Descubrir el velo. Asumir que la memoria es una apuesta a la recuperación. Recoger los recuerdos. Desplazar las placas que han sepultado la historia. Asumir el presente como un correlato del pasado reciente. Años fragmentados. Un ojo avizor. Un ojo blindado. Un día de estos. Su propósito: resistir. Estar, para seguir viviendo. Imágenes posibles del instante. Momentos de un momento. Abandonar el estado de grito. Como si la palabra fuera. Los versos llegaran hasta. El papel no se hubiera.

La realidad es el único libro que nos hace sufrir

Paola ya no está como para confirmarlo. Pero también se lo escuché decir a doña Juani, lo dijo la señora Ninfa, lo repitió mi tía María, la Pilar, mi vecina, don Arturo, la señora Rosa Guzmán de la capilla, don Checho y la mamá del Jaime Ferrada. Con mi primo, Daniel, soñábamos que vinieran seres del infinito. Qué lejos estaba la Luna. La cierto, también vendría a confirmarlo don José Viterbo y la señora Mercedes, quienes camino del trabajo notaron en la calle que llevaba al Colegio, la sangre regada alrededor de una caseta telefónica.

Fue el tema común a la hora del almuerzo y en la cola del pan por la tarde.

Mi abuela y mis tíos en Parral, también pensaron, por las facciones y ropas que llevaba el acribillado, que podría tratarse de mi padre.

Tanta fue la conmoción que conseguimos el diario La Tercera y un ejemplar de la revista Solidaridad que publicaba la Vicaría. Alguien llegó, a las semanas, con una revista Apsi o Análisis y me dormí impactado por las fotos.

Mis oídos de entonces, mis ojos de ayer, a partir de ese invierno de 1984, supieron que ya nunca más verían lo mismo.

Una ráfaga de balas borró mi realidad

Lunes 2 de julio de 1984. Siendo las 23:30 horas, Enzo Muñoz Arévalo y Héctor Patricio Sobarzo Núñez, se movilizaban en un vehículo por Avenida José Pedro Alessandri en la comuna de Macul. Estacionaron el auto frente al conjunto habitacional Don Camilo, a pocos metros de la Rotonda de Departamental, bajándose el segundo a una cabina para hablar por teléfono. En ese momento aparecieron numerosos vehículos con personal de la policía civil, quienes dispararon contra Muñoz y detuvieron con vida a Sobarzo; lo introdujeron a un vehículo y más allá le dispararon, tirándolo a la calle. Éste último tenía 31 años, era casado, padre de un hijo, profesor de Historia y Geografía en el liceo “Villa El Cobre”, escribía poesía, militaba en el MIR y era además presidente de la Agrupación de Profesionales Democráticos y participante activo del Corporación de Promoción y Defensa de los Derechos del Pueblo, CODEPU.

Guernica

rostros perforados
con fuego en los ojos
de piscinas y de cuerpos
inmersiones
metrallas en las ropas
uñas desencajadas
más paredes de cemento
genitales
cruces
velas llamaradas
encendidas avenidas
maderas astilladas
las lanas
las mangas
los lentes quebrados
tantas bocas rasgadas

Gritos perdidos en la Historia.
Puntos de fuga infinitos
Ojos como cristales
congregando visiones de espejos y más espejos
La extensión de un eriazo pulverizado.
Crecer en un país en blanco y negro.

Las imágenes veladas

Un mes ininterrumpido de imágenes y recuentos. Visiones que la gente –se supone– no estaba acostumbrada a ver. Se presume, también, porque no las conocía. De ahí que en horario estelar la parrilla programática de TV se modificara para decir lo que se había callado. ¿Tanto tiempo debió pasar? Aburre este ajuste de cuentas con la memoria. Reproduce más de lo que la saturación mediática extrema como desgaste. Pues dentro de esta misma condición de revelación, sacar-el-velo, se juega con la dimensión emotiva y traumática de los televidentes, al cortar de golpe, luego de extendidos minutos de la serie es hilo que mantiene el temple (especialistas en los efectos telenovelescos) para devolvernos al absolutismo de los créditos de consumo, las marcas, la santa yapa de Santa Isabel, el líder, los autos, las tetas, todo lo vacío y más brutal de la TV y la encarnación un modelo que descalabró nuestra forma de vida. Es trágico. Es grotesco. Esto es criminal. Como si sabotear lo que se muestra, fuera en la fragilidad del instante, el único destino que nos queda, y ver el súmmum de la depresión y un futuro de deudas y promesas incumplidas. Es mejor decir, dejen todo como está, no pongan (más) palabras en nuestras bocas (no las mías, o las de mis cercanos) que vemos esas imágenes de Benjamín Vicuña, el área dramática y periodística de los canales vecinos o la caravana estética de Wood et al, como un flash back de muchos otros documentales, de las fotos, de los videos, vistos en VHS en mi casa, o que fueron llegando como material clandestino a las salas de clases. La pulsión del miedo, que sembró la rabia y motivó la violencia de la desaprobación de todo. Viviendo en estado de sospecha. Nada fue recuperado. El dolor suma dolor. Y este 11 de septiembre, como se amedrenta a los perros con amenazas, la reacción puede ser de retraimiento o ataque. A la clase política les sirven ambas. Ya que justifican seguir imponiendo su discurso insustancial, y bien define por autorización y acuerdo ciudadano, parar cualquier alzamiento social, para que no se repita más, lo que antes ocurrió. Todo vale.

