texto y fotos de Daniel Noemi

Te podrá parecer un cuento, pero te juro por lo que quieras que pasó tal cual, hasta te puedo decir que pasó más de lo que te digo. La pura verdad. Seúl es una ciudad. Putas. Quiero decir que es una ciudad grande, con todo lo que tiene que tener una ciudad, mucha gente, muchas tiendas, muchos restaurantes, bares, metro, buses, taxis y más gente. Y mucho para no entender nada, si es que no sabes coreano, claro, y es no es fácil saber coreano. Uno comienza y termina diciendo algo así como ‘gamsanidá’ o ‘jamsanidá’ que quiere decir las puras gracias y haciéndole venias hasta a la puerta giratoria del hotel. Diferencias culturales las llaman, yo digo que más bien es como dicen los mexicanos pura chingadera, uno anda más perdido que el teniente bello, eso dicen en mi tierra, y gracias, venia, apuntar con el dedo algo en el menú, venia, y una cerveza yoseyó, venia, y pedir la cuenta yoseyó, venia y salir, gran venia. La del dolor de espalda no te explico, pero eso no viene al cuento ahora. Iba yo al palacio de G., que queda en el centro, bien grande, que fue arrasado por los malos japoneses y reconstruido como dos mil veces con platas de la UNESCO y de los ricachones coreanos que hay muchos. Línea tres del metro, porque eso sí, el metro está bacan, imposible perderse, como que te dicen cuantos pasos tienes que dar para llegar a un lugar. Iba yo entonces caminando a la salida cinco de la estación de Anguk y de pronto escucho una voz aguda en un inglés coreano que me pregunta where are you from. Raro, pa’ qué te voy a decir. No es lo más común del mundo, ni ahí ni en la quebrada del ají. Una señora de unos cincuenta y algo, supuse (porque adivinar la edad aquí es como ganarse el loto). Baja, de metro y medio, quizá un poco más, vestida de blanco, zapatillas, anteojos. Me mira y sonríe y repite la pregunta. Me digo: o me hago el huevón y no hablo inglés o soy un turista amable que deja bien puesto el nombre de su país, etcétera. Opté por lo primero haciendo lo segundo: de Chile le dije. Y ella, sin preámbulo: Me llamo Sonee, soy doctora y me interesan mucho los sueños, y estudiar las causas de la felicidad, porque no sé si usted sabe (uso el usted porque leí en la Lonely Planet que los coreanos usan mucho el usted, pero vaya a saber uno) que la felicidad depende de los niveles de serotonina en el cerebro. -Ah-, respondí, ya pensando bueno ahora mismo me arranco. -¿Cómo se llama usted? -Daniel. -Y usted qué hace por aquí. Mi segundo error. Volví a responder: Vengo a una conferencia de literatura comparada, pero aprovecho de conocer la ciudad (quién me manda a dar explicaciones). -Qué interesante. Yo soy activista de paz. Me puede dar su teléfono. Me gustaría conversar con usted. La gente hoy en día anda muy estresada. Eso es malo. Pensé: ¿será miembro de una mafia de secuestradores internacionales? ¿Me querrá ofrecer servicios especiales? No fucking way. Pero parece imposible. -Soy doctora, trabajo para el gobierno, en el edificio aquí al lado-, indica otra salida donde efectivamente quedan unos edificios gubernamentales. -Lo siento, estoy de paso, no tengo teléfono. -¿Usa Twitter? Claro, aquí la tecnología la usa hasta Buda: -No, no tengo twitter. Solo email. Craso error: -Me puede dar su email. Quisiera conversar con usted sobre el cerebro, porque usted sabe que todo está en el cerebro y que la gente está muy estresada estos días. ¿Tendré cara de estresado? ¿Será el calor? Me pasa un papel y titubeo al escribir. No sé si darle mi dirección o inventar una y cariños Carlos. Educación católica, supongo. Le doy la dirección. Ella me da la suya. -Podemos caminar por un palacio que queda aquí cerca- se despide, prometiendo escribir. Yo aliviado, venia, me despido también, gran venia, y sigo camino al palacio de G. Caen