por Juan Domingo Urbano

No es que me guste el tema, pero si pretendo tener algún tipo de actualidad, y recoger la contingencia que afecta a la ciudad (mi tema), debo –obligatoriamente– referir a las próximas elecciones municipales. No sabemos qué ocurrirá el domingo 28 de octubre. Pero sí sabemos que, mucho de lo que pase, tendrá relación con dos hechos cruciales que incidirán en el resultado: 1) la inscripción automática y votación voluntaria, y 2) los efectos de las movilizaciones sociales de los años 2011 y 2012. Imposible que la situación electoral permanezca inalterable ante tan auspiciosa forma expresión ciudadana. Ya sea votando, anulando o boicoteando, de seguro, nada de lo que los conglomerados partidistas digan y esperen, tendrá que ver con la sonora voz política de una nación que ha despertado. Por supuesto, una sinergia civil demasiado ajena a lo que sigue siendo la mayor (pre)ocupación de la llamada “clase política”: vender al mejor postor una propuesta que, de antemano, se fraguó mayoritariamente en una oficina publicitaria, más que atendiendo al petitorio ciudadano. Y en estos comicios, al murmullo de los liliputienses habitantes de las comunas con sus sentidas microscópicas casuísticas. Somos más que un paisaje Aunque es reductivo eso de decir que estas son “pequeñeces de las comunas”, ya que existen temas relevantes que emergen desde estas bases –de muestra un botón–: la educación pública, ante la que todo edil y flamante concejo municipal ¡ahora mismo! deberían estar movilizándose, sea cual sea el destino que depare a la enseñanza municipal… Pero ¿qué hacen ellos?, siguen hablando de: – Delincuencia (secar a los delincuentes en las cárceles) – Seguridad (clamar por más guardias y más cámaras) – Áreas verdes (llenar de pasto y flores peladeros por donde nadie transita) – Iluminación (gastar un dineral en luces que no justifican los ceros de los presupuestos). Como si una comuna fuera eso, solo una calle, una plaza, un paisaje por donde caminar y poder volver tranquilos, sin asaltos, a las cuatro paredes enrejadas, sintiéndonos cobijados ante el calor de un TV Plasma. ¡Una comuna no es una zona aislada dentro de la ciudad! Es una pieza dentro de un gran rompecabezas, que pesa lo mismo que todas cuando se trata de arma el puzzle de un país. Es un lugar donde se definen, a micro-escala, los grandes temas sociales: educación, salud, cultura, deporte y recreación. Esto lo digo al pasar, acaso como dándole temas a los que se han llevado más tiempo, desesperadamente, intentando dar con la mejor foto de su facebook (la más votada) para convertirla en su afiche publicitario-electoral, que le dé credibilidad. ¿Por qué la foto ocupa un lugar tan importante en estas campañas? Estoy seguro que en esta vuelta el elector es el ME GUSTA de las redes sociales. Ni hablar de ese, cada vez menos fino, trabajito con photoshop para insertar y ubicar, con desiguales tonalidades y luminosidad, el rostro de los “futuros presidenciables”, a punto de salir corriendo, pero colgados estáticos, como santos amuletos, en los miles de gigantografías, pendones y las paletas que se tomaron el horizonte citadino. Vergüenza ajena. Miré los muros de la patria mía El título de esta crónica pertenece a un soneto de Quevedo, un poeta español del siglo XVI (Miré los muros de la patria mía/ si un tiempo fuertes ya desmoronados/ de la carrera de la edad cansados/ por quien caduca ya su valentía), en ellos intentó plasmar la decadencia de su tiempo, advirtiendo que todo era un anuncio de la muerte, un vestigio de lo que no perduraría. Quevedo, sin quererlo, escribió sobre el derrumbe de un sistema. Mal que mal, en tiempos de crisis son otras voces las que dicen la verdad. Entendámoslo, entonces, también como un ultimátum a los tiempos que corren. Y quizás sirva para explicarnos por qué los cables, las calles, al igual que los muros y las fachadas, están invadidas por nombres y caras que no nos interesan, pero que ellos quisieran podamos recordarlos, sobretodo a la hora de ubicar sus iniciales en el voto. Claro, como si el futuro fuera un nombre. O peor, una cara que no conocemos. El próximo 28 de octubre, de seguro lo más fresco que tengamos sea el antiguo adagio: “Caras vemos, corazones no sabemos”. Quevedo la tuvo mucho más clara que nosotros.