La ola feminista que movilizó a mujeres durante el año pasado dio cuenta de cómo la violencia hacia nosotras traspasa todas las aristas de nuestra vida cotidiana, que es un hecho consumado y perpetuado por la sociedad, que se ha dado de manera sistemática durante el tiempo y la historia, a menudo borrada por la pluma de los vencedores, que resultan siempre ser hombres.

El movimiento feminista es capaz de correr los límites de lo que creíamos dado por hecho, nos ha invitado a cuestionarnos cosas que parecían naturalizadas, entre ellas, en cómo la educación hoy no solo está diseñada para que quienes tengan el dinero puedan triunfar, sino que nosotras nos vemos aún más perjudicadas por el ya injusto sistema educativo.

Un claro ejemplo es la PSU, que si bien los y las estudiantes hemos sido enfáticos en rechazar, sí representa un excelente barómetro de cómo las desigualdades operan en nuestro país. Mientras que la mayoría de los puntajes nacionales provienen de colegios particulares y/o emblemáticos, al hacer un desmenuce de los resultados vemos que además, la cantidad de mujeres obteniendo esos puntajes es significativamente menor que la de hombres.

Pero lamentablemente, durante este año se agregaron nuevos aportes para el debate: la encuesta CEP (Centro de Estudios Público) reveló que los padres están dispuestos a pagar más por sus hijos hombres que por las mujeres.

Con la reforma a la educación del gobierno de Michelle Bachelet, se dio el puntapié inicial al sistema de admisión centralizada, léase una forma aleatoria de admisión a los recintos escolares, que permitiría la no discriminación por parte de los planteles a la hora de seleccionar a sus estudiantes. Esto se ha puesto en práctica en cinco regiones del país, lo que ya ha arrojado estudios que son interesantes de abordar.

En el análisis se indica que de los 37.027 niños que ingresaron al sistema de selección, el 28,4% postuló a un colegio con copago, mientras el 27,3% de las mujeres quiso acceder a ese tipo de establecimientos. En tanto, el 40,3% de los hombres fueron postulados por sus padres a colegios públicos, y el 43,5% de las niñas buscaban un cupo en estos colegios. Si bien, en temas de porcentajes estas diferencias son marginales, en temas de análisis estadístico sí resulta importante su estudio.

No es de sorpresa de nadie que los colegios con mejores resultados en las pruebas estandarizadas como el SIMCE y la PSU son aquellos con copago o particulares, mientras que los liceos municipales siguen siendo aquellos marginados por un sistema educativo que no se hace cargo.

Otro análisis interesante para abordar es cómo, en cuanto a preferencias para la matrícula de niñas y adolescentes, la mayoría de los padres buscan colegios que destaquen por su disciplina y valores; en cambio, si eran hombres, valoraban más los resultados académicos del plantel. Como decía la canción de Pancho Puelma: “será un ingeniero dice el abuelo o un gran arquitecto sería perfecto… mejor una niña que cumpla mis sueños, que siga la huella de Jesús Nazareno”

El feminismo nos entrega muchas nuevas formas de análisis de estos resultados, y es que es un actor que dinamiza los conflictos, permitiendo agregar una nueva mirada, más profunda, a lo que damos por sentado. Hace algunos años la educación no sexista seguía siendo gritada por unas pocas, pero hoy resulta un pilar fundamental en las demandas de las y los estudiantes.

El 2018 nos vimos marcadas por una movilización que remeció todas las formas conocidas de manifestarse en el movimiento estudiantil. Nos dio un desafío muy grande y a la vez, nos enseñó que las cosas pueden hacerse distinto. Sin duda, esperamos un 2019 que profundice la democracia en todo el estamento estudiantil, pero por sobre todo, seguir gritando: el feminismo va a vencer.


Constanza Latorre, encargada política estudiantil del Movimiento Autonomista.