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Opinión

La Derecha, la Academia y también la Izquierda: Los andamios del Patriarcado

Por: Belén Roca Urrutia / Publicado: 30.05.2018
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Los abusos sexuales que se destapan —uno tras otro— por estos días son sólo el síntoma de un problema mucho más grande. Si la izquierda del espectro político tiene como objetivo eliminar las desigualdades, es hora de que sus adeptos examinen a fondo cuánto han hecho, por acción u omisión, por legitimarlas.

“Agenda mujer” es el nombre con el que el gobierno de Sebastián Piñera bautizó un conjunto de medidas que, de acuerdo a lo señalado por el propio presidente, ha de “terminar con todas las discriminaciones contra la mujer”. En estas semanas, pareciera que repentinamente todo Chile se dio cuenta de que la distribución del poder en favor de los hombres es injusta.

El alcalde de Las Condes, otrora candidato a La Moneda por la Unión Demócrata Independiente, ahora sanciona el acoso callejero en su comuna. Los sacerdotes, quienes siempre tienen algo que objetar respecto de la soberanía del cuerpo de las mujeres, se declaran feministas. Los docentes universitarios, esos famosos expertos en ciencias sociales, llenan páginas de los diarios del duopolio mediático con palabras sobre la importancia de este “cambio cultural”.

Si son de izquierda, no les crean nada.

El año 2012, yo tenía 21 años y estaba en 3° de Periodismo en el Instituto de la Comunicación e Imagen (ICEI), de la Universidad de Chile. Una de las consecuencias de las movilizaciones por la educación del año anterior fue tener sólo tres semanas de vacaciones durante el verano, por lo que el inicio del período académico fue extraño y agotador. Para combatir tales sensaciones, se carreteaba con las amigas y los amigos que estuvieron ahí, dando cara, por la revolución estudiantil.

Uno de ellos era Camilo Salas. Conocido y celebrado entre sus pares masculinos por ser —casi— el equivalente a el hombre nuevo que idealiza el humanismo marxista del Che Guevara. Participaba activamente en todos los escenarios de la política universitaria. Ahí estaba cuando había que pintar murales, editar videos de propaganda, hablar en la asamblea. Sin embargo, había un detalle: “Es que no es él mismo cuando se cura”, “sólo le pasa cuando está borracho. No es tan grave”, decían.

Pero era grave. Sin duda. El perfil de este sujeto que se manejaba entre las mujeres del ICEI era todo lo contrario. Múltiples historias sobre las fiestas en las que abusó o intentó abusar de sus compañeras se compartían entre las chiquillas a modo de advertencia. Los chiquillos, por otro lado, sólo se referían a ellas como anécdotas. Tallas. Dudo que la compañera que tuvo que echarlo de su casa —amenazándolo con un machete— considere que tal acto de valentía sea una broma. Mucho menos aquella que, delante de los ojos cómplices del resto de la fiesta, se fue a dormir la borrachera y despertó al día siguiente con evidentes rastros de una violación. Camilo Salas entró, como si nada, al lugar donde descansaba e hizo cuanto quiso.

A mí me pasó. También durante una fiesta. También ebria. La diferencia es que, estando ebria, sólo soy un peligro para mí misma. Él, por el contrario, es un riesgo para todas. Recuerdo que me aferré a lo poco de consciente que podía estar a las cinco de la mañana, luego de tomar toda la noche con las chiquillas y los chiquillos, para tirarle manotazos, como si fuese una mosca, al notar que estaba encima de mí, tratando de quitarme el vestido. Se alejó por unos minutos. Pensé estar a salvo. Volví a dormir. Volvió a la carga, esta vez más agresivo. Seguí aleteando y metiendo bulla, todo cuanto podía hacer. Suerte la mía de que otro hombre en el carrete despertó y se levantó a detenerlo. A él le hizo caso. Al despertar, horas después, noté que una de las tiras de mi sostén estaba rota. Hace muy poco supe que esa persona, “mi héroe”, es un militante del Partido Comunista que solía caerme, en ese entonces, muy mal. Hoy no tengo otra opción que agradecerle.

