Fue a eso de las 8 de la tarde del lunes cuando Claudio Ramírez Betancourt (30) salió de su departamento, frente al cerro Santa Lucía, para andar en bicicleta, y afuera se encontró con los incidentes que hubo en la Alameda luego del banderazo que se hizo en Baquedano en homenaje a Camilo Catrillanca.

Volvió a las 10.30 y en la calle aún se sentían los rastros de la represión policial, por lo que subió rápido a su edificio, pero las cosas solo se pusieron peor. Apenas pudo llegar a su puerta, porque se empezó a ahogar y los ojos le lloraban. Bajó, consiguió un limón con una vecina, esperó 15 minutos, subió nuevamente y ahí se dio cuenta: adentro de su hogar había caído una bomba lacrimógena que quemó el piso, dejó el aire irrespirable e impregnó ropa, muebles, alimentos y todo lo que había en el lugar.

“Prendo la luz y veo este casquillo, con la quemadura que dejó en el piso. Ahí me di cuenta que había entrado una lacrimógena por el ventanal. Tengo un ventanal grande que estaba abierto como en un cuarto –quien lo hizo tenía una puntería abismante–, y la fuerza atravesó el departamento porque chocó con la puerta opuesta y cayó al suelo. Venía muy caliente porque quemó el piso, que es de madera. Adentro reventó, tiró polvo, polvo y más polvo, estaba todo impregnado: la ropa, el baño, las toallas, los alimentos que tenía, todo”, relata.

En conversación con El Desconcierto, el hombre cuenta que llamó a Carabineros y que llegó hasta el lugar un funcionario impávido que tomó su relato y retiró el casquillo, pero en ningún momento le pidió disculpas a nombre de la institución. Se retiró, y a los minutos, apareció una teniente con el mismo individuo pero con otra actitud totalmente distinta.

“Que lo lamento, que lo siento. Yo le volví a explicar lo mismo, tomaron fotos y esperamos a funcionarios del GOPE, que volvieron a tomar fotos y me preguntaron si estaba bien. Yo lloraba y ellos también, se percataron de lo fuerte del impacto. Tomaron catastro aproximado de los daños: ropa, ropa de cama, sillón, muebles, suelo. Todo quedó en constancia de Carabineros, pero no tengo numero de registro ni nada. Quedaron de que me llamarán para ir a declarar”, cuenta.

Sin embargo, más allá del proceso judicial, lo más complicado es que Claudio no puede ni siquiera entrar a su departamento, de 40 metros cuadrados y un ambiente, y debe quedarse en la casa de un amigo: “Tocas algo y empieza todo a activarse. Todo lo que debería de haberse dispersado en mi calle se dispersó al interior de mi departamento”.

Durante las últimas semanas, en Santiago y en otras ciudades del país, se han realizado distintas manifestaciones de rechazo al asesinato de Camilo Catrillanca, quien murió al recibir una bala en su cabeza en medio de un operativo del Comando Jungla en la comunidad de Temucuicui, en la comuna de Ercilla.

Las jornadas de protesta han estado marcadas por la fuerte represión por parte de Carabineros, que no ha dudado en usar guanacos y bombas lacrimógenas para dispersar a la multitud a tal punto que sus rastros se extienden durante horas y son los transeúntes, entre ellos niños, quienes sufren sus efectos. Así ocurrió el viernes al mediodía en la estación de metro Baquedano, un día después de la marcha contra la violencia hacia las mujeres, cuando los usuarios presentaron síntomas pese a que ya habían pasado más de 12 horas, y nadie pudo explicar cómo se volvieron a activar los componentes de los químicos.

Eso es lo que más preocupa a Claudio, quien afirma que no ha recibido información de cómo desintoxicar el lugar. “Le pregunté a Carabineros cuánto se demoraba en dispersar esto y no me supieron dar una respuesta. Les pregunté qué hacer para limpiar y me recomendaron solo ventilar”, dice.

“Tengo un amigo que trabaja en Carabineros y me dijo que limpiara pero nada en base a agua. Solo se que esto se activa con el agua. La teniente me dijo que no prendiera ventiladores porque eso lo dispersaba. Los del GOPE me dijeron que metiera todo a lavar y que solo ventilara”, agrega.

Mientras continúa en su búsqueda por volver su hogar un lugar habitable, lo único que Claudio rescata es que afortunadamente en ese momento sus perritas no estaban en el departamento. “Ahí la historia habría sido distinta. Pudo haber sido peor, pero aún tengo mucha rabia e impotencia”, concluye.