Es probable que haya sido Baudelaire quien dijera que “los gatos no nos acarician, sino que se acarician con nosotros”, y he venido a confirmarlo con los años. Pero no porque yo los tenga o los haya tenido como mascotas, sino porque mis amigos si han sufrido ese estado de condena y dominación en que debe entregarse todo quien tenga a uno de ellos en sus casas, una vez que logran entender que cuidan, verdaderamente, al Dios de las especies domésticas.

La última vez que nos vimos con el editor de La Calabaza del Diablo, una vez que flanqueamos los lugares comunes de la pega y las ferias independientes, y quise indagar sobre su familia, además de enterarme de algunos sobrinos y la salud de su madre, me habló de varias camadas e hijos de las crías que yo debí conocer hace diez años atrás, de Ezra Pound. El viejo Ezra, padre una buena partida de gatos y dueño y señor por varios años de la esquina (o debería decir los techos) de Santa Elvira con Santa Elena, lugar donde se imprimían desde finales de los ochenta una de los catálogos más contestatarios de la escena nacional. Con los años, acaso un sueño eclipsado diga que bajo el ojo de esos gatos se fraguó la mejor biblioteca underground chilena. Y dentro de esa misma pesadilla, a estas alturas, alguien (que podría ser yo mismo) dirá que Ezra Pound acarició su cola y supo frotar su lomo en los pantalones del mismísimo Enrique Lihn, en tiempos de Guillermo Montecinos, de la misma forma que debió maullar también a los pies de Germán Marín, sin quitarle los ojos de encima hasta que lo vio irse, y no sin antes decirle –todo esto con sus brillantes ojos milenarios– que dejara de usar ese ridículo seudónimo de Venzano Torres y se dedicara a escribir novelas en serio. Y eso fue lo que Marín hizo durante su exilio. Pero no fue lo que Lihn hizo, y murió en julio del ’88 antes del plebiscito, dejándonos su desgarrado Diario de muerte, pero sin enterarse siquiera de la enorme prole de Pound, ni los libros que publicaría Caligrafía Azul, futura La Calabaza del Diablo, después de La aparición de la virgen.

Segismundo en Las Lanzas

El otro gato memorable, cómo no decirlo, es Segismundo: gato lunático y desbocado, que AZ quiso criar como a un hijo, pero que se comportó como un salvaje, lejos de las intenciones de ese desesperado padre que lo vio saltar sobre el techo del restaurant “Las Lanzas” y perderse, vaya a saber cuánto y de qué manera, en la espesa noche de Plaza Ñuñoa. Tal vez queriendo hacer lo que ese padre represor tampoco hizo, y cuido de hacer por muchos años, preocupado de los libros y el rechinar de sus pasos en pisos amaderados donde el derrumbe de la ceniza parecía el único evento esperable a altas horas de la noche. Después se vino el amor, las publicaciones, la posibilidad de su propia isla –para AZ digo ahora– y Segismundo fue un tema relegado a los libros que dejamos de leer en el colegio, preguntándonos si la vida en verdad será un sueño. Sí, diríamos ahora, y el gato estaría obligado, bajo amenaza de zapatazos, a cerrar sus ojos y dormir definitivamente sus siete vidas.

Simenon es Balzac

Recuerdo, cuando quería ser escritor, y me dejaba caer por el departamento del padre del detective Heredia, y entonces pude confirmar que Simenon de sus novelas es, a su modo, el alter ego de Balzac. Un dandy, un loco, un poeta antiguo, el amo y señor de la astucia. Tigre en miniatura que camina entre los libros y las miles de réplicas que Díaz Eterovic gusta de coleccionar entre sus estantes, mesas y escritorio, confiado en que el más albo se asome entre esas muestras de cera, losa, madera y tejidos, y sepa dictarle las páginas que él, verdadera musa inspiradora, ha sabido soplarle para escribir la saga más importante del neopolicial chileno.

Lihn y el griego

En ese mismo juego de observación y de llegar a comprender a estos amantes de los felinos, estuvo Lihn en su paso por New York. Cuando frecuentaba la casa de Rigas Kappatos, poeta griego varado en los estuarios, quedando de esa estrecha amistad los esquivos versos, robados y regalados, a ese gato noctámbulo, bajo el nombre de Los poemas de Athinulis. Facsímil fraguado a dos manos: por un lado los poemas de Kappatos a su gato y, por otro, la mejor faceta de Lihn-artista con una decena de bocetos de Athinulis, el que llegaría hasta los doce años relativamente sano y sin colmarle la paciencia a Rigas, aunque no así la de Lihn, quien nunca dijo conocerlo aparte de “su rareza ontológica/ indefinida criatura que como un Hamlet con cola y orejas (puntiagudas pero sin garras en sus patas delanteras, ha incorporado –dice Rigas– demasiados/ elementos humanos a su piel de gato”.