Texto y fotos de Daniel Noemi

El aire de Delhi recuerda a los peores días de Santiago: una bruma que no se sabe si es humo, niebla o polvo, envuelve a la ciudad en un halo de tristeza. A la ciudad, no obstante, parece no importarle y al poco rato comienza un concierto de bocinas, chirridos de richshaws a punto de chocar, el graznido de aves acostumbradas a la contaminación y las voces, bellas, de la gente hablando un hindi cuya entonación nos devuelve con su vaivén y sus caricias al de algunos barrios chilenos, donde el desenlace queda en suspenso, justo antes de caer. (Como también el metro impecable de esta urbe es una versión mejorada de aquel del sur del mundo—lo cual es bastante decir). Es imposible comprender un país en un par de días (ni toda la vida alcanza para entender el de uno); y más se complica el asunto cuando uno viene con ojos predispuestos a exotizar: a hallar aquí a las mujeres más hermosas del mundo, vestidas con aterradora certeza de su dominio, a hombres misteriosos dueños de poderes hipnóticos, a lugares encantados y mágicos. Y quizá algo de eso sea inevitable inventarse, sin embargo, la sobrecarga de estímulos que uno recibe al recorrer las calles de la vieja Delhi nos presenta una historia no tan mágica pero mucho más alucinante. Acumulación de ruido, de gente; pobreza y caos, sí; más que nada reunión de actividades en la vía pública. Un hacer todo en la calle, apropiarse de ella para convertirla en peluquería, barbería, baño, retrete, restaurante, negocio, dormitorio (sin sexo eso sí), escritorio, oficina, tienda de campaña. Notable es, además, que esta apropiación de la calle –que borra las fronteras entre un espacio privado y uno público- es llevada a cabo, fundamentalmente, por hombres. Son ellos los que hacen todo esto, son ellos los que están en la calle. Y es notable en los mercados y en las calles e incluso en los parques el predominio de la presencia masculina. Una cultura de abrazos, de tomarse la mano, de amistad y de amor, que pareciera marcar una división clara con el mundo de las mujeres (¿dónde están? –obviamente uno ve mujeres todo el tiempo, en grupos, en parejas, con hombres, pero es notorio su participación y presencia menores en las calles de Delhi). ¿Será una cosa de clase social? ¿O casualidad de mi experiencia? Como sea, no puedo evitar pensar en el terrible acontecimiento de hace un par de semanas y toda la ira pública que provocó. Sí, la violación y muerte consecuente de una estudiante universitaria a manos de un grupo de jóvenes, provocó una reacción de indignación a nivel general y una búsqueda por razones más allá del hecho puntual. Una interrogación del alma, lo llamaron algunos. No voy aquí a intentar dar posibles explicaciones sociológicas o antropológicas; eso es algo que la gente de estos lados tendrá que hacer y ver cómo transformar (porque en eso parece que todos están de acuerdo) el modo en que se articula y funciona la sociedad. No se trata, tampoco, de mirar la paja en el ojo ajeno: camino por Jadpath camino al Museo Nacional y junto a una tienda para Ferraris un grupo de hombres cocina algo en la calle; a la salida de un restaurant de comida exquisita y diseño sacado del Calila y Dimna, unos niños semidesnudos me piden dinero. Eso no es solo la India. Eso no es solo un ser tercer mundo. Hay algo más fuerte –estructural hubiésemos dicho en alguna época- que hace que esas diferencias radicales no sean las excepciones y los problemas, las fallas, sino precisamente las consecuencias de un modo de existir, querer y creerse como sociedad. Saber que el mundo puede ser diferente: eso se escucha en las calles de Delhi, de Santiago y de Gijón. Sí, no solo el smog y el canto nos conecta a esta India que Colón quiso tanto encontrar. El aire no deja ver el sol. En el Fuerte Rojo la majestuosidad de los edificios que mandara construir el Shah Jahan en el siglo diecisiete, encerrados en más de dos kilómetros de paredes, son vestigio al mismo tiempo de la majestuosidad y la pobreza: palacios y construcciones –un jardín donde el Emperador se solazaba viendo pelear a leones y elefantes- de los que solo quedan las piedras y la tierra que quizá recuerda aquella gloria pasada. Alrededor de los muros, en tanto, la ciudad arde y tirita de rabia. Los hombres se alinean para pedir comida, los turistas pasamos intentado abrir los ojos, los perros duermen en sus huecos preferidos, algunas vacas despliegan la poca santidad que queda aún en sus huesos. Es tarde, pero al final no es nunca tarde. Delhi aceza su presente. Y allá en el sur (y también en Gijón) se oyen sus latidos.