para luego partir a Santiago a los diez, cuando acudió a uno de sus hermanos mayores en San Bernardo para vivir y estudiar en la capital. Su reencuentro con el evangelio se dio precisamente cuando conoció a su esposo y a su suegra.

Isaac, según la Biblia, significa risa. “Hará reír”, dice el Génesis sobre quien lleve ese nombre. Esto por la inmensa alegría que provocó en su madre, Sara, de noventa años, la noticia de la venida del niño, que luego se convertiría en uno de los patriarcas del pueblo de Israel. Brandon Isaac no es patriarca de ningún pueblo, pero siempre su abuela vio en él la sonrisa que decretó con la decisión de nombrarlo Isaac. Esa risa la escuchaba de lejos todos los días, hasta el día de su muerte, ocurrida tres semanas antes de este domingo trágico. Anita, la mami, murió luchando hasta el final en busca de los responsables de la muerte de su hijo en 1999, los que —estaba segura— hallaría entre carabineros y gendarmes. Y murió también reconfortada por la alegría que a su vida fracturada por la muerte y el abuso vino a entregar Brandon, de quien de todos lados le decían que era tan buen chiquillo, tan caballerito y trabajador. Y sí que lo era. Todos los fines de semana la mami lo veía recolectando y picando leña, cazando conejos, pescando en el río Malleco, arrancándoles digüeñes a los árboles para luego vender lo que pudiera a los mismos profesores del internado. Con esa idea dejó este mundo Anita, hace tres semanas, ignorante de lo que hoy iba a pasar.

Antes de venirse al sur, Anita y los Hernández Huentecol vivían cerca del hospital El Pino, en San Bernardo, donde nació Brandon, ahí en Los Morros, la zona más pobre de la comuna más periférica del Gran Santiago, al sur poniente. Allí, luego del nacimiento del niño, llegó a tanto la compenetración de la familia con el resto de los hermanos de la iglesia a la que iban que un grupo grande, de catorce familias, decidió dejarlo todo, vender sus departamentos y comprar un terreno grande en Collipulli tirando a la cordillera, donde sin agua y sin luz iban a tener que construir sus casas y la nueva iglesia. Cuatro años llegaron a estar sin luz. Una vida en comunidad era la que estaban construyendo, con sacrificio y fe, lejos de tanto vicio del que necesitaban esca- par. Lejos de las drogas, de la violencia en el vecindario, lejos de las balas locas que en cualquier momento podían acribillar a los niños. Brandon ya iba para los cinco años y había que alejarse de las tentaciones y del crimen que, irónicamente, este domingo los Hernández Huentecol están a punto de encontrar en el paraíso que vinieron a levantar en la Araucanía, a casi seiscientos kilómetros de distancia del infierno que quisieron evitar.

Mientras Isaías continúa dando vueltas imaginando lo que imaginan los niños cuando andan en bicicleta solos (que son buses, autos de carrera, taxis o lo que sea sobre el volante), Brandon toma un descanso en sus labores mecánicas y se asoma a una de las dos puertas de entrada que tiene la villa, la que está más al poniente. La imagen le preocupa: el jeep del Sergio, un amigo mayor de edad, está detenido, y dos patrullas de carabineros lo tienen acorralado. De inmediato piensa en su hermano.

—Agarraron al Sergio, ten cuidado Isaías —le dice.

En un par de minutos Isaías logra dar sus últimas vueltas antes de que se desate el caos. Merodea a los carabineros, que no le hacen nada. Pero el sonido de una camioneta a toda velocidad lo pone en alerta; más aun cuando la camioneta frena, derrapando y expulsando las piedras que los neumáticos hallan sueltas a su paso. Bajan tres carabineros impetuosos, con la determinación que tendría quien está a punto de detener al más peligroso criminal de la ciudad. Uno está sin arma en sus manos, otro aparece con un revólver, y el tercero lo hace con una escopeta antimotines, una Marque Escort calibre 12, como si Isaías y su bicicleta fueran la mayor de las amenazas para la seguridad nacional. El de la escopeta se llama Cristián Rivera Silva. Sargento segundo Cristián Rivera Silva, un grado, nombre y apellidos que Brandon y su familia no se podrán sacar de la cabeza jamás.

Isaías sigue con su tránsito ciclista, pero el paseo se detiene abruptamente. Un policía lo toma por la cabeza, lo agarra fuerte de su gorro, otro por el cuello, y lo botan lejos, lejos de su bicicleta. Brandon escucha los gritos de su hermano menor y sale corriendo a su rescate. Al llegar empuja a un carabinero.

—¡Suelten a mi hermano! ¡Déjenlo tranquilo, no ha hecho nada! Sin alcanzar a terminar su reclamo, Brandon siente por primera vez la presencia del cabo Rivera, quien lo toma del cuello con fuerza bruta, lo da vuelta y le ordena que se tire al suelo, afirmando con furia su escopeta. Lo está apuntando decidido con el arma hacia el pecho.

