La parálisis, la esterilidad, la invalidez y la infecundidad de la lógica del empate en política tiene a la opinión pública sumida en el espectáculo obsceno de la banalidad (o ausencia) del pensamiento de la casta que nos gobierna. Lógica infantil que imposibilita el pensar, que en su discurso muestra su cobardía intelectual y su cálculo pequeño. Sin discurso para defender su violencia política, sin moral para justificar la ilegitimidad de la dictadura, la derecha endosa a sus adversarios el mal que la constituye. Su estrategia, apelar al empate.

Sabemos que nunca antes hubo en Chile un Pinochet, el dictador más abyecto tiene el mérito de ser único. La apelación al empate que la derecha inauguró en Chile ha construido un discurso que detiene el pensamiento, impide el diálogo inteligente, empobrece la política, aparta a la ciudadanía; no construye memoria ni piensa la historia; pero, sobre todo, no avanza en producir posiciones con credibilidad frente a la sociedad. Busca empatar para negar su verdad horrible: estuvieron ahí.

La instalación de esta práctica discursiva tuvo su origen en el tiempo en que los crímenes y violaciones a los derechos humanos perpetrados por la dictadura no pudieron seguirse negando y ocultando, y tampoco podían justificarse desde una posición política que debía comparecer públicamente democrática y moderna. Había que decirlo, había que reconocer lo evidente; había que hacerse cargo de un imperativo liberal, de un avance de la democracia, de un momento histórico que demandaba un tributo a la memoria. Fue entonces que los partidarios de Pinochet, frente a la imposibilidad de negar el totalitarismo, frente a la dificultad de reconocer la verdad de las violaciones a los derechos humanos, la tortura, el exilio, la corrupción y la violencia de Estado, descubrieron el culebreo ideológico  de homologarse con su adversario.

Ganadores fácticos, pero perdedores éticos, no tenían coraje ni discurso para reconocer la gravedad de su responsabilidad: optaron entonces por desviar y eludir. Por no dar la cara. Este, el discurso del empate, surge como forma de tachar el reconocimiento de la verdad histórica de los crímenes de Pinochet; como estrategia de situarse públicamente blanqueados. Frente a la exigencia de asumir una realidad que no podían decir, pero tampoco negar, acudieron a la práctica de la homologación, de construir una fórmula que, sin distinciones ni contextos, sin diferenciar éticamente los discursos políticos, insiste en apelar a sus adversarios a reconocerse defensores de lo que ellos defienden: el totalitarismo. Desde entonces Hitler y Stalin, Pinochet y Fidel Castro, entre otros, serán revueltos en la misma batidora, en que la derecha echará adentro a cualquiera que le sirva para negar las atrocidades de la dictadura de Pinochet –recordemos cuánto costó nombrarla como tal–. En esa falacia se mezclan obscenamente causas y proyectos, discursos e ideologías que en sus bases representan o representaron en el pasado proyectos políticos de distinto sentido social. Los medios anularán los fines. Quienes lucharon por la justicia social se mezclarán con los defensores del dinero y el capital, las distintas ideas se neutralizarán en un empate que no hace distinciones entre el colectivismo solidario o el individualismo egoísta del capitalismo salvaje; se confundirán errores y horrores.

Hay líderes indefendibles, hay prácticas políticas insostenibles, hay modos de ejercicio del poder que han desviado cualquier camino hacia una causa que debía tener otros fines; otra cosa es confundir a la opinión pública para eludir la propia responsabilidad política con la moral del empate falaz. No hay empates porque hay contextos internos y externos, hay diferencias discursivas y de proyectos sociales; hay causas e intenciones diversas.

Hablar de violencia hoy o pensar siquiera que la violencia ha tenido sentido en algunos momentos de la historia, hace alzar la voz de inmediato a los guardianes de la falsa moral social que empata posiciones no empatables, para justificar y no asumir los costos de sus posicionamientos políticos, que cobran cuentas a sus oponentes que, leales consigo mismo: con su ideas y  las pulsiones que movilizan sus comportamientos, no caen en su juego, no ceden a sus requerimientos. La violencia de Estado no empata con la violencia revolucionaria. Las ideas políticas están incardinadas en el cuerpo y en el corazón, convocan los sentimientos y  emociones, por eso las posiciones políticas admiten junto al reconocimiento de un hecho una tensión emocional que puede traducirse en risa o en llanto y quizás no pueda enunciarse solo en los lenguajes de lo afirmativo o lo negativo con que el pensamiento autoritario controla lo social. Estamos en un momento histórico de crisis de las oposiciones radicales, el lenguaje requiere ser examinado, y reconocido en sus huellas y recorridos para poder decir lo que no siempre se sostiene en la lengua fundamentalista que niega o afirma sin más.

Hay contradicciones entre nuestros pensamientos, nuestras ideas políticas, y nuestras lealtades. Las emociones se filtran en la lógica de la corrección. Solo la valentía de la lucidez y la inteligencia podrá elaborar discursos que hagan audibles esas señas de identidad social, pero no exhibiendo un falso estado de buenaventuranza y falsa bonhomía que apela al otro a desmoronar sus ideas, sus líderes y sus emociones. No hay empate porque hay situaciones y particularidades políticas distintas.  La apelación debe ser al pensamiento, al decir inteligente y a la construcción de discursos políticos que hagan posible diálogos y verdades públicas. Solo así se despolarizará la atmósfera social.

Hace unos días la nueva voz de la sanción moral se levantó para reclamar a la diputada Orsini su referencia a la práctica de la “violencia legítima” frente al sometimiento o la falta de libertad de los pueblos; quienes apoyaron crímenes  brutales quieren crucificar al diputado Boric por reírse frente a una polera, sin pensar que su propia violencia no tiene parangón ni referencia que la haga comparable. Pertenezco a esos y esas que bailamos y reímos alegres en la Alameda cuando el tirano murió. Alegría dulce y violenta que nos sacudió el dolor.


Crítica cultural