¿Por qué comenzar con una cita bíblica una columna que pretende hablar sobre crianza en nuestros tiempos? La respuesta es sencilla: porque en la Biblia, uno de los libros más antiguos y más vendidos de la historia, no sólo se incluyen leyes y reglas respecto a cómo se debiese dar a luz, sino que también abundan pautas y normas respecto a la crianza de niños y niñas, uno de los primeros manuales sobre crianza.

No es difícil rastrear en la historia este tipo de ideas y no se trata de una situación que pase sólo con la religión. La sabiduría popular tampoco está exenta de ello y es posible rastrear las más variopintas ideas al respecto, estén estas ideas vigentes o no: Coca-Cola desvanecida para curar el dolor de estómago, pulseras rojas que protegen contra el mal de ojo, trucos con vasos y velas para “curar el empacho”. Haciendo un poco de memoria, en la sabiduría popular y el folklore se pueden encontrar una serie de ejemplos, muchos de ellos mitos y creencias respecto a la crianza.

Pienso en ciertas corrientes que se enmarcan dentro de la crianza respetuosa –hago especial énfasis en lo de ciertas corrientes y que se enmarcan– hace poco escuché de la obligatoriedad del colecho hasta los tres años, sí obligatoriedad. Otros lo sugieren vehementemente hasta los siete. De todos modos no cuesta encontrar gente deseosa de opinar al respecto.

Recuerdo una ocasión, en la consulta, a la madre de un paciente adolescente que explicaba que no le dio pecho a su hijo. Los médicos le habían dicho que no tenía “buena leche”. Sea lo que sea que esa terrible frase signifique, la experiencia de lactancia con sus hijos mayores había sido en extremo dolorosa, además debía alternar el pecho con relleno, según los médicos no era suficientemente nutritiva. Mencionó que, como decidió no darle pecho, se preocupó por el tema del apego”. En su discurso se podía notar una serie de ideas pensadas, elaboradas y digeridas, que surgían en medio de concienzudos argumentos y justificaciones ¿el motivo? Se había sentido fuertemente cuestionada e interpelada por este hecho por enfermeras, matronas, pediatras, médicos y por algunos acérrimos defensores de la lactancia materna a libre demanda. Poco les importaba preguntar qué tan doloroso e incómodo era para la madre amamantar a su hijo. Sin mencionar que los médicos, nuevamente, habían hecho hincapié en la sugerencia de complementar la lactancia con “relleno”.

Posteriormente me entrevisté con el adolescente. Reconocía a su madre como una figura significativa positiva para él, tenían una muy buena relación, ni su problemática ni su motivo de consulta tenían relación con conflictos materno-filiales.

Hay casos de cuestionamientos más extremos. La idea de las “habilidades parentales” apunta evidentemente a ello. En Tribunales de Familia una de las posibles “soluciones” ante casos en que consideren que los padres no están dando cuidados adecuados a sus hijos es que los padres puedan asistir a talleres de “habilidades parentales”. Es decir, un juez les dice que no tienen las competencias o habilidades para criar a sus hijos, porque son “inhábiles” para criarlos, una muy cruel condena, y asisten a una suerte de escuelas para padres. Alguien podría argumentar que se trata de casos extremos, judicializados. Pero, nuevamente, los ejemplos abundan.

Parece que independiente del contexto, de la clase social y de los tiempos que corran, hay un deber ser respecto a la crianza, independientemente de dónde provenga éste o del paradigma del que se trate: religioso, médico o popular. Hay unas especies de manuales para criar, un amplio abanico desde donde se incluyen una serie de normas, pautas y reglas. Como pasa generalmente, aquellos que se salgan de la norma serán sancionados, castigados o, peor aún, deberán cargar con el rótulo de ser malos padres, o una mala madre. Hay aspectos que se le cuestionan mucho más a las mujeres que son madres, que a los hombres que son padres, como tantas otras cosas que socialmente son más sancionadas sobre las mujeres que sobre los hombres.

