Por Ramsés Carvajal– Fotografía: Edgar Guiñez (SICNoticias.cl)

Este 4 de abril es un jueves invernal, pero igual dos mil porteños se aglutinan con alegría veraniega en la Plaza Sotomayor de Valparaíso, desde donde marchan hasta el parque Salvador Allende. Además de la protesta peatonal, 90 camiones (de la Confederación Nacional de Dueños de Camiones) dan vuelta las calles tocando las bocinas con banderas negras y letreros que dicen “NO AL MALL”.

El orgullo de no tener mall

Eso los reúne: la defensa de la ciudad ante el poder del dinero, esta vez ejemplificado en la construcción de un mall en el Muelle Barón (de propiedad de Mall Plaza, que ha llenado de lo que su nombre indica por todo Chile), a la entrada del puerto, en el borde costero de la ciudad. Ya está aprobado por el alcalde, aunque sin estudios de impacto, ambiental ni de ningún tipo.

Salvo un par de líderes políticos (un senador y la concejala socialista Paula Quintana, ex ministra de Mideplan) y algún otro dirigente partidario, la gente que protesta es mucho más variopinta y diversa que como suele ocurrir: desde las filiales porteñas de los colegios de Arquitectos e Ingenieros, o la Cámara de Comercio y Turismo local, a la Federación de Trabajadores Portuarios, la ANEF, la CUT, la Federación Regional de Dueños de Camiones y el Sindicato de Pescadores Artesanales; desde la organización Ciudadanos de Valparaíso, cinco juntas de vecinos o la Red Cabildo Patrimonial, al partido Ecologista, y 50 organizaciones más de distinto pelaje.

Valparaíso es la única ciudad chilena declarada por la Unesco Patrimonio de la Humanidad. Un privilegio. Pese al cotidiano descuido con que la tratan sus autoridades, los habitantes del puerto conservan un orgullo identitario que hace que no les sea indiferente su destino. Siendo la segunda ciudad en importancia de Chile, tuvo una existencia desoladora en el período de la dictadura, donde se acrecentó la centralización nacional y la mayoría de sus importantes industrias se trasladaron a Santiago. Valparaíso desde entonces ha sufrido un empobrecimiento lapidario y suele destacar en los ránking de desempleo y pobreza. Desde hace años tiene la desgracia de contar con alcaldes ineptos que han hecho gestiones mediocres, inversamente proporcional al carácter e historia de Valparaíso. El último de ellos, el UDI Jorge Castro, mantiene a la ciudad con un descuido tal (la basura campea en las calles) que no se condice con su condición de Patrimonio de la Humanidad, cuestión que puede llevar a que la Unesco le quite aquel galardón en el podio mundial. Con todo, hasta ahora, entre tantas cosas que la hacen única, hay algo particular de lo que sus habitantes se sienten orgullosos: no cuenta con un mall, emblema de la democracia de mercado que nos rige.

Sin embargo, la gente sale hoy a la calle precisamente porque este proyecto quiere quitarle esta condición: el Mall del Muelle Barón. La inédita protesta, que duró varias horas, fue un éxito debido a que congregó por una misma causa a porteños de tan distinta especie, quienes con batucadas y muñecos gigantes pretendían no entregar al mercado el borde costero de la ciudad, que es uno de los sitios patrimoniales declarados por la Unesco.

La intervención más colosal desde 1910

Una semana después, la agrupación de estas disímiles organizaciones porteñas (incluye esa transversalidad al senador PPD Ricardo Lagos Weber y al diputado RN Joaquín Godoy) presentaron a la justicia un recurso de ilegalidad buscando la paralización de las obras en construcción, aprobadas por el alcalde Castro (pese a la oposición de seis de los 10 concejales del municipio). Godoy explicó que este libelo pretendía proteger la permanencia de la ciudad como Patrimonio de la Humanidad pues tal estado (debido a iniciativas urbanas como ésta y a su descuido) está en peligro. Si el recurso es acogido –piensan– el mall no podrá construirse. Se denuncia la ilegalidad del permiso de edificación.

Para los trabajadores del puerto, la construcción del mall amenaza la tradicional labor portuaria ya que “incluye” (como efecto inmediato) la automatización del proceso de tránsito de las mercaderías, lo que llevará al desempleo para miles de trabajadores. Para el Colegio de Arquitectos, es la pérdida del borde costero, considerado medular como espacio público de Valparaíso. Para los ecologistas, es un atentado al entorno común y un desastre ambiental: su ubicación, en la entrada de la ciudad desde Viña del Mar, generará una enorme congestion vehicular. Para la Cámara de Comercio, es un privilegio otorgado a grandes intereses económicos de Santiago que destruirá el comercio barrial, característico de la urbe y que ayuda a su carácter patrimonial.

Pero la resistencia al mall no sólo considera protestas callejeras o recursos a la justicia chilena: la cincuentena de organizaciones, con la firma de parlamentarios, concejales y personalidades de la ciudad, ha hecho llegar dos cartas a la directora mundial de la Unesco, denunciando el Plan Maestro de la Empresa Portuaria de Valparaíso que propone la intervención de tres lugares del borde costero, uno de ellos para construir el mentado mall, que ocuparía la mitad del actual puerto. En las cartas señalan que “se trata de la intervención urbana más colosal ocurrida en la ciudad desde 1910, época en que el puerto de Valparaíso alcanza la actual morfología”. Y piden que la Unesco realice urgentemente un informe técnico de la propuesta de transformación del borde portuario, junto con pedirle que le exija al Estado de Chile la constitución de una Comisión de Expertos para evaluar este megaproyecto urbano.

Los hechos habrían ocurrido así: en enero pasado, el Ministerio de la Vivienda autorizó la intervención de las Bodegas Simón Bolívar (frigoríficos centenarios calificados como “Inmueble de Conservación Histórica” por el Plano Regulador), que son el edificio histórico más largo del país. El Ministerio aceptó demoler 120 metros y que el resto del edificio sea “engullido” por el proyectado mall. Un mes después la Dirección de Obras de la Municipalidad de Valparaíso, sin esperar otra evaluación solicitada por Unesco ni convocar a consultas ciudadana alguna, dio su aprobación al permiso de edificación.

Pese a que el permiso para el mall ya está otorgado, los porteños tienen la esperanza de que Valparaíso no tendrá mall y sí borde costero: o al menos no un mall en el borde costero. Si esto se consigue, sería imprescindible una tarea pendiente: recuperar ese borde para que los habitantes de esta ciudad mundial puedan acercarse al mar –tocarlo, mirarlo de frente– pues es parte de su destino.