—¡Tírate al suelo, mierda, que ando con balines de goma!

Mientras Isaías permanece de rodillas, rendido, tras recibir una llave por parte de un policía, Brandon en el suelo siente la bota de Rivera en su espalda. También alcanza a oír que el carabinero ha disparado. Qué va a hacer este paco, se pregunta, boca abajo, estremecido, mordiendo la tierra del suelo que se esparce entre sus labios, adolorido por los culatazos que le da en la espalda y en las piernas, culatazos que luego se transformarán en grandes moretones.

De pronto, Brandon nota la presencia de Patricio Villagra, el jefe del operativo, que además es amigo de la familia. Villagra, mayor de Carabineros, es evangélico y frecuenta la iglesia de la villa Las Águilas. Aquí me salvo, piensa Brandon, y le grita a su amigo policía.

—¡Mire cómo nos tienen!

Pero el amigo Pato no hace nada. Da media vuelta y Brandon lo escucha reír. Con la bota de Rivera aún sobre su columna, Brandon comienza a hacerse la idea de pasar una noche en un calabozo. Nunca ha estado en uno y lo imagina. Son escasos segundos los que pasan mientras su boca, aprisionada sobre el polvo, empieza a botar saliva que en las comisuras de sus labios forma una especie de viscoso barro. Pero ahora un aterrador ruido hecho por la escopeta disparando lo paraliza. Pasan segundos cuando comienza a sentir un dolor que nunca imaginó, un dolor que en nada se parece al de una muñeca rota tras caer de un árbol con digüeñes. Rivera ha disparado a menos de treinta centímetros de distancia, y en la cadera derecha se ha abierto un forado profundo del que comienza a salir un chorro de sangre. Brandon grita fuera de sí, el dolor lo ha desquiciado, alertando a todos los vecinos que ya han oído el disparo y que comienzan a salir.

—¡No puede ser, no puede ser! —descarga Brandon, abatido, ante los ojos de Isaías, testigo del baleo que hoy puede matar a su hermano mayor, el hermano que no pudo andar en bicicleta porque la tenía pinchada.

Isaías, que observa que no ha habido ningún forcejeo, ninguna pelea, ninguna disputa por parte de Brandon que justifique el disparo, se pone de pie, camina y trata de contener la hemorragia de su hermano con su polerón. El rostro compungido de Brandon a esta altura ya se confunde con la tierra que ha mojado sus fluidos. Los perros que merodean huelen la sangre que no se detiene, y el padre de los muchachos, ya advertido por el abuelo, se instala en el lugar de la tragedia preguntando con pavor.

—¡Quién fue! ¡Quién fue! ¡Quién le disparó a mi hijo!

Brandon, que comienza a sentir la amenaza de la muerte, no ha perdido la conciencia, y observa cómo corre la sangre expulsada a la fuerza de su cuerpo. Intenta mover las manos para comprobar qué tan dañado está, y observa que apenas logra manejarlas. Pero lo peor no ha pasado. Brandon escucha que Rivera, aún sobre su espalda, pasa bala nuevamente, y presiente que lo van a rematar. Es el momento en que interviene Villagra, el hermano evangélico, el jefe policial que ahora intenta salvar algo que ya no salvó.

—¡Pero qué cagada te mandaste, si teníamos todo controlado!—escucha Brandon que dice.

Guillermo, el abuelo, intenta calmarse, aplicando la paciencia que le han otorgado las horas que usa vendiendo mote con huesillos en la ruta. Mote que le vende a estos mismos carabineros durante las tardes calurosas en la ruta 49, que lleva hasta Angol. Siente rabia por no haber sido escuchado minutos atrás, cuando les dijo a estos mismos carabineros que soltaran a sus niños, porque los conoce, porque sabe que no andan en nada malo, porque lo único que hacen todo el santo día es jugar y a veces trabajar.

—¡Mírenlo, parece una pantruca! —dice el pastor de la iglesia al salir del culto, que ya ha terminado, desparramando a sus fieles por el entorno del cuerpo de Brandon, quien al comenzar a quedarse sin sangre efectivamente parece una pantruca.

Diego Alejandro, el padre del niño que tienen en el suelo, busca alguna prueba, algo que luego lo pueda ayudar a encontrar justicia. Lo hace por instinto, porque no es capaz de pensar en nada más que en la sobrevida de su hijo. Identifica la vainilla de la bala que ahora está dentro del cuerpo de Brandon, pero al agacharse a recogerla los carabineros lo toman y lo sacan. Se queda con las ganas.