unas gotas pero el calor no cede. En medio de los templos, lagunas y después de un suculento almuerzo, kimchi y cass, y una ponencia sobre la literatura no literaria de los coreanos nacidos en el exilio ni me acuerdo de Sunee y de su serotonina. Al día siguiente reviso mi correo. Nada aquí, nada allá, y un remitente con signos extraños. Hangeul. Estoy a punto de borrarlo, pero quizá es algo del congreso (¿?). Ahí está ella: que puede este día y el otro y también el que viene. Para conversar y caminar. Barajo mis opciones. Puedo no responder. Lo siento, no revisé mi correo, estoy de vuelta en Chile. No, lo siento, tengo que asistir al congreso todos los días las veinticuatro horas. La verdad es que no tengo ningún interés, gracias. Respondo: el viernes a las 11 puede ser. Tengo que estar en el congreso a las dos. Dos horas son más que suficientes. Puede ser interesante. Tengo que ser más abierto de mente. En un lugar público nada puede pasar. Paranoia. Realidad. Dos días para arrepentirme. Pero ya es viernes y a las 11 en punto, manía mía, estoy en el lugar de encuentro. Puntual también, vestida de blanco, viene caminando, sonrisa en mano y en rostro. ¿Por qué no soy capaz de decir que no? Venia breve, casi inexistente: gesto de confianza inusitado pienso. Nos dirigimos a una de las salidas de la estación. Aún creo que vamos a caminar a un parque o palacio. Pero me dice: “creo que es bueno que veamos cómo está. Yo mido el estado de la persona. Es muy malo estar estresado.” Y dale con la misma vaina. Ella sigue. Son solo cinco minutos, todo muy científico, por computadora, conectamos los cables y el computador lee. En mi consulta, aquí, en el edificio del gobierno. Siento que la gente que pasa nos mira sospechosamente. ¿Qué hago? Le digo que no es necesario, que no se preocupe. Responde: es muy breve y es muy bueno. Intento ser más directo: por qué me quiere hacer el examen a mí. Ni se inmuta: es bueno para los extranjeros, no tienen esto en sus países. Mientras tanto hemos seguido caminando por el laberinto de pasillos subterráneos. Llegamos a una entrada con policías. La conocen. Nos dejan pasar. En el lobby me piden una identificación. No he dicho ni que sí ni que no, pero silencio otorga y estoy subiendo las escaleras del edificio de no sé qué ministerio. En el segundo piso hay varias consultas médicas. Entramos a una de ellas, una secretaria saluda a Sonee. Ella dice algo que supongo es una explicación sobre qué hago yo ahí. Me dice que me quite todo lo metálico que lleve puesto y las zapatillas y los calcetines. Repite calcetines tres veces. Sentado sobre una camilla me quito el reloj de bolsillo, el cinturón, la llave de seguridad del hotel y las zapatillas y los calcetines. Mira mi collar y me dice que también me lo debo quitar. -Es de cuero- respondo. -Pero tiene metal-. Es verdad, no sé cómo ha visto que el broche es de metal. Intento sacarlo. No puedo, está demasiado apretado. Se lo digo. Insiste. Busco un espejo. Vuelvo a tratar, pero no hay caso, el collar no quiere salir. Sugiere que lo estire un poco. Lo hago y ¡zas! El collar se rompe. Mierda. Ahora cómo se lo explico a mi novia. Mejor le cuento que los extraterrestres me secuestraron o que un norcoreano me asaltó. -Siento mucho lo de su collar, es una lástima- susurra con una sonrisa que desdice su pena- tiéndase ahí. Indica un lugar tras un biombo. Hay otra camilla al lado de un computador. Ya está, me digo, que sea lo que el ying o el yang quiera. Me tiendo y ella me conecta unos cables: en mis dedos índices, mis muñecas, mis orejas (me he tenido que sacar el arete también), mis pies. Que no toque nada metálico, que no hable ni que cierre los ojos. Recuerdo una tortura china que consistía en no cerrar los ojos mientras a uno lo obligaban a estornudar. Parece que uno