Ese año renuncié a la carrera. Imposible aguantar su presencia, junto con la indiferencia del resto de mis compañeros: “No le dís color”, “Es que sólo es así cuando está curao”, “Es un valioso hombre de izquierda” eran los argumentos. Imposible explicar a los profesores que estaba reprobando ramos por el estrés que significaba compartir el espacio con el hombre nuevo. El hombre nuevo que hoy es Secretario Regional Ministerial (SEREMI) del Ministerio de las Culturas en la región del Maule. No supe si reír o llorar cuando fue anunciado en el cargo y sus ¿ex? amigos se escandalizaron por su vuelta de chaqueta. Y todo lo anterior se volvió grave, pues él ahora es del otro bando.

Lo único que le debo al ICEI es plata. El nivel de su formación académica, como se ha sabido estos días, es bastante pobre. A las profesoras que se toman en serio su labor y me enseñaron cosas importantes, eso sí, muchas gracias. Una lástima que estén, en este momento, siendo también víctimas del poder según los hombres. De la “maricocracia”, como se les llamaba en mis tiempos. Como reza un lienzo colgado por las estudiantes que se tomaron el edificio: “Lo cola no te quita lo machista”. Esa vergüenza llamada Juan Pablo Cárdenas es sólo la punta del iceberg. Hay algunas mujeres que creen que el camino de la academia, es decir, sacarse buenas notas y hacer carrera en el espacio universitario, les garantiza cierta protección. Audre Lorde ya dijo que no hay que ser ingenuas, que las herramientas del amo nunca desmontarán su casa.

De cualquier modo, hoy ejerzo el oficio. Antes para Las Últimas Noticias, luego en el área de cultura para este diario. Creo en el trabajo bien hecho. No obstante, no tengo el grado académico ni el título universitario. Camilo Salas, por su parte, terminó su ¿exitosa? carrera, hizo un magíster y, gracias a la red de contactos de su padre, Eduardo Salas, ex secretario general del PRI, tiene un cargo en el gobierno de derecha que hoy es súper feminista. Acá yo, boleteando y cruzando los dedos para llegar a fin de mes; allá él, ganando un sueldo millonario sin haber hecho nada relevante en el área en que se desempeña. Protegido por las autoridades, pues se envió una carta a la ministra Alejandra Pérez denunciando el hecho y las denunciantes sólo hemos recibido evasivas como respuesta.

Pensar la cuestión del género sin la clase es inútil para quienes estamos obligadas y obligados a trabajar para sobrevivir. Lo terrible de enunciarse marxista y feminista al mismo tiempo es que hay que negociar con el patriarcado de la izquierda porque: 1) Los hueones son la mitad del mundo y no van a desaparecer; 2) Gran parte de ellos también sufre de la explotación del hombre por el hombre. Pero no hacen nada. Escuché por ahí que uno de los chiquillos, en tono jocoso y conmovido por la ola feminista, pidió una amnistía para todos los delitos machistas previos al 2013. ¿Amnistía? ¡Primero pidan disculpas!

Después de ese episodio aprendí que, como ni el patriarcado ni la lucha de clases se acabaron y la idea es seguir viviendo —más o menos— tranquila, lo más sano es encarar a los agresores y exigirles hacerse cargo. Y ha pasado, pero no pueden pretender que cada mujer de sus vidas les diga qué es lo que tienen que hacer, que todas seamos como sus madres. ¿Cuánto del poder que tienen es por esfuerzo propio y cuánto de ello es sólo por el hecho de tener pene? ¿Cuánto están dispuestos a entregar por la justicia social y la igualdad entre los sujetos?

Hay una responsabilidad moral en todo hombre que diga estar en contra de cualquier opresión, de enfrentarse a sí mismos y sus privilegios e idear, en conjunto, una articulación entre nuestras demandas histéricas e históricas. Misma cosa con las mujeres que hemos vivido, desde dentro, el desprecio de la academia: ¿Sirven de algo, por ejemplo, los centros de estudios de género, más que para felicitarse entre ellas pensamientos elevados que no escapan de las paredes de la universidad? Nuevamente Audre Lorde y sus claridades: “Al no reconocer las diferencias como una fuerza fundamental, las feministas académicas no consiguen superar la primera lección patriarcal. En nuestro mundo, divide y vencerás debe convertirse en definamos y cobremos fuerza”. Sólo así se puede evitar que este momento sea cooptado por la derecha y empaquetado como una mini revuelta que se arregló subiendo los precios de la ISAPRE, y que el día de mañana se recuerde, igualmente, como una anécdota.

Belén Roca Urrutia
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