El reloj avanza abruptamente y el cuerpo de Brandon de a poco se va apagando. La ambulancia no aparece por ninguna parte y los fieles que han salido del culto junto al pastor William Sandoval, el mismo pastor con quien se vinieron del peligro de San Bernardo hace trece años, se están desesperando. Presienten que el implacable paso de los minutos puede matar al adolescente, que se está convirtiendo en una mancha roja. Gritan, reclaman, conversan, hacen de todo para convencer a los carabineros de que lo tienen que tomar en este preciso segundo y llevarlo al hospital en la radiopatrulla. Si no, se muere. Y ya es tanta la presión que los carabineros ceden.

Brandon siente las manos de su padre, las de un carabinero y las de otro señor que ayuda a meterlo en la camioneta, para partir raudos al hospital de Collipulli, que está a un par de minutos. Son los victimarios tratando de salvar la vida de un niño que no sabe por qué está viviendo esto, un niño que mañana comienza a hacer su práctica profesional pero que ahora no sabe si podrá llegar caminando al taller del Mauri. Sospecha que no. Los asientos de la camioneta se llenan de sangre. El padre le pregunta cada algunos segundos si está bien, si va bien. Brandon solo mueve la cabeza, aprobando la continuidad de su resistencia.

Al llegar al hospital de Collipulli, un hospital básico donde la gente llega a morirse, piensa Ada, a Brandon le sacan la ropa y lo inyectan. Consiguen parar bastante la hemorragia. Pero con eso no basta. Hay que partir a toda velocidad hasta el hospital de Angol. La ambulancia, que también se comienza a llenar de sangre, parte escoltada por carabineros. Varias patrullas van abriendo el paso para que el niño herido por la propia institución no tenga problemas en llegar rápido a la capital de la provincia de Malleco. De pronto, la comitiva se detiene en seco. Ada piensa lo peor. Se paraliza en medio de la carretera. Pero en seguida le explican que han olvidado la ficha con la información médica. Al llegar a Angol, los Hernández Huentecol ya saben quién es el hombre que ahora tiene entre la vida y la muerte a su hijo. En la sala de espera, Isaías identificó entre los carabineros el rostro del cabo Rivera, y lo apuntó enseñándole a mamá.

—¡Por qué lo hiciste! —pregunta Ada al encararlo, mientras le sacan fotos para comenzar a hacer escándalo en redes sociales. El resto de los policías intenta defenderlo inventando que todo fue un mero accidente.

En Angol, Ada llora. El médico le está explicando que su hijo tiene más probabilidades de morir que de vivir. 40% de sobrevi da, le dicen, para ser precisos. Y Ada llora. Piensa en el rostro del cabo Rivera y sigue llorando. Pero no tiene tiempo para siquiera imaginar cómo sería derrumbarse. Vamos a salir de esta otra vez, se dice a sí misma. Hemos pasado tantas veces en hospitales con Brandon, que esta no será la última, sigue. Y no se equivoca. Tiene tres hijos más y un esposo que no la pueden ver en el suelo. Ella es la fuerte del hogar y no puede dar la imagen de derrota al pequeño Israel, quien mientras todos acompañan a Brandon se ha quedado solo en casa, junto a su abuelo, y ahora mismo está enfrentando en soledad, con sus once años, a los carabineros que han llegado a interrogarlo al living de su casa, apuntándole con un arma, como recordará y declarará mientras vayan pasando los años, mientras se siga manteniendo el trauma germinado esta tarde, ese trauma que lo lleva a cerrar las puertas con temor cada vez que escucha algo que le resulta parecido a un disparo.

En el pabellón, Brandon mira fijo una máscara azul que se le viene encima del rostro. Siente otra vez el placer de la anestesia, que ya le está cerrando los ojos. Chao, piensa, encontrando paz en el sueño que comienza, un sueño que lo tendrá sedado por tres días. Mientras, todo el país comienza a conocer su nombre. Ada, que trabaja como manipuladora de alimentos en un colegio de Collipulli, ha pedido a una amiga de la pega que la ayude a difundir por Facebook toda la información, presintiendo el largo camino de denuncia que se viene.
Ada nunca olvidará al equipo médico del hospital de Angol. Sabe que acá le están salvando la vida a su hijo, que los primeros treinta perdigones extraídos —treinta de ciento ochenta— le están salvando la vida. Ada piensa que fueron los carabineros los que atacaron a su hijo, y por primera vez pone en duda su defensa irrestricta a esa institución que tanto admira. Por primera vez piensa que quizás en todo este conflicto, del que ha sido testigo desde niña en el pueblo de Carahue, el pueblo donde nació, los mapuche no son los conflictivos.

