¡Que se sepa!

Grité en el vagón del metro al que llegué arrancando de las lacrimógenas.

¡Que se sepa que estábamos protestando por la muerte de Camilo Catrillanca y por la aniquilación de los territorios!

¡Que se sepa que llegaron los zorrillos y nos atacaron!

¡Que se sepa que nos están matando y a ustedes no les importa!

Temblorosa, a punto de bajarme, veo las caras impávidas de la gente, menos la de una señora que me aprieta la mano mientras me dice “está bien”. Como entendiendo que tengo pena, que me duele la indiferencia de la gente, de que nadie nos pregunte cómo estamos cuando evidentemente apenas podemos respirar. Cuando me toca la mano le pregunto ¿hasta cuándo, hasta cuándo? y me pongo a llorar.

A los 10 años me enteré de que era mapuche. Ni en mi casa, ni el colegio subvencionado, wanna be, en el que estudiaba en Temuco esta era una discusión. Ese día en el recreo una compañera tomó la lista del curso y dice mi nombre, “es mapuche” grita, mientras todos se ríen. Yo la miro, pero no entiendo lo que está pasando, ¿que soy qué? Ella sigue leyendo la lista y se encuentra con el nombre del compañero del que todas estábamos enamoradas, él muy rubio y de ojos verdes (muy de nuestro gusto de sociedad postcolonial), también era mapuche. Nuestros segundos apellidos nos delatan y ahí se acabó el chiste. A los 10 años, ese quinto básico se enfrenta a la pregunta de ¿qué es ser mapuche?

Ya en la enseñanza media en un liceo municipal me encuentro con otros mapuche. Hay compañeros que viven en el campo y viajan los fines de semana a su comunidad, hay otros como yo que buscamos hacer sentido de nuestro ser desde la ciudad. Nos organizamos y en una sala nos juntamos semanalmente a conversar, comemos sopaipillas y tomamos mate, y mientras afuera llueve mi memoria se empieza a activar. Emergen las historias de mis abuelos, aparecen el campo, los animales, los espíritus, los bosques, los ríos, y así mi espacio cobra sentido. Y a pesar de que algunos no sabíamos nada, en realidad lo teníamos todo. Ser mapuche está en nuestro ser y no hay estado-nación que lo pueda borrar.

Estos días hay varios que han tratado de hacer sentido de lo que somos, declaran que los mapuche somos un pueblo que ha sido históricamente violentado y despojado, lo que es cierto, pero que se sepa que antes que todo somos resistencia. Porque tenemos el coraje de declarar nuestra existencia y desde un acto que para algunos no tiene consecuencias a nosotros nos significa enfrentarnos al racismo, los estereotipos, el menosprecio, la violencia, al chiste no ingenuo del colega que dice que ahí llegó el terrorista cuando nos ve entrar.

¡Que se sepa que los niños mapuche no pueden seguir creciendo rodeados de tanques, ni sus colegios ser transformados en comisarías!

¡Que se sepa que las zonas de sacrificio no son solo problema de la gente que vive aledañas a ellas, que de todo vivimos, y la escasez de agua, la contaminación del mar, la explotación de la montaña y de los monocultivos, a todos nos afecta!

¡Que se sepa que cuando cae uno, somos más los que nos levantamos, desde la ciudad, las comunidades, desde donde estemos, ser mapuche está en nuestro ser!, ¡Que se sepa!


Académica, Universidad de Chile.