Una de las principales dificultades en torno a las reglas y normas de estos manuales es que eliminan brutalmente las diferencias y particularidades de cada bebé, niño, niña y también de sus padres. La gran mayoría de las veces se asumen estas normas sin cuestionamiento alguno. Parece ser que el temor de ser un mal padre o mala madre tiene un peso mayor, silenciando a algunos cuidadores. Son muchos los que se encargan de dar instrucciones a los cuidadores y pocos los que se dedican a escucharlos.

La Casa del Encuentro es un lugar que acoge a niños y niñas de 0 a 6 años en compañía de un adulto cuidador. Si bien es cierto es un espacio que da lugar a la infancia desde una acogida socializante, también es un espacio de socialización para los cuidadores, para que los adultos que acompañan a esos niños y niñas, puedan desplegar una serie de preguntas, dudas y cavilaciones sobre estos temas. Ante una serie de dudas y comentarios, parece ser que subyace una pregunta: ¿Lo estoy haciendo bien? ¿Estoy criando bien a mi hijo/a? La fantasía de una respuesta negativa podría llegar a ser sumamente abrumadora para algunos.

Hace poco, en una reunión del equipo de Casa del Encuentro, reflexionábamos y trabajábamos en torno a la crianza. El cuidado del otros es, sin lugar a dudas, un trabajo que requiere amplios esfuerzos, pero ¿puede también ser placentero? ¿Qué tanto tienen los adultos permitido el placer? Quizás habría que ser un poco más preciso: ¿Qué tanto tienen los padres permitido el placer? Son muchas preguntas y la crianza está llena de ellas. Entre tanta pregunta, recuerdo una cita de la psicoanalista francesa Françoise Dolto: “No hay nada más terrible para un niño que su madre diga: he sacrificado todo por ti”. Efectivamente, el cuidado está asociado a algo esforzado, pero no por eso no puede ser placentero. No necesariamente tiene que ser un acto sacrificado, donde el chivo a sacrificar fuera alguno de los progenitores o cuidadores. No se trata de que pueda haber placer solo para uno de ellos, para el adulto o para el/la bebé. No debería ser una condición excluyente. Parece ser que el adoctrinamiento de la crianza lleva aparejado el sufrimiento, la letra chica que no se ve en los manuales.

Otro psicoanalista, Donald Winnicott, habla de “la madre suficientemente buena”. Utiliza este término para referirse a aquellos cuidadores/as que pueden apoyar y atender al infante y sus necesidades. Esto incluye evidentemente las frustraciones derivadas de la natural imperfección en las posibles adecuaciones a sus necesidades. Somos imperfectos y quizás así se ha de criar. ¿Será esa una de las primeras coordenadas que puedan guiar en el territorio de la crianza? Creo que sí, tampoco me parece que se trate de escribir otro manual, por el contrario, hablo de coordenadas como puntos de referencia, que dan una ubicación en un plano o en el espacio y, en el caso de las coordenadas geográficas, son las que permiten un desplazamiento libre dentro de un territorio, sin perderse. Si se trata de un territorio, novedoso o conocido, es quizás también preciso recurrir a la capacidad de escucha y observación, no sólo en relación de a quién se está cuidando, sino también en relación al cuidador.

Tampoco es necesario llevar a cabo estas acciones en soledad, muy por el contrario, no es casual que en esta columna se incluyan reflexiones de un equipo de trabajo. Cuando se piensa con otros nos enfrentamos a la diferencia, que permite el surgimiento de cuestionamientos nuevos, permitiendo un acompañamiento ante tal difícil tarea. En la Casa del Encuentro cuando los cuidadores hablan respecto a la crianza, desde la incertidumbre o la angustia, se encuentran también con otros cuidadores. Me parece fundamental poder contrastar sus experiencias y las de sus pequeños y pequeñas. Se pone en común, se piensa en conjunto, con otros y como dice otra psicoanalista, la señora Janine Puget, “pensar con otros es pensar mejor”.

Finalmente, creo que está más que claro que no es necesario parir con dolor. La otra pregunta aún no tiene respuesta, al menos, no una cerrada. La pregunta, entonces, queda abierta: ¿cómo han de criar?


Daniel Saavedra C, Psicólogo de la Universidad de Chile. Egresado de la Maestría en Psicoanálisis de la Universidad de Buenos Aires, Argentina. Miembro del Equipo de Acogida de Casa del Encuentro.