Está viejo Agustín, es como si la dinastía de los Agustín Edwards que le anteceden le pesara cada día más. Su rostro está curtido, podrido por arrugas instaladas hace años. Se le ve en pocos eventos sociales, ya no da entrevistas, no habla, solo mueve sus ojos caídos a medida que da órdenes a sus súbditos. Don Agustín, el rey de reyes de la prensa antidemocrática y golpista, actúa como si su vida fuera una película de suspenso, instalado en el diario que desde 1827 ha contado la historia de un país como se le ha dado la gana. El Mercurio todavía miente, todavía publica cartas y notas donde con lenguajes disfrazados sigue tratando a los chilenos como “católicos, pekineses y comunistas”. Agustín ya no tiene dientes, pero con todo lo que mordió todavía hace sangrar a la democracia.

Por Aguja Hipódermica- Ilustración Juan Sotismo

No olvidamos a Agustín. No es que sólo sea dueño de la mitad de la prensa escrita de este país y acapare –qué palabra- el mísero avisaje estatal que todos los gobiernos desde el golpe le han dado, por obra de presidentes y ministros a quienes les han tiritado las piernas frente a su mirar arrogante. Queremos tele-transportarnos a agosto de 1967, subirnos al techo de la casa central de la Universidad Católica, y colgar la consigna en papel, gritando “Chileno: El Mercurio Miente”. Vociferar con gritos, escupos y escándalo.

Eran esos tiempos en que cuando se decía que la prensa era el cuarto poder, más que un ideal, se estaba dando cuenta de la estrategia que Agustín encarnó para conspirar. No para fiscalizar, no por un país más justo, no por la libertad de expresión, sino para ser cómplice y gestor del periodo más macabro que ha vivido nuestro país.

En el “Caso de los 119”, donde la cadena de Agustín, a través de La Segunda, propagaba que un grupo de chilenos se había matado entre ellos “exterminados como ratones”. Su viaje a toda velocidad con el ascenso de Salvador Allende en 1970, entrando a la Casa Blanca, contactándose vía telefónica con Donald Kendall, para luego ser recibido por Henry Kissinger. Se le acusa, desde entonces, de recibir financiamiento de la CIA con el objeto de desestabilizar al gobierno de Allende.

Años después, Manuel Cabieses dedicó muchas editoriales de la revista Punto Final exigiendo al Colegio de Periodistas, a los gobiernos, a las autoridades, que juzgaran el trabajo poco ético que realizó El Mercurio durante todos los años de dictadura, y peor aún, de democracia.

Recién en 1991, El Diario de Agustín (como titulara Ignacio Agüero en su documental) abandonó la utilización del término “presuntos detenidos desaparecidos”.

Pero nunca se hizo justicia. Agustín sigue tomando té con su señora y sus seis hijos. Agustín, Isabel, Carolina, Cristián, Andrés y Felipe. Entre los que destaca, por supuesto, un nuevo “Agustín” para la dinastía que los ha mantenido en el poder desde que la patria es patria.

Sin embargo, por la sangre de los Edwards también corren casi mínimas, unas hebras de rebeldía. Sonia Allende Eastman, allendista, se vincula al MIR y durante el gobierno de la Unidad Popular intenta cambiar la orientación de El Mercurio, defendiendo a los trabajadores de su hermano Agustín.

Es septiembre de 2013 y han pasado 40 años del golpe militar. Edwards ve a lo lejos como viene a buscarlo la pelá desde el más allá, antes que la mujer vendada con la espada y la balanza. Mientras tanto, miles de chilenos doblan en sus lujosas oficinas el diario con las dimensiones más absurdas que ha visto la imprenta nacional. Ay Agustín, pero nosotros no olvidamos.