¿Qué tienen en común Roxana Miranda, Marcel Claude, Alfredo Sfeir y Marco Enríquez Ominami? Que son candidatos que perdieron en la votación de ayer. También tienen en común no menos de diez cuestiones trascendentes para quienes quieren un cambio en el país.

Pero, enfundados en sus convicciones, capacidad, liderazgo, certeza y porfía, cada uno fue por su lado tras la preciada votación que podía llevarlos al sitial de los ganadores.

De haber sido esta la primera vez que se acomete tamaña tontera habría pasado como el costo que deben pagar los políticos con poca experiencia, pero no fue así.  Cada uno a su modo, y en su propia especialidad, suma una interesante cantidad de años en esto de afanarse por joderle la vida al neoliberalismo.

Después de un cuarto de siglo, las cosas no se han movido mucho: la ultra derecha se mantiene, a pesar de todo,  como si nada, la Concertación, recauchada como Nueva Mayoría por la intercesión generosa del Partido Comunista, va de nuevo a la siga de las prebendas que ofrece el poder, con las mismas ideas, las mismas caras y las mismas ambiciones.

Y por ahí cerca, la izquierda sigue nadando en su jugo, sin saber con exactitud qué correspondería hacer desde esas avanzadas perspectivas ideológicas.

Definitivamente, la izquierda, tal y como la venimos conociendo, no entiende nada. Su anomia no le permite reconocer en el espacio en que circula, los fenómenos que suceden fuera de sus límites ni dentro de sus sedes y cápsulas.

Y gran parte de su memoria la utiliza en recapitular los clásicos del marxismo, los dolores de la dictadura y las nostalgias analgésicas de la Unidad Popular. Y su energía la aplica con fruición en intentar acomodar los hechos, porfiados, irreverentes, inevitables, a sus discursos. La realidad para muchos compañeros es una porfiada que se niega a entrar en sus definiciones, por lo tanto la solución es dejarla afuera por díscola y mala clase.

¿Por qué los hechos que vienen modificando la cosas desde al año 2006, con importantes hitos en el 2011 y 2012, en que diversas expresiones de la izquierda han jugado un rol determinante, y cuya mejor y casi única expresión radica en los estudiantes, no ha tenido hasta hoy un correlato en lo que se llama la política formal?

Porque los partidos históricos de izquierda no saben cómo hacerlo y los nuevos zurdos aún no maduran una capacidad de tomar decisiones de gran escala

¿Son izquierdas distintas las que caminan en el carril de los movimientos sociales, especialmente entre los estudiantes, y las que se organizan en el mundo profano?

Desde el punto de los sueños y especulaciones, son iguales. Desde el punto de vista de la realidad, son diametralmente opuestas.

¿Cómo se resuelve el drama que significa ir pulverizados a una elección justo cuando lo que correspondía era hacer lo posible por unificar una sola candidatura?

De cualquier manera, menos por la intercesión de las voluntades o decisiones unipersonales. La experiencia enseña que la unidad de las fueras de izquierda siempre ha subido a grados superiores empujadas por la lucha real de la gente, la que finalmente se impone a los egoísmos, las maquinaciones y cobardías.

La gracia de los dirigentes es detectar los mejores momentos para impulsar eventos que afiancen los procesos unitarios comenzados en la pelea concreta, y estar atentos a las casi instintivas reacciones de algunos por querer llevarse el movimiento para su propia sede o casa.

Sólo la izquierda se da el lujo de ir a la pelea desunidos, cada uno por su lado, con sus razones perfectas y sus verdades únicas, sin hacer caso de eso que anda por todos lados. Nada más que la izquierda es capaz de creer que sólo por lo buena gente que son sus cuadros y dirigentes, por la buena onda que  ponen en sus discursos, y la retórica que conmueve haciendo referencias a héroes y batallas de otros tiempos, la gente debe creerle a pie juntillas. Y salir, como reclaman muchos, a votarle sólo porque sí.