* * *

Es miércoles. Brandon despierta en la Clínica Alemana de Temuco y parece un espantapájaros. Ada lo ve y no lo puede creer. Nunca, en todas las veces que ha tenido que ir a recogerlo a un hospital, lo había visto así: amarillo, hinchado. A este cabro lo reventaron por dentro, piensa al mirar las mangueras que entran y salen de su nariz, boca, cuello. Una sonda ingresa por el hoyo que los pacos le perforaron en la cadera. Mientras pasan las horas, Ada también observa las bolsas de sangre machucada que van sacando del cuerpo de su hijo. Cuatro bolsas diarias de sangre donada se necesitan para sustituir la dañada. Pero es tanta la visibilidad que ha tomado el caso, que la sangre ya no es problema. Los primeros en donar fueron, sospechosamente, los mismos carabineros, alertados del tremendo cacho en que se habían metido. Fue tanta la gente que quiso donar, que meses después a Brandon lo saludará gente en la calle para decirle “yo quise donar, pero no pude, no me dejaron”. Brandon mira los ojos de su madre. Es lo primero que hace luego de despertar y descubrirse en condiciones de herido de guerra. Con los ojos apunta a sus piernas. Ada entiende lo que le está preguntando. Y ella lo calma rápido. Le responde que no, que no ha quedado inválido, y que va a poder seguir moviendo sus piernas.

Al transcurrir los minutos y tomar conciencia, Brandon no sabe lo que es una clínica, ni había escuchado esa palabra. Su mamá le explica. Nunca había estado en una, y lo sorprende la limpieza, el lujo, el trato. Observa su cuerpo hinchado y comprende que esto será para largo. Sufre por dentro, aunque no lo expresa. Trata de mantener la sonrisa decretada por su segundo nombre, Isaac, pero a veces no puede. No puede comer ni hablar, y no alcanza a reposar ni tres horas cuando ya está otra vez en pabellón para una nueva cirugía. En total, durante los cuarenta y cinco días que permanecerá en la clínica a Brandon lo operarán dieciséis veces. Deberá aprender otra vez a caminar y a aceptar que algunos dedos de su pie ya no se mueven, y comprender que quizá no volverá a encaramarse a los árboles como lo hacía hasta hace unos días.

Corre la tercera jornada en la clínica y Brandon ha entrado varias veces al quirófano. En las inmediaciones del recinto su papá lee los diarios y se encuentra con los diagnósticos que manifiestan los daños criminales que ha sufrido el cuerpo de su hijo. Es tanto que no entiende algunas cosas. Hemorragia derivada de una fractura de pelvis. Rotura de la arteria iliaca interna. Fractura de ilion derecho. Suturas a alrededor de veinte perforaciones en el tubo digestivo. Estructuras metálicas incrustadas en tejidos subcutáneos. Pérdida de sensibilidad en el muslo derecho. Derrame pleural. Lesiones en las partes blandas del tobillo derecho.

¿Cómo pudieron hacerle esto a mi Brandon?, se pregunta en medio del cansancio Diego, un hombre sencillo y temeroso que trabaja en la hojalatería y haciendo diferentes arreglos en las casas del sector. Pololitos. En eso estaba Diego, en el lamento, cuando vino la amenaza. Ahí mismo en la clínica, un hombre le toca el hombro y le dice que vendrán “represalias”, que se cuide. Brandon está convencido de que a su papá lo amedrentaron carabineros de civil para que no interpusiera ninguna demanda. Por eso le ofrecieron auto, casa, contará luego, cuando lejos de los tubos tenga que relatar mil veces la historia de su tragedia juvenil.

La amenaza llevó a la familia a tomar la decisión de dormir todos juntos, apiñados, en Temuco, lejos de su hogar. Como sea, pero juntos. En Temuco será donde escucharán las defensas institucionales de Carabineros, las defensas donde dirán que lamentan mucho lo que califican como “un accidente”, como lo hizo el general Christian Franzani, jefe de la zona. Será en Temuco donde como familia escucharán las defensas de Rivera, al decir que se le “escapó” un tiro al estar arreglando la correa de su escopeta. Todo mientras se acrecienta la única certeza de estos días: la inocencia de Brandon, y las secuelas permanentes, irreparables e irreversibles que se anidan a cada hora en el cuerpo del más grande de los hijos de la familia.

Las semanas han cambiado varias cosas en Brandon, más allá de su cuerpo. Mientras se acomoda sus pantuflas y bastones para aprender a caminar ojalá alguna vez sin ellos, descubre que existe algo que se llama “causa mapuche”, y que hay gente mapuche que organiza marchas. “Yo no cachaba ni una”, reconoce con gracia. Pero ahora lo sabe, como también sabe que cada día en esta clínica cuesta más de un millón de pesos. Pero la cifra no lo asombra. Sabe que los más de doscientos cincuenta millones de pesos que saldrá todo su paso por este lugar lo tendrá que pagar el Estado. Lo sabe porque ya ha entendido que lo que al él le han hecho lo ha hecho el Estado, un policía enviado por algo que se llama Estado, con armas de ese Estado que vio en su presencia infantil en medio del campo una amenaza, una amenaza por ser mapuche en un lugar donde, se supone, los peligrosos son los mapuche.

