Torniquetes imposibles de cruzar si tienes una guagua en brazos, calles por evitar porque son muy oscuras, paraderos que dan ansiedad porque es sabido que ahí las mujeres corren peligro, incomodidad por estar en un vagón de metro lleno de hombres, cambios en los recorridos diarios para evitar ser seguida, cruzar la vereda si es que hay una construcción cerca o si viene un hombre desconocido y que parece peligroso. Estos son algunos de los factores que inician una cadena de inseguridades, ansiedades y temores que experimentan las mujeres al ser parte del espacio público, de las ciudades, los territorios y la calle.

El derecho a ser parte activa del espacio público ha sido una de las luchas históricas de las mujeres en el mundo. La conquista de las calles ha sido crucial para visibilizar las demandas y exigencias de las mujeres cada vez que han luchado para exigir el fin de la precarización de sus vidas.

Desde la década del 70, las teóricas del urbanismo comenzaron a instaurar la discusión sobre ciudades más inclusivas y con perspectivas que incluyeran las necesidades de las mujeres modernas, que iban evolucionando y adaptándose al acelerado ritmo que el neoliberalismo impuso de forma abrupta en sus vidas, con las lógicas explotadoras y segregadoras de su naturaleza.

Actualmente, este tema sigue siendo levantado e instaurado como un debate en el mundo de la arquitectura, el urbanismo y la geografía y las mujeres chilenas no se quedan atrás. Diversas colectivas feministas están insistiendo sobre esto y generando espacios de discusión seguros sobre cómo las mujeres habitan la ciudad, cómo el acoso callejero impacta en su desarrollo personal y sobre la urgencia de habitar los territorios sin el miedo de no volver al hogar luego de la jornada.

Foto: Agencia Uno

Las violencias latentes

La agresión lesbofóbica que vivió Carolina Torres mientras caminaba con su polola en la comuna de Pudahuel hace tres semanas es uno de los ejemplos más recientes de por qué las calles no son seguras y ciertos espacios son amenazas latentes para las mujeres.

La marginación y segregación de clase característica que tienen los lugares que no son el centro de Santiago da pie a focos de peligrosidad que se mantienen en el tiempo: pasarelas, microbasurales, zonas baldías, paraderos poco iluminados son algunos de los lugares que las mujeres aseguran evitar, según lo que ha revelado los talleres levantados por las mujeres de Colectiva Callejeras, quienes desde hace un año y dos meses se encuentran trabajando por instaurar espacios de discusión y reflexión sobre cómo las mujeres habitan la ciudad.

Según cifras levantadas por la Red de Mujeres por la Ciudad, el  73,8% de las mujeres de la Región Metropolitana (RM) evitan llegar tarde al hogar mientras que 42% evita salir de noche. Por otro lado, el  54,5% y 34,3% de los hombres hacen lo mismo, respectivamente.

Respecto al tránsito por parques y plazas, 18,4% de las mujeres de la Región Metropolitana rehuyen de transitar por esos espacios, mientras que un 20,2% evita transitar por algunas calles, en comparación con 12% y 14,4% de los hombres, respectivamente.

Hoy, en las comunas de la Región Metropolitana,  la única forma en la que se aborda la seguridad en las calles es mediante el aumento de vigilancia con el implemento de cámaras de seguridad, drones, helicópteros y un mayor despliegue territorial de carabineros y seguridad ciudadana.

Desde la institucionalidad no se ha apostado por generar una seguridad integral que garantice el bienestar de todas las personas sin invadir el espacio personal con la presencia policial, lo cual sigue siendo deficiente al no abordar de manera integral y más profunda las problemáticas particulares que viven las mujeres al transitar por las calles.

Para revertir esta situación, el pasado 6 de marzo, en la sede del Colegio de Arquitectos, se oficializó la conformación de la Red de Mujeres por la Ciudad, quienes buscan incidir en las propuestas de política pública “que contribuyan a una mayor autonomía física, económica y política de las mujeres y a disminuir las brechas de género en la ciudad, con el fin de democratizar los espacios urbanos con una perspectiva de género”.

Esta red está compuesta por 9 mujeres vinculadas al mundo de la arquitectura, la sociología, el transporte y al trabajo con enfoques feministas y resulta ser  una de las instancias que reúne a las mujeres activistas por el derecho a la ciudad.

Foto: Rodrigo Sáenz / Agencia Uno

Desplazamientos inseguros

Otra de las problemáticas a las que se enfrentan las mujeres es el uso de transporte público. Un estudio publicado por la organización Mujeres en Movimiento y el Banco para el Desarrollo en octubre de 2018 arrojó que 9 de cada 10 mujeres del continente perciben como inseguro el transporte público. 

En la capital, al menos el 85% de las mujeres santiaguinas aseguran haber sufrido intimidación o acoso al usar transporte público, mientras que un 90% de los usuarios  vieron algún hecho de este tipo y no hicieron nada.  En el año 2018, Metro de Santiago recibió 121 denuncias por acoso sexual y en lo que va de 2019 se han registrado 18 casos.

Para revertir esta situación, en otros países se han implementado vagones exclusivos para mujeres. Para las feministas, esta medida resulta ser una solución parche a un problema estructural mucho más profundo ya que en sí el acoso sexual no debiese ocurrir nunca.