Era innecesaria esta nueva lección de tontera que ha terminado en números pichiruches.

Las lecciones del movimiento social, en especial de los estudiantes, han demostrado hasta el cansancio que no es necesario que el que marcha a tu lado sea químicamente  igual a ti.  No sólo la reciente experiencia del movimiento estudiantil chileno, sino que todos los que en la historia ha habido, enseñan que las victorias de los perdedores de siempre es una tarea de distintos, incluso, de eventuales contradictores.

Pensar que las batallas por superar el sistema será de clones perfectamente afirmados en los mismos preceptos y recetas del los manuales leídos y vueltos a leer, entre los cuales no hay sino coincidencias y aceptaciones, es creer que es cosa de angelitos y querubines sobrenaturales y no de hombres y mujeres que piensan y hacen cada uno por su cuenta, siempre cosas distintas.

Peor aún cuando se cree que la misión contemporánea de la izquierda es llevar la cosa a los umbrales del socialismo, como mínimo, y si acaso de buenas personas, pasar por algunas reformas iniciales, como podría ser un gobierno de verdad democrático que enfrente un proceso de mejoras universales.

Resulta risueño ver como algunos creen que lo que resuelve los conflictos de la sociedad chilena es una buena cantidad de rebeldes alzados con fusiles, dispuestos a vencer o a morir, en las montañas cercanas a Santiago.

Este lunes es un día de comenzar de nuevo. Dale otra vez por machacar eso de la unidad que de tanto repetirlo ya no tiene sustancia ni sentido.

No fue suficiente, Marcel, el llenar aulas, calles y plazas. Ni necesario atrincar a un no enemigo en vivo y en directo. Ni haber tenido el mejor cierre de campaña de cuantos hubo. No fue suficiente Marco, con proponer cambios en las reglas y desnudar a la Concertación en sus vicios y llagas. No fue suficiente Sfeir, levantar un discurso más que verde inmaduro. Ni fue suficiente Roxana, relevar la pachorra de una pobladora de tomo y lomo.

Sin embargo no resulta desdeñable la conjunción de esos principios para articular una plataforma común, así sea para rumiar por cuatro años la derrota intentando restañar los daños.

Ayer ganó el sistema. Se dotó de nueva legitimidad, aún en lo miserable de su quórum. Todos ganaron de nuevo, pero con notas al pie.

Sin embargo, hay un ejemplo que habrá que tomar muy en serio. Gabriel Boric, levantando las banderas del movimiento estudiantil, sin maquinarias económicas ni partidarias detrás, logró romper en los hechos el binominal.

Alguno reclaman que los estudiantes marchantes de otrora debían salir a votar por aquellas buenas personas que decían representarlos de la mejor manera. Eso no va a suceder. Los estudiantes han demostrado que ya no es posible, o por lo menos tan fácil, suplantar sus voluntades, por mucha buena onda que sea el suplantador.

Queda claro con el resultado de Boric en Magallanes, el que no tuvo necesidad de arrendarse a la Concertación para ser elegido, que esa vía, la auto representación de los estudiantes, pudo haber hecho severo daño al sistema, de haberse implementado masivamente.

Vendrán avisos que desde ahora en adelante lo que corresponde es volver a partir. Cierto, pero habrá que ver cómo. Con vocación de mártires y porfiados, no es de extrañar que de esta dura prueba no se saquen las lecciones debidas.

Un pesimismo criado por los excelentes nutrientes que tiene por ventura producir la izquierda, advierte que quizás nos pasemos otro par de lustros a la siga de la pócima mágica que nos haga explicarnos algunas cosas.

Y la pregunta volverá por sus fueros: ¿cuánto más tiene que pasar en términos de fracasos, angustias y decepciones,  para llegar al convencimiento de que el formato que usa la izquierda desde su lejana primera vez es el camino directo al fracaso?