Primero, la localización. Uno lee siempre desde una circunstancia, desde un conjunto de reflexiones y preguntas. Mi ejercicio se ha ubicado en la política que intenta construir hoy el Frente Amplio, en particular un sector de su izquierda, y en la experiencia de la Alcaldía Ciudadana de Valparaíso, donde trabajo cotidianamente. Confieso entonces que he realizado una lectura interesada, buscando en estas reflexiones sobre lo pasado sugerencias y problematizaciones para encarar lo por venir.

Comencemos con una cita.

“No es efectivo (…) que en Chile haya fracasado una forma particular de transición al socialismo. En realidad no se impulsó, con coherencia y sistematicidad, una estrategia de tránsito institucional. Ella hubiera requerido subordinar las tareas propuestas y realizadas a la construcción de una mayoría, tanto social como política. Hubiese necesitado resolver el problema de la unificación de lo popular escindido y eliminar los doctrinarismos e ideologismos que cristalizaban una separación suicida. El fracaso no fue de la «vía chilena», pues ella nunca se aplicó integralmente, sino de las fuerzas políticas de la izquierda, cuya pobreza teórica, cuya relación burocrática e instrumental con las masas y falta de historicidad, están en la raíz de la crisis estatal.” (202)

Primero entonces, a despecho de una vulgata ampliamente difundida, lo que fracasó en 1973 no fue la vía chilena al socialismo. Eso es tremendamente valioso, porque indica una apertura, porque muestra la persistencia de una posibilidad en la historia larga. Luego, plantea una interrogación sobre la capacidad estratégica de la izquierda, que el libro se encarga de examinar críticamente en distintos niveles. Sobre ello ubica, desde la propia cita, algunos de los elementos que se consideran fundamentales a la hora de pensar en esa estrategia socialista, a saber, la superación de los dogmatismos y la necesidad de resolver una política estatal de cara a las configuraciones histórico concretas y no las que dicta la doctrina. La necesidad de una vía chilena queda de alguna manera como una oportunidad aún abierta, a condición, sin embargo, de que logremos asumir algunos aprendizajes, y reflexionar sobre las continuidades y discontinuidades con los procesos anteriores.

La reflexión sociológico-histórica que propone Moulian, insiste en superar toda explicación del golpe de 1973 en teorías conspirativas, y permite en cambio apreciar tendencias de larga duración, que revelan una crisis del sistema político chileno que venía desgastándose progresivamente desde la crisis del Estado oligárquico (60), con un momento particularmente relevante en torno a las reformas políticas de 1958 (143). El fracaso de la UP entonces, se relaciona con la historia de una forma de Estado, que asistirá a la agudización de su crisis precisamente cuando la izquierda alcanza la posibilidad de dirigirlo. La violenta salida a esa crisis, como sabemos, fue por arriba y por la derecha, interrumpiendo, como dice Moulian, “algo más que la presidencia de Allende”. Allí “se cortó una larga tradición de arbitraje y articulación de intereses” que era “típica de todos los sistemas políticos democráticos”. (61)

Pero eso no quiere decir sin embargo que aquella fuera una situación estructuralmente cerrada, y que a nombre de ese argumento debamos eludir los análisis concretos. Es precisamente en ese esfuerzo analítico donde anidan los elementos más sugerentes a la hora de pensar en los desafíos actuales del Frente Amplio. Veamos.

Moulian sostiene que “En alguna medida el gobierno de la Unidad Popular intentaba lo imposible: sin tener la fuerza necesaria, sin ser capaz de proveerse de una dirección única, sin poder realizar la alianza de clases adecuada, sin cambiar la institucionalidad vigente o sin poder cambiarla, buscaba transformar a fondo la sociedad chilena.” (61) Los proyectos políticos del presente, en una medida mucho mayor a lo que ya hemos realizado, debe encarar el carácter de las estructuras socioeconómicas e institucionales, la solidez de sus bordes, y asumir un proceso de construcción de fuerzas que permita cambiarlas.

En ese contexto la Unidad Popular exhibía dificultades sobre las que los actuales proyectos de izquierda no logramos construir condiciones reales de superación: aquella alianza política “combinaba el liberalismo político exacerbado con un programa de reformas radicales, que algunos querían profundizar como si tuvieran la totalidad del poder”.(93) La cuestión se relaciona, por cierto, con la dificultad de las alianzas entre clases medias y clases populares, que pone a la acción política transformadora ya no frente a los límites de la estructura social, sino a los suyos propios.

Todo es demasiado actual. El avance de la derecha en Chile y AL, unida en varios contextos a las crisis del centro y la centroizquierda, repone este problema, que una vez más demanda la madurez y el sentido estratégico para las izquierdas, así como su capacidad para salir de los estrechos marcos sociales en que surge para construir una política de mayorías. Mi impresión es que ninguna de las soluciones que hoy pretenden darse a esta cuestión resultan suficientes, y me distancio particularmente de aquellas que de forma interesada intentan la acelerada constitución de una nueva centroizquierda sin mayor fundamentación.

