¿Qué se hace con este dato de la causa que parece un axioma infalible? La cultura, o mejor dicho el reducido espectro de manifestaciones artísticas que entendemos por cultura, es suntuaria. La cultura es suntuaria. Lo repito para tratar de entender en su profundidad la sentencia. Porque es una sentencia, como la que dicta un juez en contra de un delincuente. La cultura no es algo de primera necesidad, eso quiere decir. Es más bien un lujo, es accesoria. Y por eso muchas veces para el común de los mortales de esta terremoteada latitud, además, debe ser gratuita.

No hablamos de cultura en un sentido amplio y profundo, porque es sabido que antropológicamente hablando cultura es todo lo que hacemos, desde escupir en la calle hasta rayar con incomprensibles signos genitales las esculturas de las plazas. Hablamos entonces más bien de consumo cultural, de mercado cultural y de industrias culturales. Y en Chile, habida cuenta de la flagrante verdad antes enunciada (que el arte es suntuario), la realidad es que a pesar de los recientes Óscares y los antiguos Premios Nobel, y aún amén del pasajero éxito de Anita Tijoux o de Los Tres en los Grammy Latinos (por decir algo), el mercado, la industria y el consumo cultural chileno, es paupérrimo. Y además, estacional.

Si alguien duda de lo que estoy diciendo puede consultar los pocos estudios que el actual Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio tiene o ha hecho. Cifras sobran. Pero vale la pena aclarar, para no ser tildados de pesimistas, que cuando calificamos de paupérrimo este ecosistema, lo estamos haciendo en comparación con cualquiera de los países vecinos, chicos o grandes. Ni qué decir los países de la OCDE, que Chile tanto admira.

La Filsa, la Primavera y la Furia del Libro, el Fidocs y los festivales de cine de Valdivia y de Las Condes, el Santiago a Mil (ex Teatro a Mil), el festival internacional Danzalborde, y en fin, la inmensa mayoría de las actividades artísticas de relevancia e impacto nacional, se concentra entre los meses de octubre y enero. Digamos que la “temporada de cultura” se cierra con un Lollapalooza que despide el verano a fin de marzo. Es así no más. En otras fechas, el riesgo es demasiado alto. Traes a un invitado internacional y la sala está a la mitad. Imagínate la vergüenza.

Observe lo que pasa en marzo. No sólo es el mercado, el retail, la tele, la publicidad, no, es la mera realidad, todes estamos en otra con la vuelta al colegio de les niñes. ¿A quién se le va a ocurrir programarse en marzo para ir al cine o al teatro? Programación. Chile, un país que tiene programado su acceso a la cultura. Como los programas de televisión, que tienen el fin de semana como único momento para emitir algo que no sea una estupidez tras otra. Les Luthiers tenía un chiste al respecto, o sea que es de larga data y de todo el orbe el asunto: vea el programa cultural y educativo en su clásico horario de los domingos a la 1 de la mañana. Programación. Un país programado para sus consumidores y aún desde los artistas, porque los productores de ese material suntuario que es la cultura, los artistas, también se programan con tiempo por la financiera vía de los fondos concursables. Todo calza.

¿Qué actividades culturales que valga la pena hay en junio o julio? Ah, es que son las vacaciones de invierno de los colegios y universidades. Entonces los espectáculos disponibles abren un arco de transformers gigantes a dinosaurios mecánicos, o quizá, con suerte, una Comic-Con. Todo siempre y cuando se pueda hacer bajo techo, porque llueve y con lluvia la gente se queda en la casa. Ese es el imperativo que opera en todo el país, de ahí lo estacional de la programación. En invierno llueve, así que se cierra el teatro.

Oiga, pero Santiago no es Chile. Jaja. No. Solo es la capital y concentra casi a la mitad de la población, y al ojo un 70% de las actividades culturales. Mérito entonces el de las salas y compañías y la larga cofradía de aburridos y pertinaces creadores o gestores que levantan oferta artística en las regiones, a contrapelo de este axioma estacional. Si hasta con fino humor se bautizaron como Temporales Teatrales en Puerto Montt. Lo malo es que parece que el resto del país no entendió la ironía. La población del sur de Chile, que vive bajo la lluvia y no se amilana por cuatro gotas, siempre se queja de esa distancia impuesta al resto. Capitalinos (cagones) cobardes. Su temor a mojarse impacta en todo el país. Como si en Ancud la gente se quedara en su casa por la lluvia. No pues. Ah, bueno, no sé. Depende. Si llueve mucho y es para ir a ver una exposición de artes visuales, tampoco somos fanáticos.

Obsérvese lo que se nos viene ahora: febrero. ¡Febrero! Oh, qué mes de mierda. No, bueno, si lo prefiere, febrero no es un mes muerto, no, ¿acaso cultura es sólo el teatro, la danza, toda esa lata? Cultura es también lo que más hay en febrero. De hecho, febrero está cooptado por ese ícono de la cultura popular chilena, un emblema de la farándula televisiva nacional, el Festival de Viña. Ningún chileno con la bandera bien puesta en el rojo corazón se atrevería a hablar mal del Festival de Viña. Es casi un patrimonio. Con todo lo patético y burdo que se asocia hoy a él: desde una alcaldesa vitalicia y corrupta, hasta un piscinazo y elección de reina que se instala en la machista vereda opuesta de los tiempos antipatriarcado vigentes.

Pero bueno, ¿y qué tanto entonces?, ¿cuál es el problema? Chile es un país ordenado, siempre lo ha sido. Hay una época del año pa perder el tiempo en leseras artísticas y el resto del año trabajamos pues, haraganes. No, si está bien, nada, yo decía no más.

En febrero, si usted es de los suntuarios, mejor mandarse cambiar.


Pal Tinto, crítico literario

Periodista