Por Wilson Tapia Villalobos

Los movimientos sociales que actualmente estremecen al mundo empiezan a asemejarse a otros tantos intentos fallidos por alcanzar nuevos grados de libertad. En Egipto, las protestas populares derribaron el régimen de Hosni Mubarak en febrero de 2011, casi treinta años después de asumir el poder con apoyo militar. Durante todo ese período fue la llave que daba seguridad a los Estados Unidos de que la situación en el Medio Oriente no sufriría cambios dramáticos. Especialmente que pudieran afectar a Israel. Por eso, Egipto era señalado como ejemplo para el mundo árabe. Aunque no se podía hablar abiertamente de “ejemplo democrático”, si se lo mencionaba como referente de estabilidad. Una estabilidad mantenida gracias al nutrido arsenal que aportaba Washington. Este incluía barcos de guerra, aviones, helicópteros, misiles, vehículos blindados, tanques, rifles, ametralladoras, pistolas, granadas, balas, equipos antidisturbios. Todos elementos destinados a mantener la “estabilidad” y tranquilidad en las filas de las Fuerzas Armadas. El arsenal forma parte de ayuda no reembolsable que EE.UU. comprometió en los acuerdos de Camp David, en 1978, cuando gobernaba Egipto Anuar Sadat, antecesor de Mubarak. Este fue asesinado, en 1981, por militares descontentos con su entrega a la política norteamericana, que significaba el reconocimiento de Israel como Estado soberano.

Egipto es el segundo beneficiario de la ayuda estadounidense después de Israel. Sus aportes alcanzan una cifra cercana a los US$1.600 millones anuales. De esta suma, US$ 1.300 millones van destinados a las FF.AA, compuestas por 440.000 efectivos.

Hoy, Egipto parece haber terminado su primavera que se iniciara hace dos años. El 3 de julio, el encargado de poner fin a los sueños democráticos, fue el general Abdul Fattah Al Sisi. El depuesto presidente Mohamed Mursi era el primer mandatario egipcio elegido democráticamente en la historia del país. La represión ya eleva a casi dos mil las bajas de civiles de partidarios del defenestrado presidente.

La acusación contra Mursi, islamista y líder del movimiento Hermanos Musulmanes, fue no ser capaz de frenar las aspiraciones de los sectores más conservadores que lo acompañaban. Aunque hoy la situación egipcia es confusa, algo está claro: el juego democrático que prometía la primavera del 2011, no se cumplió. Allí, los militares son los garantes de la democracia. Una contradicción que en muchas partes se oculta y está en la base de la indignación que recorre el mundo.

Lo que ocurre en Egipto no puede calificarse de novedad. La democracia no es el gobierno del pueblo. Nunca lo fue, aunque en aras de ella se haya creado un verdadero martirologio. Tampoco se trata de un malentendido. Quienes manejan los hilos del poder económico saben perfectamente lo que hacen. Allí y en el resto del mundo. Y no estoy hablando de una conspiración mundial de Iluminati o Anunakis -que tal vez podría darse- sino de cuestiones comprobables en el día a día.

A medida que avanza la globalización, el panorama se hace cada vez más nítido. George Orwell fue un visionario, que duda cabe. El Gran Hermano es hoy una realidad. Casi diariamente, sus acciones quedan al descubierto en monumentales operaciones de espionaje a nivel mundial. O en leyes o disposiciones que limitan la libertad en el ámbito local.

En este sentido, no es casual el control que se pretende imponer en todas partes a los medios digitales. Los medios tradicionales ya están sometidos. Y a nosotros, los chilenos, no puede extrañarnos. Tal como hemos sido el primer laboratorio de las políticas neoliberales, somos una de las pocas naciones que ostentan el título de democrática, que carece de legislación que impida la concentración de medios en manos de un mismo grupo o de una persona. Aquí, el duopolio constituido por El Mercurio y Copesa opera sin cortapisas.

Este último conglomerado es propiedad de Alvaro Saieh, la sexta fortuna de Chile y que a nivel mundial, según Forbes, ocupa el puesto 458 entre los multimillonarios. Es un empresario que se destaca en el área inmobiliaria -Mall del Centro y ex Panorámico-, también es propietario del Hotel Hyatt y de Tour Seasons, en Argentina y Uruguay. Además, posee inversiones significativas en el área del retail, a través de SMU, compuesto por Unimarc, Telemercados y Construmart. En el sector financiero, sus intereses están presentes a través de Corpbanca.

En el ámbito de los medios de comunicación Saieh es propietario de los diarios La Tercera, la Cuarta, Pulso, Diario Concepción. Igualmente le pertenecen las revistas Qué Pasa, Paula, Hola. Las radios Carolina, Cero, Beethoven, Paula, Duna y Disney. Acaba de comprar el Canal 22 de TV abierta, que aparecerá próximamente como 3TV. Además, posee el 20% de VTR. Y es de su propiedad la Fundación Centro de Investigaciones Periodísticas (CIPER Chile). Este medio tiene un bien ganado prestigio. Sin embargo, sus trabajos nunca han intentado desentrañar informaciones que compliquen a Copesa u otra de las múltiples inversiones de Saieh. Uno de los últimos casos se dio recientemente cuando SMU cayó en una grave crisis financiera. Ninguno de los medios bajo su control ahondó en la noticia. Así se cumplió uno de los postulados de Saieh: Sin medios de comunicación no se puede ejercer el poder.

Y sería lícito decir que sin leyes que eviten la concentración de medios, la democracia se hace imposible.

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