Brandon tiene hambre. No sabe exactamente cuántos días lleva metido en esta habitación. Tiene ganas de comer algo rico y lo pide. Sabe que se lo van a traer, porque ya ha descubierto que es el regalón de la clínica. “Cuando cacharon que yo no era el malo de la película me empezaron a tratar bien”, dirá al salir, convertido en otro Brandon, en uno que a la fuerza ha debido entender el mundo más vil de los hombres, siendo todavía un niño que solo quería seguir cazando conejos, recogiendo frutas y arreglando motores arruinados.

Preparada para volver a cazar juntos, en casa lo sigue esperando Maca, la perra favorita que lleva semanas sin acción, triste y solitaria.

* * *

Son las últimas horas del mes de marzo y en el internado están expectantes. Hoy vuelve al colegio Brandon y están todos concentrados para hacerlo sentir bien. Entra con bastones y lo recibe una ovación. No sabe muy bien qué es lo que se aplaude. Qué se celebra. Su amistad, su presencia o tal vez su resistencia. No cualquiera sobrevive a un ataque así y vuelve tan tranquilo y sonriente tres meses después de dieciséis operaciones. Sus compañeros se organizan y se turnan para ayudarlo en lo que más pueden. Algunos lo ayudan a caminar, otros a ponerse de pie, y otros le llevan la bandeja con la comida para que no salga de la habitación en la que lo han instalado. Está el Venegas, el Camaño, el Marrano, por decir algunos, porque en verdad es todo su cuarto medio el que lo está ayudando, y hasta a veces vienen de otros cursos. El colegio está preparando una charla para que todos intenten entender lo que ocurrió con Brandon, “el niño del caso”, como le dirán cuando tenga salidas a terreno y él no pueda hacer tareas que sus compañeros sí.

—Brandon, por qué a ti, si tú eres un niño tan tranquilo. Me imagino que te van a indemnizar —será el comentario que cada cierto tiempo le harán. Y ahí Brandon comprenderá lo que significa esa palabra, “indemnizar”, mientras intente también ayudar a su mamá en el difícil camino de encontrar justicia. Ayudar contando hasta el cansancio cómo fue que le hicieron esos tajos furiosos que recorren su guata.

Pasan los meses y Brandon asimila que ya no va a poder ser mecánico. Lo que hacen sus compañeros en clase, él ya no lo puede hacer, y confirma lo que advirtió en la clínica. Ha llegado julio y Brandon deja los bastones. Ya puede caminar solo, no necesita tanta ayuda como antes para moverse de aquí para acá, pero su futuro sigue siendo incierto. Ahora no sabe qué estudiar, siente que todo hacia adelante es un misterio. Ya no existen las certezas de una apacible vida de campo y no sabe hacia dónde camina su porvenir. La imagen de él entrando a la facultad para encontrarse con sus nuevos compañeros de Mecánica, en la universidad, se ha evaporado y su objetivo más próximo ahora solo tiene que ver con un juicio. El juicio contra el que pudo ser su asesino, un casi asesino que sigue libre por ahí; un juicio que ha demorado demasiado en iniciar, un juicio que a la fecha no tiene siquiera intenciones de iniciar.

Es 11 de agosto de 2017 y —en medio de las actividades de su cuarto medio, un cuarto medio que para Brandon ha sido de casi puras clases teóricas— visita el canal de televisión CNN, en Santiago. Aún con el rostro hinchado, a Brandon lo maquillan y él se siente una figura importante. Le gustan las luces, observa el trabajo de los camarógrafos, el desplante de los periodistas, y se imagina cómo sería ser periodista. Le gusta la idea. Nunca había estado en un canal de televisión, y le queda dando vueltas en la cabeza. Pero cuando eres periodista y andas trabajando en la calle, igual te agarran los pacos, pensará después, descartando la nueva ilusión. En la tele, Brandon reclama que su verdugo siga en Carabineros, que no lo hayan dado de baja, pese a que está seguro de que es imposible que el ataque haya sido un accidente, “porque el arma tenía doble seguro”.

Mientras el rostro de Brandon se va deshinchando conforme pasan los meses, también se van extinguiendo las semanas de amistad y compañía entre sus compañeros de curso. Aparece diciembre y el internado se acaba. Brandon no podrá disfrutar de ese momento tan especial para cualquier adolescente: la licenciatura. En lugar de subir a un escenario a recibir un documento que acredite el cumplimiento de su instrucción obligatoria, Brandon se ha trasladado a Santiago. Junto a su mamá, y ante la lentitud de las autoridades que pareciesen ignorar el dolor de la injusticia, entrega este 18 de diciembre, justo un año después de la masacre, una carta al Ministerio del Interior, al director general de Carabineros y al contralor exigiendo que den de baja al suboficial Rivera. Brandon piensa en sus amigos, en la graduación perdida por estar aquí, frente al Palacio de La Moneda, arrojado a esta experiencia por la brutalidad de un criminal. Está seguro de estar haciendo lo correcto. Es lo que le tocó vivir. A él y a su mamá. Y a su mamá no la va a dejar sola.