Pero si podemos afirmar que la vía chilena constituye hoy, una vez más una posibilidad. Y lo hacemos con una dosis de porfía y optimismo, es porque podemos acudir a una concepción del socialismo que se encuentra dicha en estas páginas, y asimismo se encuentra demasiado ausente de nuestro presente.

El socialismo una vez más, como una “larga marcha” (233), como una transición compleja en lugar de un momento definido por la estatización de medios de producción. Un socialismo cuya densidad pueda describirse tanto económica como políticamente más allá de las retóricas justificativas de los socialismos del siglo XX. Esa actitud acomodaticia, que reprodujeron muchas izquierdas en sus referencias al socialismo, asumía de forma obediente y acrítica la idea verticalista del socialismo como clausura, que lo identificaba como una forma social exenta de contradicciones, a salvo por tanto de todo ejercicio crítico. Un socialismo sin historia, en definitiva.

Hoy, por el contrario, retomar la idea del socialismo como proceso, como transición, como el contradictorio trayecto de sociedades que en marchas y contramarchas –América Latina lo atestigua con claridad– intentan salir de los órdenes más duros del capital, resulta fundamental para la recuperación de una teoría revolucionaria.

Pero como resulta claro en el propio texto, esta idea de socialismo es exigida y exige una cierta comprensión de la democracia y lo que podemos entender como una política de izquierda.

Decía Gramsci que todo análisis concreto de relaciones de fuerza adquiere significado sólo si sirve para justificar una actividad práctica, una iniciativa de voluntad. Son relevantes entonces ambos aspectos de la frase, esto es, la reconstitución de una iniciativa de izquierda en las condiciones actuales y la necesidad de avanzar en la lectura analítica de la historia política pero también en la crítica de su propia historia. Quisiera ahora enunciar algunos elementos al respecto.

La permanencia de los mecanismos oligárquicos, garantizados en el sistema político por la presencia de una derecha que ha conservado de forma permanente una importante capacidad de movilización electoral, constituye uno de los marcos ineludibles que limitó el desarrollo del Estado de compromiso y ha definido su forma en el período neoliberal. ¿Cómo resuelven las izquierdas una política efectiva de cambio en medio de una configuración oligárquica de larga duración? Me parece una pregunta cuya envergadura difícilmente podría exagerarse y que permite interrogar el tipo de construcción política que se va conformando en las alternativas emergentes.

Moulian comprueba con sentido crítico que en los años setenta “la política tenía como objetivo el poder estatal; el cambio social se realizaba desde el Estado. Los esfuerzos de renovación desde abajo de la sociedad eran menospreciados como idealismos utópicos o fagocitados por la política estatizante.” (30) Precisamos entonces una nueva práctica política y una nueva práctica democrática. Hoy decimos con fuerza que una política de izquierda es una política democrática o es puro simulacro, y una política democrática remite no a un conjunto de declaraciones en favor de la democracia y su defensa como orden político. La política de izquierda debe ser mucho más que lo que ha sido y aun es, una práctica democrática, distante por tanto de la idea de acción especializada en la esfera institucional que se relaciona con los actores sociales como sujetos disponibles para sus estrategias. “La política –sostiene Moulian– es mucho más que una teorización, es el despliegue de un sujeto histórico”(225). Si apreciamos entonces la democracia como “aquel régimen donde el individuo se define como sujeto frente al poder; como orden que permite la constitución de partidos, movimientos u organizaciones, en suma fuerzas sociales, a través de los cuales ese sujeto-ciudadano supera la atomización y el aislamiento”, si la apreciamos como un “movimiento de destatización”(225), debemos construir la política democrática de la izquierda desde abajo y desde los costados, entendiendo que la articulación de los diferentes, que sigue siendo una necesidad apremiante de la constitución de su propia fuerza, no viene dada estructuralmente ni se puede decretar por arriba. Esa es una clave fundamental para construcción de una política de mayorías en el momento de avance de la derecha de masas.

Todo ello conduce –y esa ha sido nuestra experiencia en el gobierno local porteño–, a asumir la complejidad de una acción institucional cuyos límites deben aceptarse y sin embargo se mortifican y se mueven desde la desobediencia constitutiva de todo ejercicio de participación. Los espacios del Estado neoliberal no están diseñados para el cambio sino para la gobernabilidad civil del modelo, y no debe haber, para una política realmente democrática, modos cómodos de habitarlos. Tampoco hay modo de transformarlos sin articulaciones sociales amplias y representativas, que sin embargo solo llegan a tener condiciones suficientes para el despliegue de su propio poder social si se desestabilizan los modos de negociación y las estructuras de poder previamente establecidas. Como resultado, ese juego de tensiones pone a prueba constantemente la estabilidad del proceso. “Solo lo difícil es estimulante”, decía Lezama Lima.

