Texto y Fotografías: Daniel Noemi En los diarios de Mumbai hace un par de semanas aparecieron dos noticias que mencionaban a Chile. Una de ellas anecdótica: el tenista español Rafael Nadal acaba de efectuar se retorno al tenis después de siete meses de inactividad en un pequeño y más bien desconocido torneo en un pueblo en Chile, en América del Sur. La otra, no tanto: Bolivia reclama y pide condena internacional por consignas y gritos racistas proferidos por soldados chilenos. Recorriendo este país gigantesco y visceral, donde la pobreza está tan metida que el dolor deja de doler, es común que la gente se te acerque y pregunte de dónde eres. Especialmente, claro, si te quieren vender algo u ofrecer algún servicio. Una estrategia de marketing: entrarle al cliente. Y uno, dependiendo de su estado de ánimo, de la vocación del día y de la hora, del número de la interrogante y de otros detalles como el tiempo y el sueño, puede ser que responda y, aún más, responda con la verdad. O con parte de ella: De Chile (reconozco que mi respuesta ha incluido al menos ocho países). -¿De Chile? -Sí, de Chile. -¿En Europa? -No, Chile en América. -Ah, USA. -No, América del Sur. -¿América? -Sí, cerca de Brasil. -Ah, ¡Brasil! ¡Fútbol! Por lo general, digamos que en un sesenta por ciento, ello fue suficiente. En un par de ocasiones debí recurrir a “Chile, al sur de México,” o “En América… no, no un estado de los Estados Unidos, Chile es un país al sur de los Estados Unidos…” Las veces que intenté con Argentina, Perú o Bolivia no resultaron. Exagero. Evidentemente. Pero no mucho. Y el punto no está en sorprenderse ante una supuesta ignorancia, sino más bien recibir un bienvenido cable tierra, ubicatex forzoso en el mundo. Ya lo decía un grande: el mundo es ancho y ajeno. Pero, paradoja quizá no tan curiosa, aquí en Mumbai, una ciudad que tiene el doble de habitantes que toda la población de Chile, el mundo, sí, se torna más ajeno y más ancho, mas al mismo tiempo más propio y cercano. Y en este país, donde se inventaron las matemáticas que deslumbran y los números que tanto alegran a unos pocos y entristecen a bastantes más, uno se da cuenta que si hay algo que Chile puede ser, es un invento, un quiebre, una suspensión del futuro. Porque digámoslo claramente: en el contexto internacional Chile tiene el peso de una pluma de ganso sobre la superficie de la luna. Y no hay nada malo con ello. Muy por el contrario, en ello radica su posibilidad y su futuro. Mejor quedar cerca de Brasil que convertirse en un país reconocido por su xenofobia. Una nacionalidad es una excusa, quizás un destino imposible y siempre cambiante o simplemente, como dijera Borges de los colombianos, un acto de fe. Entonces, ¿en qué queremos creer?   Para viajar en coche desde Bandra, uno de los suburbios afluentes, al centro de Mumbai, conviene tomar el puente que atraviesa parte de la península. La visión es espectacular, sobrecogedora. Ciudad que ya no lo es; con la barriada más grande de India (casi dos Santiagos), con la lavandería pública más hermosa de la tierra, con el servicio de reparto de almuerzo más perfecto (200.000 entregas diarias llevadas a cabo por dabba’wallahs, usando un sistema que ni Brahma puede entender); con la industria cinematográfica más grande del mundo (Bollywood produce más del doble de films que Hollywood); con una sinagoga celeste donde puedes esperar en la tarde la caricia de los rayos del solo; por unas playas donde el fútbol compite con el cricket (aunque solo un poco); por una de las arquitecturas más bizarras y eclécticas del mundo; un plato de kebab afgano al punto con salsa de chile (el otro) y menta, comido en un restaurant regentado por parsis que sueñan con su muerte, que puede llevarte a una nueva dimensión; o por unos cangrejos reales a la mantequilla y pimienta negra que valen un reino… Bombay -eléctrico, índigo, azul y verde- es alucinante y sobrecogedor. Paseo por Marine Drive camino a Chowpatty. El sol está cayendo en el mar Arábigo. Un viento revolotea, parejas y grupos de amigos sentados en el malecón, alguien come un helado, el ruido de los autos. Me detengo un rato y dejo que el sol se acerque al horizonte. Pienso en la cursilería de las puestas de sol en el mar. Y en mi gusto, irremediablemente, cursi. Pienso en Chile y en sus puestas sol; en mis amigos argentinos, peruanos, bolivianos, indios y en Nadal perdido en ese pueblito de por allá. El sol desaparece. Queda el resplandor anaranjado, violeta, hermoso, rojo, que le roba trazos al mar. Apresuro un poco el paso. Botes de colores se balancean en la arena. Escucho los gritos de vendedores y niños. En la playa un grupo juega cricket. La pelota llega a mi lado. La tomo y la arrojo de vuelta. Un chico me pregunta si quiero jugar. No sé jugar, le contesto, desconozco las reglas. No importa, dice mientras me pasa una especie de bate aplanado, y agrega: -¿De dónde eres? -De Chile- respondo. Me mira y sonríe. -Sí, sí lo conozco. Cerca de Brasil, ¿no?