Texto y fotos de Juan Domingo Urbano

Me conmueve e interpela diariamente la calle. O más bien, me siguen llamando la atención algunos gestos, movimientos y costumbres que nos hacen ser lo que somos, sin provocarnos extrañeza. Llevamos un gran peso, aparte de nuestras cabezas, también en nuestras manos. ¡Son las leyes del mercado!, acusan los epígonos de Moulian, insistiendo persistentes, en eso del consumo nos consume. Pero no, es más que eso. De ahí la pregunta con que se abre esta crónica: ¿Qué llevan en las bolsas? Estuve tentado de escaparme con las estadísticas de la descomposición del plástico en 500 años, o la ferviente renovación del paisaje y el uso de nuestras bolsas hoy, que han dejado, lentamente, de ser solo de nylon, y se les puede ver de género, lona, de fibra y hasta cartón. Remitirme por ejemplo, a esa condición bulliciosa, de sonajera al frotarlas, que impide hacerlas pasar desapercibidas, cuando quisiéramos aminorar su ruido, al estar sacando o guardando algo en ellas, sin levantar sospechas. Hay imágenes que reflotan y se agolpan en mi memoria, porque desde que tengo uso de razón, recuerdo gente con bolsas. Cómo olvidar, a mis nueve años cuando supe que las más comunes recibían el nombre de “camiseta”. Cuestión de nombres, por supuesto, pero para mí en ese mismo tiempo, nada me quitaba su destino como paracaídas. Supongo, por eso de vivir en departamento. Y entonces todo juguete que tenía, podía volar amarrado a una bolsa, hecho un muñón con pitas, lanzado al cielo, sin que nada se compara a la magia de ver esa misma camiseta abrirse y hacer descender, llevando a los mejores hombres de mi batallón de soldaditos plásticos.

La cabeza de San Juan Bautista

En el conocido poema “Bolsita”, de Claudio Bertoni, en esa línea incesante del recuento callejero al que nos tiene acostumbrados, abre un listado afirmando: “Todos llevamos una bolsita/ o algunos la llevan/ o al menos todos los que yo veo llevan una bolsita/ Unos vienen del supermercado/ otros vienen del almacén/ algunos de la farmacia/ y la mayoría viene de la panadería/ unos llevan zanahorias/ otros llevan ceniza (…)/Yo llevo mis pecas en una bolsita/ las dueñas de casa llevan detergente/ tú te llevas a ti misma/ y en otra bolsita llevas a mi cabeza/ –como la de San Juan Bautista–/ un niño lleva una bolsita de agua”. El poema es más largo y abunda en detalles cotidianos, que sacan sonrisas, pero también inquietan la rutina, exponiendo las grietas del entablado cotidiano. Yo me quedo con eso de una bolsa de agua, y a propósito de escopetas, termino recordando un chiste que contaban en mi casa en Dictadura. Dice que un huaso había ido a comprar al pueblo. Y lo detiene una patrulla. Llevaba un tremendo bulto en un saco, una bolsa muy grande, al hombro.

-¿Qué llevai en esa bolsa? –le pregunta un paco.

-Agua –le responde el hombre.

-¿Cómo vai a llevar agua, huaso, leso?

-Agua llevo –vuelve a decirle.

El paco le arrebata la bolsa y la abre. “¡Pero esto es una bomba-de-agua!”. “Sipo. Pero si le digo bomba… No alcanzo a decir agua”. El chiste no es muy bueno, pero mi papá lo contaba con bastante gracia, aunque yo creo que harto también ayudaba el contexto de esos años. Yo, en cambio, cuento los chistes como historias. “Agua, le dijo el huaso”, repetía mi viejo echándose el pelo hacia atrás, en un gesto muy característico suyo, de cuando llevaba el pelo largo y una barba que le doblaba en el pecho, y que gustaba mesarse mientras escuchaba o se sentaba a leer. (En algún momento, dedicaré unas páginas a referir los gestos. Ese 90% de comunicación no verbal, que construye nuestras relaciones. No somos lo que decimos, sino que nuestra disposición al hablar. Las escenas de una conversación, la iluminación de la sorpresa, así como lo cabizbajo del fracaso. Eso es lo que proyectamos como comunicación. Es resto son, citando a Hamlet, palabras, palabras, solo palabras. Como contar un chiste.)

La vida en una bolsa

Si hay algo que caracteriza a Dupin, el entrañable y noctámbulo personaje del cuento “sobre los crímenes” de E. A. Poe, es su condición de observador, su capacidad analítica con que enfrenta la ciudad –que le hizo merecedor del mote del flâneur benjaminiano–, al afirmar que “muchos hombres, para él, llevaban ventanas en el pecho”. Se me viene a la memoria esa virtud, cuando veo a tanta gente ir por la calle con sus bolsas. No hablo de las marcas, de los colores, las dimensiones de esos bultos tan variados, los que desde ya ostentan y permiten inferir que es lo que “pueden” llevar dentro, sino que hablo de ese estado de transporte, oscilación y vaivén en que sostienen, un pedazo de ellos mismos. Porque eso son las bolsas: apéndices o extensiones de las personas. Recuerdo una canción ochentera, de radio AM, donde se reducía la vida de un despechado apenas a unos pocos enseres: “Aquí en esta bolsa me cabe la vida/ con ella a la espalda soy libre otra vez”, decía.

¡Bolsas! ¿Qué llevan? Todo lo que no llevamos puesto, ni guardado; eso que nos sobra, lo que ocuparemos más tarde, y que no quisimos dejar lejos de lo nuestro. Las bolsas llevan ropa. Llevan alimentos, comida, fruta, verduras, pan, abarrotes. Las bolsas, siempre, vienen de las compras. Llevan cosas nuevas. Pocas cosas viejas. Llevan cosas delicadas. Llevan también documentos. Llevan exámenes. Llevan apuro. Llevan desidia. Llevan cuestiones pendientes, trabajos, asuntos importantes, hacen diligencias. Porque las bolsas salen a hacer trámites. Muy pocas van de paseo. Aunque es mejor decir que las bolsas no salen, sino que regresan de una salida. Admitámoslo, cuando muchos recién vamos, las bolsas vienen de vuelta. Llevan misterio. Llevan silencio. Llevan secretos. Llevan penas. Llevan dolores. Las bolsas chillan, gritan, se quejan, consuelan su pendular movimiento en nuestras piernas, se cuelgan de nuestros brazos, nunca tocan el suelo, las llevamos en andas, viajan sentadas en la falda o sobre nuestros zapatos. Las cuidamos, las acunamos, las protegemos. Las bolsas llevan otras bolsas y hasta más bolsitas dentro. Sobre todo aunque “las malas”, que también deben llevar a otras que las contengan y refuercen. Ponle doble bolsa, solicitamos al chico del empaque, previendo un accidente. Hace poco recuerdo haber visto manchas de sangre en las escalinatas del metro, más allá una poza, un charco rojo, oscuro, donde se explicaba el dilema: era una bolsa rota, rasgada, con sus vísceras al aire. Unas botellas de vino tinto quebradas, una casi en el gollete y otra por la mitad, estilando como sangre, litros de vino tirado, sin haber cumplido con llenar las copas de alguien que avergonzado o enrabiado por la (mala) calidad de las bolsas de supermercado, las dejó tiradas, sin volver la vista, sobre las baldosas de la estación del metro. Unas bolsas muertas, como el anuncio de algo. Y así, pisadas por zapatos, cubiertas con diario, pateadas por el olvido, fueron maldecidas, mientras, en cambio, nosotros avanzamos raudos con nuestras bolsas, llevando “algo rico” para la once.