Quince días de plazo le piden a Ada en Carabineros para dar una respuesta. Ada se va conforme y regresa un mes después, ya iniciado el 2018, pero lo que encuentra es una burla. Le dicen que se han perdido los documentos que ingresó, que lo sienten mucho, pero que el viaje que hicieron con Brandon y que lo llevó a perderse la licenciatura junto a sus compañeros ha sido en vano. No hay papel, no hay baja, no hay justicia. Ada siente impotencia, una impotencia perfectamente disimulada detrás de la piel brillante, morena, en la que se dibuja siempre una sonrisa en los momentos más impensados.

“No me sirve de nada decaer, no me puedo poner a llorar. Si lloro yo, tendré a todos llorando. Tengo que hacerme la fuerte”, se dice a sí misma Ada, concentrándose en el próximo paso, segura de espantar cualquier viento depresivo, segura de volver atrás para otra vez avanzar.

Semanas después, Ada recibe una carta en la puerta de su casa. Viene de Carabineros, y le aseguran que están evaluando la situación de la baja de Rivera. “Evaluando”, una palabra que no garantiza nada, pero que por lo menos le trae a Ada la tranquilidad de que fue escuchada más allá de la burla que como víctima ha debido enfrentar tantas veces, una burla expresada en menosprecio, en desatención, en la escasa consideración de la importancia con respecto a lo que reclama.

Burla también ha sido el comportamiento del propio Cristián Rivera Silva, faltando a los primeros tres intentos de formalización en su contra, justificándose con licencias médicas, con otros trámites que tenía que hacer, con lo que fuera que lo salvara de enfrentar a Ada y a Brandon, de mirarlos a los ojos. Recién un año y un mes después del balazo, el sargento segundo —que ya tenía el antecedente de haber sido condenado por disparar contra un compañero en un procedimiento, y además enfrentaba la querella por amenazas de muerte contra su esposa— queda con arresto domiciliario total, imputado por apremios ilegítimos y cuasidelito de lesiones graves. Un año y un mes después. Un año y un mes de libertad, de caminar impune mientras a Brandon la sangre se le sigue envenenando. Por eso la rabia de Ada, su inconformidad ante la negación de la cárcel, de la prisión preventiva. “La Fiscalía presentó una demanda en la que dice que el delito fue accidental y todos sabemos que fue intencional. Carabineros ni siquiera ha pedido disculpas, sino todo lo contrario. Ellos siguen responsabilizando a mis hijos de lo ocurrido. Siempre se han hecho las víctimas, esa es la rabia más grande que tenemos”. Serán meses de investigación, de manifestaciones, de testimonios de testigos, de exámenes sicológicos, de peritajes científicos y de Brandon contando otra vez la historia, mientras su vida de joven risueño que debería estar eligiendo un futuro, un futuro para acertar o equivocarse, como mecánico, como periodista o astronauta, otra vez queda congelado, víctima de las decisiones salvajes de un hombre armado. Un hombre con antecedentes enviado con escopeta desde Santiago para asustar a los niños en los cruces, para quitar su lugar a los niños en la base policial Pailahueque, la que fuese alguna vez un liceo intercultural que se convirtió en la casa desde la que salen los helicópteros y las patrullas de Fuerzas Especiales y del Gope que continuarán metiendo miedo entre los árboles y ríos.

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Doscientos, trescientos millones quizás sea la plata que el Estado tenga que pagar como indemnización a Brandon y su familia por tanto daño causado por obra de sus hombres armados en la carretera. Esa es la cantidad que, ha escuchado Ada, es adecuada en casos como estos. ¿Pero qué harían con esa plata? Ada ni siquiera se ha detenido a pensarlo, lo único que ahora la aqueja es que por fin pongan fecha para el juicio y que se gane ese juicio, y que antes, en medio o después de ese juicio, a Brandon le saquen los treinta perdigones que permanecen en su vientre como herencia del día en que intentaron acabarlo, que permanecen como agentes de una destrucción lenta y silenciosa que sigue avanzando por sus células. Lo único en que sí se ha detenido a pensar Ada cuando se trata de la indemnización, es en que ojalá sus niños no se vuelvan locos al ver millones de pesos frente a sus ojos. La plata va y viene, está segura, pero las personas no. Ellos son niños humildes, sanos, así los ha educado y así deben seguir siendo.