Los vagones separatistas mantienen alejadas a las mujeres de habitar en todo momento el espacio público, renegando de su derecho a usar las calles y las relega a mantenerse en el ámbito privado -que supuestamente es más seguro- perpetuando la sensación de no pertenencia con la ciudad, coartando su desarrollo y su posibilidad de re-descubrir la ciudad.

En Chile, se han implementado proyectos que apuestan por capacitar a los y las conductoras del transporte público y a los integrantes del Ministerio de Transportes y Telecomunicaciones, estas iniciativas surgieron luego de las mesas de trabajo levantadas por las demandas ciudadanas de las mesas de de acoso callejero en 2016.

En marzo de 2018, el Ministerio de Transporte y Telecomunicaciones, lanzó la Política de Equidad de género en Transportes, que entrega lineamientos generales sobre la inclusión de una perspectiva de género dentro del ministerio tanto en las planificaciones como en la distribución de los recursos. Más que ser medidas concretas, resultan ser la propuesta teórica sobre la inclusión de esta temática.

Esta propuesta fue el primer documento gubernamental que presentaba innovaciones sobre este tema en el sistema de transportes en el país.

El transporte público es utilizado mayoritariamente por mujeres, ya que la brecha salarial existente entre hombres y mujeres es uno de los tantos factores que limitan el acceso a la compra de un automóvil para una mujer. Por otro lado, si una mujer tiene un auto, no es principalmente para satisfacer deseos o necesidades personales, sino que es para facilitar el transporte de los integrantes de su familia: llevar a los hijos al colegio, trasladar a personas enfermas que tienen bajo su cuidado o para realizar las labores domésticas que requieran movilidad. Este tipo de viajes equivale a un 43% de los viajes realizados por mujeres (en contraste con el 21,4% de los hombres, respectivamente).

En relación con lo anterior, los viajes de recreación representan el 9% de los traslados de los hombres y solo el 4% de los traslados de las mujeres.

Una respuesta y alternativa ante la violencia del transporte público ha sido el aumento del uso de las bicicletas por parte de las mujeres, lo cual también ha implicado mayores situaciones de acoso contra las ciclistas en una ciudad que no está diseñada para otro tipo de transporte que no sea de cuatro ruedas.

La inexistencia de ciclovías ubicadas estratégicamente también expone la seguridad y la vida de las mujeres, que en ocasiones realizan sus trayectos diarios en bicicleta con niñas y niños.

La geógrafa Jimena Hevia, integrante de la Colectiva Callejeras, hace un llamado a las mujeres a sentirse seguras en la ciudad, apoderarse de ella y salir desde donde las mujeres se sientan más seguras para luego ir desafiando el uso del espacio público. Para ella, la bicicleta siempre va a ser el medio de transporte más eficiente si debes moverte por lo menos 10 km.

Para Hevia, “la bicicleta  tiene una eficiencia y una eficacia que la vuelve incomparable en el transporte publico, la comodidad, la seguridad, los beneficios a la salud, los costos económicos. La bici para nosotras como colectiva es un instrumento de desplazamiento, es un medio de transporte sin comparación“.

Foto: Colectiva Callejeras

La conquista del derecho a la ciudad

Desde el 2011 hasta el reciente mayo feminista de 2018, las mujeres han experimentado una reconquista de las calles luego de los silencios que trajo consigo la transición a la democracia.  Durante la dictadura, las mujeres defensoras de los derechos humanos fueron quienes utilizaron en gran medida el espacio público como un lugar de denuncia y manifiesto para exigir el fin de los abusos y de la violencia política desmedida de aquel entonces y esta costumbre está volviendo a ser parte del imaginario colectivo de la sociedad chilena.

Para la académica del Centro Interdisciplinar de Estudios de Género, Universidad de Chile, Geanina Zagal, integrante de la colectiva Ciudad Feminista, lo principal para lograr la reconquista del espacio público desde una perspectiva feminista “es derribar las barreras teóricas que constituyen las disciplinas y por eso nosotras apostamos a investigaciones colectivas. Creemos que estamos llamadas a construir conocimiento de manera horizontal,  un conocimiento que esté al servicio de la transformación de los barrios y de la vida de las mujeres”. 

Una de las 10 demandas de esta huelga general feminista es el derecho a la ciudad, este eje busca evidenciar la existencia de espacios segregados y de violencia urbana que se replican por todas las ciudades, comunas y pueblos y que están directamente vinculados a aristas clasistas y racistas en la conformación y ampliación de los territorios y en cómo las personas se mueven y habitan sus comunidades.

Desde el movimiento feminista se levanta la exigencia de generar programas educativos, públicos y comunitarios contra el acoso sexual y callejero, en paralelo al desarrollo y la garantización de viviendas dignas para que todas las personas puedan desarrollarse en plenitud, ya que los programas habitacionales existentes en Chile son poco eficientes y segregadores.

Sobre este tema la académica de la Universidad de Chile e integrante de la Dirección de Género, Patricia Retamal, también integrante de la colectiva Ciudad Feminista agrega “el cuerpo de las mujeres es expuesto generalmente a una sensación continua de inseguridad. La ciudad no está pensada para la caminabilidad segura para las mujeres dado que nuestro mayor temor es vivir una agresión sexual, entonces, las ciudades no se piensan para evitar eso, no se piensan para que las podamos caminar de forma segura ni confortable ni placentera. Hay un continuo hostigamiento en relación a la identidad de las mujeres”.