El noveno título de Copa América ganado por Brasil este domingo pudo haber sido un momento de gloria para el presidente brasileño Jair Bolsonaro, invitado por Conmebol para entregar el trofeo a los campeones y aparecer en la foto oficial del título con el que la verde-amarilla rompió una sequía de 12 años sin conquistas.

Pero sus poco más de veinte minutos sobre el césped del mítico estadio Maracaná fueron muy diferentes de lo que seguramente esperaba. Primero, porque al ingresar a la cancha el público estalló en una pifiadera gigantesca, que quizás la transmisión por TV pudo disimular un poco con la música oficial de la ceremonia. En los videos publicados por hinchas que estaban en las tribunas, se escucha muy claramente los abucheos al mandatario, que llegó recién hace seis meses al poder.

Las pifias reflejan el momento negativo en la imagen de Bolsonaro, que cayó de un 49% a un 32% de imagen positiva entre enero y junio, según las encuestas.

El otro momento incómodo para el exmilitar fue cuando el entrenador del Scratch, Adenor Tite, trata de evitar su saludo. Ante el intento del estratega brasileño de emular lo hecho por Bielsa a Piñera en 2010, Bolsonaro trató de agarrarle por el cuello para forzar un saludo. Tite lo saludo rápida y escuetamente, pero en seguida le dio un abrazo y un beso a Rogério Caboclo, presidente de la CBF (Confederación Brasileña de Fútbol).

Junto con el entrenador, solo dos jugadores no saludaron a Bolsonaro: el lateral derecho Fagner y el defensa Marquinhos.
La coincidencia es que ambos son formados por el Corinthians, el mismo club donde Tite se consagró (fue campeón brasileño en 2011 y 2015, de la Libertadores y Mundial de Clubes en 2012) antes de llegar al seleccionado y que es conocido mundialmente por la histórica Democracia Corinthiana, un movimiento de izquierda que defendió la democratización durante la dictadura brasileña (1964-1985).

Además, Corinthians es el archirrival de Palmeiras, equipo del cual Bolsonaro es hincha. Sin embargo, la frialdad de los corinthianos contrastó con el eufórico abrazo que le dió el capitán brasileño Dani Alves, antes de levantar el trofeo de los brasileños.