por Juan Domingo Urbano

Para justificar el título, lo normal sería relatar en detalle el episodio de cuando Rodrigo Lira, uno de los poetas más importantes de los ‘80, realizó una presentación –performance diríamos ahora– en el programa ¿Cuanto Vale el Show?, un día de 1981, meses antes de suicidarse. Pero no. Por ahora no importa el poeta inédito. Sino que quiero referirme a “El Poeta”, Daniel Ponce, el esmirriado muchacho, con problemas de habla, nervioso, tartamudo, que aparece –aparecía– en el estelar de Morandé con Compañía, y que no sabría decir cuánto tenía de personaje o hombre de carne-y-hueso, con nervios de acero y una autoestima por los suelos, impávido ante el bullying, ofrecía cada tanto, “Don Che, le tengo un poema”, desatando descollantes risas, en medio de burlescos sketches de doble sentido, como parte del festín del abuso apatronado, la homofobia y el desfile de siliconas. ¿De qué nos reímos? De todo, y de nada a la vez, pero no de otros, diríamos siendo SÚPER graves. Aunque me da risa Piñera, claro. ¡Cómo no reírse, de esa colección de erratas que tan certeramente el diario The Clinic denomina “piñericosas”! Pero esa es otra cosa. Piñera gana lo mismo –me atrevería a decir que más– con cada estupidez que hace, que dice, que promete. El caso de “El Poeta” es otro. Recuerdo que en uno de los tantos periodos de crisis económicas durante el 2000, Kike Morandé, su animador, fue titular de diario, al declarar su “estelar de risas” entregaba algo de alegría a la gente que volvía del trabajo y quería ver tele sin preocuparse por nada. Ese sí que era un buen chiste. Ni Guy Debord. ¿Cuánto vale el show?, nos grita Lira desde la ultratumba. A su vez cuando Che copete, personaje de Ernesto Beloni el año 2008 estrenó su película, no encontró nada mejor –para captar más espectadores a su film– que si pasaba las 500 mil entradas compraría una casa a “El poeta”. Entonces supimos que este además era padre de familia y vivía como allegado. Cuento corto: la cantidad de incautos no fue lo suficiente. Y la suerte de los feos, siguió siendo la suerte de los feos. Daniel Ponce, “El poeta”, se quedó sin casa. No iba a reclamar. “Yo le voy a dar, por su actitud, dos mil pesos” En otro momento de la historia. La anterior fue el comentario que se espetó Yolanda Montecinos, ante la participación de Rodrigo Lira, en el mentado programa de Teleonce (hoy CHV) cuando declamara algunos pasajes de Shakespeare, y que él presentó bajo el pretencioso título de “Análisis del autor”, para luego definirse, primero como poeta, y algo más que un locutor o actor, más bien como “artista de la voz”. Vean el video, no se arrepentirán. Pero el punto es otro, y por eso al final retomo lo que evité al comienzo. Porque ese mismo Poeta en televisión, antes había escrito un par de textos memorables sobre los –siguiendo shakesperianos– tempestuosos sesentas, que fueron el comienzo de los ochentas, hasta el 26 de diciembre de 1981, día en que corta sus venas en la tina de su departamento de avenida Grecia 907. Declaración jurada Los discursos públicos, la parodia al Poder, la ironía cotidiana, así como la recuperación del habla chilena –empeño fundacional de la Antipoesía de Nicanor Parra– fue el modelo radicalizado de Rodrigo Lira. De esos trabajo nos dejó su “Declaración pública”, donde testimonia cómo fue requerido en una redada policial nocturna en 1977, al encontrarse, casualmente, con unos “cabros” de la Villa Olímpica, a pasos de su casa, en torno a unas botellas de pisco y unos “pitos” de marihuana, minutos después de que saliera “del departamento donde transcurre la mayor parte de mi existencia, a disfrutar del espectáculo de la Luna llena levantándose de la Cordillera”, y es interpelado por agentes de la policía civil de Pinochet. El legajo es extenso, y prosigue, colgado de la más fina retórica e hilarante descripción de un hecho tan igual a tantos por entonces, pero que elude, tras intrincadas formas– la atmósfera de miedo más que representación en que se hallaba, y vivió. Lira no solo está dejando constancia, está dando sus últimas señales de vida. La poesía como defensa. Enemiga de lo establecido, de los Medios. Y no como “material” de abuso, de humillación, de risa. O tal vez sí, pero desde su lado. El poeta como un impostor, un contador de chistes, un clown. Antes de ir a una tanda comercial Otra vez en la pantalla. Irrumpe de nuevo “El Poeta”, en el peor de su crisis de tartamudez, buscando la cara de Che Copete, diciéndole “Don Che, le tengo un poema”. Unos versos que le salen de un tirón, con fuerza y en seco, más o menos así: “De repente/ no voy a aguantar más y emitiré un alarido/ (…) Entonces/ Las ventanas del edificio Diego Portales/ estallarán en varios miles de pedazos/ llorarán las guaguas las monjas las doncellas y los ancianos/ (…) mi alarido hará que el smog se disipe/ es decir se concentre en las oficinas públicas/ por donde entrará a través de las ventanas rotas/ haciendo que todos los burócratas se vean compelidos a elegir; o se asfixian/ o saltan al vacío/(…) el alarido ese será en primavera, ya que el invierno que estamos viviendo está bastante helado y tengo la garganta/ pa-la-cagá” (Rodrigo Lira)