de los cables, el que está conectado a mi dedo de mi pie derecho no funciona. Lo revisa, conecta algo. Ahora sí. Enciende la computadora. Suena un silbido y ella sale de la habitación. Yo quedo mirando el techo, en medio de Seúl, conectado a ocho cables. No siento nada. Pasan los minutos. Parecen muchos, demasiados. De pronto vuelve, revisa la pantalla y me dice que está listo. Me levanto, me pongo lo que me he quitado. Volvemos a la primera habitación. No hemos terminado aún, me toma la presión dos veces, demasiado baja su presión, ¿no se siente cansado, con sueño? Le digo que no. No hace ejercicio, ¿cierto? Aunque se ve sano. Le digo que voy al gimnasio seis veces a la semana. Me responde: no hace suficiente ejercicio, ¿cierto? Me rindo. Procede entonces a analizar mis resultados. Para ser hombre, no está mal. Mi aura, mi circulación y hasta el famoso estrés marcan resultados ideales. Solo la presión baja, insiste. ¿No se siente cansado? Imprime los resultados y me entrega unas hojas con caracteres hangeul y dibujos que recuerdan a Da Vinci. Ya se acaba. Me preparo para irme. -Vamos a comer algo a la cafetería del edificio. Yo le había dicho que no se preocupara por la comida, que tengo que irme al congreso. -Será breve- sonríe. Y entonces una escena sudaca: se les ha acabado la comida en la cafetería. Ella camina sin preguntarme hacia un restaurante chino que queda a un par de cuadras. Está lleno de ejecutivos almorzando. Hay una espera de quince minutos. Yo quiero decir que no hay tiempo. Pero ya estamos caminando alrededor de la manzana, cruzando un museo folclórico que tiene el aire acondicionado para que los esquimales no se olviden de su tierra. -Yo trabajé para el movimiento democrático. A mi marido no le gustaba mi trabajo- larga de pronto. Asiento en silencio, que es el mejor modo de conversar. Ella continúa: -Sí, no le gustaba mi trabajo. Logro entender que su marido es un especialista en algún área de la medicina, que se conocieron en la escuela de medicina, que se ven solo los fines de semana –mejor así, risa, porque a él no le gusta mi trabajo de pacifista, que hago con otro nombre, risa- que un hijo es esquizofrénico, lo siento mucho, casi digo. -¿Y fue muy dura la dictadura?- hago un breve aparte sobre la dictadura en Chile. -Pinochet- dice orgullosa de saber el nombre. Pero no agrega nada más. Se acabó la política. Trato por otro lado. -¿Y qué hacían? No hay caso. Solo repite que a su marido no le gustaba. Que la policía sabía lo que hacía. Algo es algo: ¿A los coreanos no les gusta hablar de política? -En twitter ‘hablamos’ mucho de política. -No, en persona, conversando. Quizás no les gusta hablar con extranjeros. -Usted debe comer más sal para su presión. -Debe haber sido difícil saber que la policía… -Los sueños son importantes. Yo soñé con un león bebé anoche. Me callo. Sino quiere hablar de política, allá ella. Recuerdo las fotos que me mostró en su oficina con activistas y premios nobeles de la paz. Está bien. Soy yo el que no entiende. -Debe pedir Congee, es una sopa china muy buena. Veo el menú y es lo más barato. Mejor. Llega la sopa –champiñones y abalones-, desabrida. -Excelente, ¿no? -Sí, muy buena- respondo chileno. -Ah, aquí tengo su regalo. Busca en su cartera y extrae… un termómetro. -Gracias… no era necesario. -No es nada. Es bueno para el estrés. Póngaselo. -¿Qué? -No, no en la boca, aunque en la boca es más preciso, en la axila por cinco minutos. A mi alrededor algunas mesas se han vaciado. Bebo del té que me ha dicho que no beba porque está muy frío. Ella sigue con el termómetro en la mano. Yo lo tomo y hago el ademán de guardarlo. -No, es bueno para el estrés. La temperatura. La próxima cucharada del Congee la tomo con el termómetro apretado bajo mi axila. Intento disimular el ridículo. A los dos