Y a Brandon, que hace poco tuvo que ser operado por diecimoséptima vez en la Clínica Alemana, por ahora la plata le importa menos que sus dolores. La intervención de febrero de 2018, por la que Ada tuvo que ir a rogar —con ira y con rabia— para que la pagara el Estado, fue muy dolorosa. Tres eran los tornillos que le estaban rompiendo la piel por dentro y que retiraron: tornillos asomados ya a la superficie, expulsados por un cuerpo que los sentía ajenos. Mareo, náuseas, vómitos, sangramientos de la cicatriz. Todo eso debió soportar Brandon para quedar sin dolores en la cadera, para que no lo siguieran molestado esos fierritos a los que tocaba, como jugando, en algunas ocasiones. Pero si tiene que pensar en qué haría con la plata, Brandon también se da espacios para sueños, los sueños que en medio del dolor de las operaciones se ha tenido que inventar en su ilusión por sobrevivir. Y aquí, en los sueños confundidos con alucinaciones postoperatorias, aparece el sur. No Temuco, no Valdivia. Más al sur. Por allá, en un lugar inventado por su mente, junto a una cordillera, a Brandon le gustaría poner unas cabañas para arrendarlas a los veraneantes. Le agrada la idea de obtener rentas de casas o departamentos. Se imagina ser como la Luli, la modelo de televisión, comprando varios departamentos para luego cobrar rentas que le permitan vivir tranquilo. Eso sí, Brandon no lo quiere hacer al lote. Si alguna vez lo indemnizan y tiene plata como para asegurarse en algo una vida ya insegurizada, le gustaría saber de administración, y quizás estudiar esa carrera en una universidad. Así podría olvidar un poco los sueños que ya le quitaron, los de la mecánica, los de aplicar lo único que ya sabía.

Brandon dice que aunque la vida ya se le haya puesto difícil recién iniciando su mayoría de edad, va a salir adelante igual. Está listo y preparado para cualquier otra operación. De hecho ahora, un viernes de mayo, lo están operando del pecho. Es una intervención que quedó pendiente de cuando lo operaron del corazón. Y Brandon está tranquilo. Aspirar anestesia es para él como tomar agua, y su mamá, a su espera en el hospital de Angol, ya cree que los hospitales son su segunda casa.

Ha sido tanta la valentía arrojada en medio de tantas guerras, que Brandon y Ada ya casi no saben distinguir el estado de alarma del de la normalidad, les cuesta identificar cuándo tienen miedo. Pero no se han insensibilizado. Sentada en la sala del hospital, Ada piensa en su hijo, en todo lo que les han quitado, y siente temor, temor porque ha perdido la esperanza de que su hijo tenga una vida normal. Con el daño físico y sicológico que tiene, no podrá realizar en plenitud sus sueños, y ese es un daño irreparable. Ada también tiene una necesidad que la agobia: la sed de justicia que impulsa cada paso de más que tiene que dar su cuerpo para avanzar en esta ruta. Es una sed que nota y asume. No se desentiende. No descansará hasta saciarla. Por eso a quien tenga que contar que su hijo otra vez está siendo operado dirá que seguirá luchando para que el verdugo de su familia pague con lo máximo que permita la ley, para que lo den de baja, para que lo formalicen por homicidio frustrado y no solo por lesiones graves, como ahora; para que la justicia sea justa, como ha debido ser en tantos casos en que finalmente no lo fue.

Ada piensa en tantos niños que como Brandon han debido pasar por lo mismo, por hostigamientos, por persecuciones, por abusos en zonas controladas como en una disputa militar, entre drones, cascos y armas de fuego. Piensa en los niñitos de la escuela rural de Temucuicui que fueron atacados con bombas lacrimógenas el año pasado. Piensa en cómo sacarán de sus cabezas el ataque esas criaturas que esa tarde solo gritaban y lloraban aferrados a las tías. Piensa en Silvestre Torres Toro, el niño de catorce años baleado en una comunidad mapuche de Ercilla, que vive con cinco perdigones incrustados en su pierna izquierda luego de que Carabineros allanó su casa sin orden judicial, tratando de encontrar armas inexistentes. Piensa en Álex Lemún, joven de diecisiete años asesinado de un tiro en la cabeza por un oficial de Carabineros durante una acción de recuperación territorial. Piensa en Álex y en los cinco días que agonizó conectado a un ventilador en una clínica de Temuco. Piensa en José Huenante, el adolescente mapuche que a los dieciséis años desapareció en Puerto Montt tras ser subido a una patrulla de carabineros. Piensa en los trece años de búsqueda que ha caminado su madre. Piensa en el terror que sintieron los cuatro niños que fueron obligados a desnudarse en un control de identidad cuando regresaban del colegio Alonso de Ercilla y Zúñiga, en la comuna de Ercilla. Piensa en lo que se imaginaron esos niños cuando creyeron que los carabineros los iban a violar. Ada piensa en Brandon, en su Brandon, y a la vez en todos estos niños, que son solo algunos entre las más de ciento treinta denuncias por violencia física y sicológica que acumula el Poder Judicial en contra de niños y adolescentes por el solo hecho de ser mapuche. Ada piensa y ya no tiene dudas. Ya no cree que los mapuche sean los conflictivos, como creía hasta antes del baleo a Brandon. Ahora, reencontrada con el espíritu mapuche del que se alejó en la infancia, cuando partió a San Bernardo, está segura de que aquí los verdugos son los carabineros. Tuvo que sufrirlo en carne propia. En el lugar menos pensado, en la villa construida en hermandad para huir de las balas locas de Santiago. Pasan las horas y Ada continúa encomendada a dios para que su hijo, ese niño tan bonito y tan bueno para reírse que la convirtió por primera vez en madre, salga otra vez con vida desde un pabellón.

