Hace unos días atrás, pudimos ver en directo por Twitter cómo Juan Guaidó se auto proclamaba Presidente de Venezuela.

Las reacciones internacionales no se hicieron esperar: EEUU, Chile y Brasil, fueron los primeros en respaldar a este personaje argumentando que la situación de Venezuela ya no da para más y que el diálogo con Nicolás Maduro se había agotado.

Tildar al gobierno de Venezuela de dictadura fue la reacción más común en redes sociales, miles de venezolanas y venezolanos marcharon por la alameda (con el simbolismo que eso implica) para ir en masa al Palacio de la Moneda a agradecerle el tweet a Piñera (él no estaba en Palacio, estaba de vacaciones en el sur).

Después de esto, se han desarrollado una seguidilla de hechos que, siendo un relato cuidadosamente articulado, se ha transformado en un claro ejemplo de posverdad.

La misma autoproclamación de Guaidó suena algo extraña, sin necesariamente tener que manejar al revés y al derecho el sistema político venezolano: ¿a nadie le hace ruido que el presidente de un organismo estatal se autoproclame presidente? ¿En serio? Se los pongo de otra manera, ¿qué pasaría si Carlos Montes (Presidente del Senado) mañana se autoproclama presidente de Chile y convoca a una serie de actores políticos a sumarse a un gobierno de transición? Es un escenario que nos cuesta imaginar en el paraíso democrático chileno.

¿Vieron el video en que Guaidó llama al pueblo venezolano a que le cuente a la comunidad internacional si tienen miedo de una guerra civil? les cuento el final: la masa grita NO. Sólo acá ya hay dos hechos graves: el primero de ellos es que este video se ha utilizado para respaldar la necesidad de ayuda humanitaria (intervención) de EEUU. Es decir, no se verbaliza, no se dice, pero se sabe que la llegada de Trump significa sangre.

Por otro lado, la gravedad de un llamamiento a la guerra civil por parte de Guaidó es de una irresponsabilidad política tremenda, un acto de sedición pocas veces visto en la historia latinoamericana, que se tolera porque con la autoproclamación se corrió el límite de lo normal, de lo establecido.

¿Y en Chile?

La derecha puso el marco de la discusión y todos creyeron que para poder hablar de Venezuela había que admitir que esto era una dictadura, sino mejor quedarse callados. Esto no es casual, fue planificado, ya nadie se acuerda del #FueraChadwick, los medios ya no hablan de los responsables de la muerte de Camilo Catrillanca. Esto se llama framing, es decir, tu adversario pone el marco de la discusión, los límites y los términos de esta. Si no estás dentro no le respondes a tu enemigo. Acá desde la izquierda nos equivocamos, sí, la derecha es el adversario, ¿pero es a quién le hablamos? ¿es nuestro público objetivo? ¿buscamos en ellos la aceptación que entrega legitimidad o razonabilidad a nuestro discurso?

Pablo Vidal, diputado RD, dio una entrevista en el diario La Tercera sobre su posición y la del Frente Amplio sobre la situación en Venezuela. Atilio Borón, intelectual argentino, le respondió duramente, cuestionando el fundamento y conocimiento teórico de las declaraciones de Vidal.

No es interés de esta columna repasar al diputado, pero es un ejemplo perfecto del enmarcamiento comunicacional que se hizo desde La Moneda y del cual, muy pocos, casi nadie ha podido escapar.

Su análisis parte desde el enmarcamiento primario: Venezuela es una dictadura, Puede ser la opinión del honorable, pero de la izquierda chilena se puede y debe esperar un análisis más complejo.

¿No llama la atención el rol de EEUU? Ya vimos las “intervenciones humanitarias” en Irak y Afganistán, sabemos cuáles son los intereses de Trump tras el petróleo venezolano (las reservas más altas del mundo). ¿No llama la atención que el autoproclamado presidente tenga cobertura mediática en Caracas de diversas cadenas internacionales? ¿No llama la atención que se pueda reunir con ex Ministros de Hugo Chávez en una institución de gobierno sin ningún riesgo? ¿No llama la atención la consulta a contraloría sobre la “embajadora” de Guaidó en Chile y la posible relación contractual con el Ministerio de Relaciones Exteriores Chileno?

En el fondo, jugamos su juego y hablamos dentro del marco que fue establecido para referirnos a este tema. Nos compramos el concepto de democracia que le acomoda a los vecinos del norte y comenzamos a analizar el caso de Venezuela desde la óptica que ellos nos entregan. La derecha puede ver el asunto desde su óptica, claro está, pero ¿acaso la izquierda está obligada a hacerlo?

Pongámoslo así, cuando uno tiene problemas a la vista va al oftalmólogo, este doctor te prueba distintos lentes con los que puedes ver nítido y otros que no se ajustan a tu visión, analizar un tema con el marco que te entrega tu adversario es quedarse con los lentes con los cuales ves borroso y, lamentablemente, esto es lo que la mayor parte de la centroizquierda e izquierda chilena en el país hemos estado haciendo

La situación que vive el país venezolano no se soluciona condenando a su actual gobierno, no es necesario hablar en los términos que plantea la derecha para validarse en la discusión política regional, no es necesaria su aprobación para opinar. En este sentido las puertas al diálogo que ha ofrecido el gobierno uruguayo y mexicano pueden ilustrar un camino que responda a las necesidades del pueblo de la vino tinto. Un problema tan complejo requiere de un análisis que vaya más profundo que categorizar de dictadura o no un gobierno, requiere de líderes y lideresas que puedan enfrentar con la suspicacia suficiente, para cuestionar y proponer una solución que, principalmente, proteja al pueblo venezolano.


Cientista Política