minutos digo que cinco han pasado. -No, falta todavía. Bebo el resto mi sopa. Quedo con hambre pero no digo nada. Me dice que la temperatura tiene que ser entre 36.2 y 36.5. Marco 36.6. -Muy bien, está usted muy bien. Pero debe comer más sal. Terminamos y ella se dirige a la caja. Me doy cuenta que va a pagar. Recuerdo una nota de Lonely Planet: los coreanos se pelean por pagar la cuenta. No soy coreano. Dejo que pague. Le doy las gracias y le digo que voy a llegar tarde al congreso, que me debo ir ya. -¿Cómo se va a ir? -En metro. -Yo lo puedo acompañar a la estación. -Seguro-, qué remedio. -A mi marido no le gusta mi trabajo, por eso en twitter no uso mi verdadero nombre. Ríe. Me doy cuenta que mientras menos hable más habla ella. Pacifista. Llegamos a la estación. Estiro la mano y me despido. -¿Puedo asistir al congreso? Fuck. Lo que faltaba. Soy claro: evidentemente la universidad está abierta a todo el mundo, supongo que para entrar a las ponencias hay que pagar. No sé. Mi voz no suena muy convincente. Sonee, por supuesto, sonríe: -Muy bien, allá preguntaré. Que sea lo que Buda quiera. En el metro consigo dos minutos de descanso. Pero rápidamente, cuando se desocupa el asiento a su lado, impide que otra mujer se siente (con un gesto y unas palabras la echa) y me dice-llama con su dedo sin apuntar (aquí no se apunta, te pueden sacar la madre pero nunca apuntar). Todo el vagón me mira. Mi gesto zen debe pasar desapercibido porque escucho risas. -A mí me interesan mucho los sueños. Por ejemplo, cuando trabajé para la democracia siempre soñaba con elefantes. Por supuesto que en la universidad le dicen que sí puede entrar, que no necesita pagar. Llegamos al final de la primera ponencia sobre los límites del realismo. La segunda, de un catedrático chileno, versa sobre realismo también, empleando una metáfora geográfica. El tema me interesa, pero no puedo seguir. No puedo dejar de ver su sonrisa, que para mí significa que no entiende ni un carajo. Termina el ponente. Hora de preguntas. Un tipo cuestiona la idea de los límites. Breve respuesta. Entonces la veo: su mano levantada, índice arriba apuntando al cielo. Shit. No puede ser. -Mi nombre es Sunee. Soy doctora y estoy aquí porque conocí a este joven en el metro. (No puede ser: ni ella hablando, ni lo de joven). Y me interesan mucho los sueños (NO PUEDE SER). Por cinco minutos, mencionando libros sobre sueños se extiende sobre lo que ella llama la importancia de los sueños. -Porque si yo me quiero suicidar o matar a alguien, no significa que yo sueñe con que me suicido o asesino a alguien. De hecho, uno no suele morir en los sueños. La charla sigue por un minuto o dos. Milagrosamente se detiene. Silencio. El ponente sonríe, mi paranoia cree que me mira, y responde con una tranquilidad impresionante. Responde o casi, diciendo que los sueños son importantes para considerar el realismo y luego plantea su rollo. No podría haber salido mejor del embrollo. (y, claro, no puedo dejar de pensar que todo el problema es mío; que soy yo el que no entiende). Viene la plenaria, y Sunee por supuesto que quiere ir. Pero yo ya no entiendo nada. Me pregunta algo y le digo que por supuesto que sí y que cualquier cosa. Pienso, luego en el Happy Hour, que lo único que quiero es irme. Pero ella me gana: -Nos despedimos aquí. Le escribo y hablamos. Temo que se convierta en correos diarios. Ella parece contenta con el par de coreanas que acaba de conocer. Yo arranco y tomo una cerveza que bebo a medias. Me voy. Camino por Insandong, como algo y compro un par de regalos. Corea es un lugar curioso, sonrío y hago una venia, En 36 horas estaré en Europa, reviso mi correo. -Le recomiendo que coma más sal. Es bueno para su presión, es bueno contra el estrés. Cierro el mail. Apago el computador. Venia. Gran venia.