No tiene dudas de que así será. Porque en esta guerra contra los soldados de su propio país, Ada ha visto a su hijo desarmado convertirse en un héroe. Un héroe que no enseñarán en clases de Historia, que no tendrá bustos brillantes en las plazas. Un héroe que solo lo será para quienes lo han visto no perder el brillo de los ojos en ninguno de sus pasos por quirófanos atestados de bisturíes y mangueras. Un héroe para su hermano, que lo vio masacrado en el suelo por defenderlo a él. Un héroe para ella misma, que encuentra en sus labios la razón para no caer en la sombra de las penurias. Un héroe para su esposo, Diego Alejandro, quizás el más débil de la familia, el que tiene pesadillas por la noche, el que se despierta gritando “¡Pacos culiaos!” alertando a Ada, en el delirio de que van a entrar a allanar la habitación, como si estuviéramos en dictadura. Un héroe que no se ha dado cuenta de que no solo es la principal víctima de esta historia, sino también el motivo que enciende las luces de los caminos de tantos que en el agobio han estado listos para resignarse. Un héroe para todos los que al mirar su resistencia han perdido su propio miedo. Como Ada, una mujer que quizás nunca tuvo miedo. Porque no tiene miedo una madre que en el centro de la tormenta se atreve a decir que “si no hay justicia, yo voy a seguir luchando siempre por justicia. Aún soy joven, me quedan fuerzas para seguir y, si es necesario, en cada manifestación que yo haga, si he de ser maltratada, que lo hagan. Que me encarcelen o asesinen si quieren. Si eso se llama justicia, yo voy con todo. Las pruebas reafirmarán que esto fue un intento de homicidio, que el Estado sobrepasa todos los protocolos de los derechos indígenas. Lo demostraremos hoy o mañana. Yo no entiendo mucho de política, pero lo que sí entiendo es que aquí se han violado todos los derechos humanos”.

Brandon Isaac, el del nombre que significa risa, todavía no despierta. Está perdido quizás en qué sueños inventados por su cabeza aturdida en el adormecimiento de la anestesia, como se ha acostumbrado a vivir. Quizás está levantando los motores que su cadera rota ya no le permite levantar, metido en el overol imaginario que su mamá nunca le alcanzó a comprar; o quizás simplemente está acariciando a la Maca, su fiel perrita y compañera que en la casa espera calma, lista otra vez para volver a cazar conejos, como lo ha hecho en la espera de todas las operaciones de su amigo, bajo el abrigo de su pelaje atigrado.

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Es septiembre de 2018, faltan pocos meses para que se cumplan dos años del ataque a Brandon, y todavía no comienza el juicio contra su agresor. Ada lamenta no haber recibido ninguna colaboración del gobierno para agilizar el proceso; al contrario, alega que solo han sido testigos de mayor represión.

“Nunca se han acercado. Incluso yo he tenido que mendigar para que ayuden a mi hijo. Y para rematar nos mandan cada día más fuerza represiva a hostigarnos, a pasearse alrededor de nuestra casa sabiendo que no los queremos ver. Esa es la ayuda que nos manda el gobierno corrupto y terrorista. Siquiera podrían ayudar para que la causa avance luego y que así ya terminemos con todo esto”.

Semanas antes Brandon, aún sin ninguna reparación, observa en televisión cómo el presidente Piñera presenta el nuevo Comando Jungla, un grupo especial de carabineros formado en la selva colombiana que ahora está inserto en la “zona roja” de la Araucanía, con vehículos y armamento diseñados para dar muerte. Observa y piensa que lo que se viene, en lugar de paz, es “más represión para niños mapuche. Todo mapuche ahora sentirá más temor, más miedo, porque con esto da la impresión que desde el gobierno se estuvieran preparando para una guerra”.