A ese respecto, el análisis de Moulian resulta una vez más sugerente. La necesidad de estabilizar el proceso de la UP está permanentemente presente en el análisis. “Arriesgamos lo que se había conseguido en cuarenta años de gradual democratización del Estado” (26) dice, y se puede comprobar la envergadura de la constatación.

Este problema, que en alguna medida parece sobrevolar y define el libro entero como un supuesto que se establece en su exterioridad, tiene una relación compleja con los modos de pensar más extendidos en la época de la Unidad Popular y nos pone frente al problema de la relación de la política frenteamplista con la estabilidad de una institucionalidad democrática que ya no es la del Estado compromiso, sino la del régimen neoliberal. La vocación democrática de izquierda ya no logra encontrar –salvo claro, en las enunciaciones más ingenuas–, para usar las palabras de Tomás, un “nexo de continuidad entre el pensamiento liberal democrático y el marxismo” (28). Si efectivamente el neoliberalismo practica sobre la democracia liberal una transformación profunda que, como afirma Wendy Brown, no la suprime simplemente, sino que la redefine desde el saber empresarial mientras por otro lado la vacía de contenido social, entonces estamos demandados a construir una nueva relación con la dimensión institucional en la política democrática de la izquierda, que parta por subrayar la producción de nuevas formas de socialización, de nuevas dinámicas colectivas.

Repitamos entonces la frase de Tomás Moulian. “Arriesgamos lo que se había conseguido en cuarenta años de gradual democratización del Estado” (26) ¿De qué otra forma se podría emprender un proceso revolucionario? La preocupación necesaria, legítima, responsable, por la viabilidad de un proceso de cambios, por asumir las condiciones sociales reales de todo programa, no debe ser asumida como una divida conservadora, como un consejo timorato, sino, por el contrario, como la insistencia en la necesidad de análisis más descarnados, más informados, mejor estructurados, combinados con la voluntad de avanzar, de asumir los riesgos, de saber que en la “larga marcha” del socialismo ya no es posible pensar en procesos siempre ascendentes.

Quisiera concluir con un reconocimiento. El libro contiene siete artículos de distintas extensiones, escritos entre octubre de 1973 y 1981, que examinan, en medio de la persecución, en medio de los momentos más duros de la derrota, con un rigor y una honestidad intelectual impresionantes las complejidades de la articulación de democracia, izquierda y socialismo. La templanza de la reflexión, su capacidad crítica, exigen al lector una y otra vez repasar la fecha, para comprobar que fueron esos y nos otros los momentos de su escritura. Aun así, al leer los últimos párrafos supe que estaba ante un libro que trata sobre nuestro mañana.

Particularmente en el examen de la crisis estatal en Chile, Moulian expone lo que hoy puede ser leído como la construcción de las condiciones de instalación del neoliberalismo en Chile. No solo por lo obvio (la misión Klein-Sacks), sino por la persistencia de rasgos oligárquicos en el Estado, así como los desajustes vanguardistas de la época de Alessandri y los procesos de maduración de la derecha y su alianza con el mundo empresarial, que se expresaría por fin en el triunfo de la idea del “gobierno propio” y el desecho del Estado mediador.

Moulian reseña la dificultad de las clases dominantes para construir un proyecto de verdadera universalidad que le otorgara hegemonía efectiva. Probablemente la resolución de esa dificultad, esto es, el momento en que las clases dominantes encuentran por fin, desde la crisis del Estado oligárquico, un proyecto histórico con verdadera capacidad cultural e ideológica, no es otro que el de la instalación dictatorial del neoliberalismo. Reseñar este elemento resulta doblemente relevante para apreciar la magnitud del desafío de una política de izquierda en la actualidad.

Quiero decir finalmente que creo que estamos ante un ejercicio valiente. Porque había que ser valiente para escribir todas estas cosas en esos años, y también porque Tomás tuvo el coraje de examinar con filo crítico los saberes y las creencias políticas de su propio entorno, en un momento en que hacerlo requería de un sentido de aventura y arrojo intelectual. A diferencia de algunos de sus contemporáneos, Moulian nos enseña que la crítica rigurosa y sin concesiones no conduce a la voltereta y la renuncia sino a la ampliación de las propias convicciones. Su vida ha sido un testimonio de ello.

Les recomiendo pues esta lectura. Uno llega a vislumbrar a un Tomás de unos 40 años menos, con la barba aun oscura, espiando lo por venir desde el borde de lo sabido en el pensamiento de la izquierda, para comprobar, parados en la actualidad, la persistencia sin bien redefinida, de la mayor parte de las cuestiones que él aborda. Eso merece todo nuestro reconocimiento.


Movimiento Autonomista Valparaíso