El discurso vacío

En una de las últimas entrevistas, aparecida de manera póstuma en la revista Playboy en el 2003, ante la pregunta sobre qué era lo que le aburría más, Roberto Bolaño respondió: “El discurso vacío de la izquierda. El discurso vacío de la derecha ya lo doy por sentado”. Soy de los creen que la realidad solo se explica desde la literatura. De ahí que la cita de Bolaño –¡mejor que muchos análisis políticos!– me haya dado razones, para describir un estado de tensión que en la falacia de los acuerdos, permite revisar el discurso de la clase política, y que a 40 años del Golpe de Estado, desliza el acostumbrado fulgor de resentimiento y condiciona la culpa de los derrotados, así como por el otro lado, acentúa la indolencia y parece intencionar cuotas de perdón (¿arrepentimiento?) en algunos de los que entonces ocuparon las filas de los triunfadores. Pero, ya lo sabemos, solo se habla para llenar el vacío. Porque si quisiéramos hablar, de una vez por todas, con la verdad, deberíamos admitir que para ninguno de los sectores políticos existió algún tipo de victoria. Ni siquiera para los golpistas. Nadie puede/debe atribuirse un triunfo aquel septiembre de 1973. A partir de allí y en adelante, quizás sí. Pero entonces solo perdió el país. Se arrasó con un pueblo entero. Ni siquiera en la visión de un asalto armado a la casa de gobierno en aras de una restitución constitucional, pueden existir sumas favorables. No hubo en Chile una guerra civil, ¡bajo ninguna circunstancia! Sí, en cambio, uso desmedido de la fuerza militar. Abuso de poder. Una acción brutal de exterminio. Lo mismo, e igual, que lo ocurrido en todas las dictaduras que asolaron América Latina durante los 70’ y 80’. Una escena de crímenes pagados y auspiciados por la administración de Nixon, la mano de Kissinger y en nuestro país, los apellidos de la oligarquía y las elites partidistas, de derecha, centro e izquierda, amparados en el discurso mediático fundacional del miedo, bajo los titulares de El Mercurio; notas que consiguieron hacer cundir el pánico, ante una masa ciudadana acostumbrada a que la vida les resultara más o menos fácil –de ahí la debilidad que significó el desabastecimiento– enfrentados a vérselas como lo habían hecho “a la chilena”, más por ánimo, que por convicción u organización o arraigados a principios más íntimos. ¿Las ideas se debilitaron con el hambre? Sobran los ejemplos. Si de algo sirve la autocrítica, es advertir que la culpa pudo haber sido la conciencia de los miles de chilenos que dudaron, que temieron y dejaron que el gen pinochetista inoculara el sistema nervioso y sanguíneo de una nación capaz de aguantar casi por dos décadas un régimen, incapaces de desenmascarar la amenaza y acción de los grupos de poder que accedieron a la alternancia de gobiernos “democráticos” –20 años más– cegados por la nebulosa de partidos y dirigentes que estuvieron con y en contra de Allende, y ayudaron a ajustar y sofisticar, sin oposiciones, un modelo económico bestial, montado sobre su incompetencia, el acomodo y otra vez la falta de voluntad y decisión para voltear un tablero que tenía, y sigue teniendo, a una mayoría –los que votaban por ellos– en estado de jaque. Quiero que pase este 11. Eso no más te digo.

Porque si algo equivocó el ideario allendista fue no leer o haber previsto en el actuar de los grupos opositores la mano norteamericana, la amenaza comunista que avanzaba por el mundo, que gatilló el clima de Guerra Fría asentado alrededor del mundo. Se habla solo de un mal gobierno. Mientras el secreto del mal gravita en el vacío. Porque en el relato oficial, el fin de la UP se debió a una consecuencia interna, más que a una intervención externa. Autocrítica, sí, pero solo de lo que nos corresponde hacernos cargo. Esa visión sesgada, reducida a efectos, más que motivaciones, permite la generalización de la lectura apolítica de una ciudadanía menor de 35 años (correspondiente al 60% del eventual voto electoral) que acepta los falaces afiches propagandísticos y que mira aturdida la TV, revisa los titulares, navega en sus celulares y recoge las conclusiones cotidianas de sus iguales –las hordas que avanzan cada mañana a las cuevas del Metro– pensando que no importa quiénes gobiernen, porque ellos tendrán que trabajar igual. ¡Terrible! Porque de eso se trata, no de dejar de trabajar, sino que proyectar una vida distinta. Un país donde se respete a los trabajadores, se valore el estudio de quienes quieren hacerlo, la salud mejore a los enfermos, el agua sea saludable, existan medidas del tamaño de eso del “medio litro de leche por niño”, y que, en definitiva, las familias logren recuperar a sus hijos-hijas que han dejado en sus casas solos, por salir a trabajar, pues la felicidad ha hipotecado su libertad, desde que el avance en efectivo los hizo retroceder, y no saben cómo detener la máquina. Los millares y millares a quienes aburrió este vacío de los discursos.