En su discurso ante la ONU (1972) el Presidente Salvador Allende habla a los líderes del mundo con la convicción de quien profesa las más íntimas tradiciones humanistas –desde los valores de la virtud y el progreso moral- heredados tras el horizonte de la Revolución Francesa. En su célebre discurso «sintetiza» historia social del país, cultura institucional, socialismo democrático y códigos masónicos. Habla como quien cree insobornablemente en el respeto por la «dignidad humana» -desde una tenaz defensa de las libertades del humanismo crítico.

Salvador es la coincidencia entre un nombre, a la manera del síntoma freudiano, y un ciclo de convulsiones, encabeza un proceso ‘vivo’ que requiere “articular” el polo institucional (instituciones representativas) con el polo deliberativo (democracia de masas). Frente a esta fricción, no hay deserción posible. El texto allendista  descansa en el ideario de los “tribunos reformistas” (1920-1970), pero tampoco se deja mineralizar en el campo de la “reforma”. Lo más importante se sitúa en la fidelidad a un republicanismo democrático, en su magnificencia y expresión cotidiana.

En Diálogos de América, registrado por el periodista Augusto Olivares,  Fidel y Salvador intercambian ideas sobre los procesos de transformación social. El comandante cubano lo mira como a un hermano mayor, lo escucha con una mezcla de respeto y pesadumbre por la “peculiaridad” del caso chileno, pero desde una admiración por las tradiciones demo-republicanas que el Presidente «encarna». Se oye su voz bajo la solemnidad que infunde alguien que busca descifrar los laberintos del destino y trata de revertir una concepción determinista del ser humano. Salvador Allende sabe de entrada que vive en medio de un atajo, que debe poner mesura a la algarabía que invade a los actores de una trama emancipatoria -mas tampoco puede erradicar las energías utópicas. Existe una dimensión dionisíaca en la Unidad Popular que se expresa en baile, canto y embriaguez, en la perdida de los límites factuales. Ya en su discurso del 4 de septiembre de 1970 hay destellos de una «consciencia trágica», “…y que esta noche cuando acaricien a sus hijos…piensen en el mañana duro que tendremos por delante” (Las cursivas son mías).

El líder de la izquierda chilena se mantiene plenamente consciente de que no hay posibilidad de migrar hacia un “reformismo radical”. Para 1970 las predicciones del oráculo a favor del “realismo” no pueden ser escuchadas, no queda más que apelar a un mundo heroico. Solo cabe implementar el camino elegido y defender la convicción ante el compromiso adquirido. El Presidente intuye, pero sin decirlo jamás, que en la coalición que encabeza no posee la madurez cultural necesaria para una trama paradojal que debía “equilibrar” los efectos del «desenfreno pasional» (algarabía, delirio…) bajo un irrestricto apego al marco constitucional de 1925.

Por obra de la cubanización quedaba atrás la formula de una «profundización reformista», por cuanto la crisis de la receta Cepalina para la región (1950-1970) obligaba a establecer cambios radicales. Ir más allá del “Estado de compromiso” comprometía cambios primordiales, irrenunciables, pero finalmente fatídicos. A la sazón, la Cuba libre ‘pesaba’ más que mil ríos de tinta –la llamada isla de la dignidad era el horizonte de la insurrección latinoamericana. Se trata de un «desgarro» incurable a la luz del cual debe ser evaluado nuestra trama  histórica. La Unidad Popular en su afán por conciliar institucionalidad y movilización social representa un horizonte de sentido necesario en la historia de chile, pero eventualmente imposible. Si bien podemos admitir un eventual acercamiento empírico hacia el programa populista de Tomic en los primeros tres meses del gobierno popular, ya a fines de 1972 se trata de un proyecto prácticamente librado a su suerte.

Este es el acompañante macabro de la vía chilena al socialismo, nuestra “divina comedia”. Sospecho que Tomas Moulian –sibilinamente- se hizo parte de una concepción trágica de la historia y tematizo a la Unidad Popular desde el teatro griego -aunque nunca verbalizo tal relación. Pienso en “Conversación ininterrumpida con Allende” (1998). La fatalidad de las revoluciones y el peso «termidoriano» de la tragedia. Allende sabía de entrada la necesidad ineludible de trascender la martiriología. Pero a poco andar reconoce que la derrota puede ser una «opción moral», una derrota posible. Ya en los primeros días de su gobierno admite con lucidez que las oligarquías no aceptaran perder sus beneficios, no cesaran en aplicar obstáculos lícitos o mercenarios –así trataba de moderar la embriaguez que empapaba a los actores comprometidos con una teología secular. Salvador deviene en un intérprete de las transformaciones en curso, y a su vez en un «teórico político» (sí, un Teórico) de los límites históricos de cualquier exuberancia utópica que desestime el “fatídico” peso del realismo. En una intervención de Tomas Moulian le escuche decir con gran agudeza  “(…) Allende nos permitió comprender que nada se salva con la traición”. En resumidas cuentas, la Unidad Popular representa un callejón sin salida y por esa vía una lección moral para la historia de Chile (….la martiriología aleccionadora).

Para terminar podemos explorar algunos contrastes empíricos que hacen más evidente nuestra catástrofe. La historia nos dice que la izquierda chilena tuvo su “sala de parto” en los locos años 20’ (“la cuestión social”). La Unidad Popular  heredaba a su manera las conquistas iniciales superando el llamado “Estado de compromiso”, a saber, el período que va desde 1938-1970 basado en el régimen de tres tercios –planificaciones globales. La nueva experiencia chilena era enteramente distinta al Frente Popular (1948), como asimismo, al economicismo desarrollista de Raúl Prebish. De un lado, el Allendismo venía a implementar cambios estructurales en base a un diagnostico compartido sobre las profundas desigualdades imperantes en los años 70’. De otro, el imperativo de una ruptura con el predominio oligárquico estaba sellado en el programa de gobierno. Todo ello se trataba de encauzar –parcialmente- por el institucionalismo del Partido Comunista (“último vagón del reformismo”)….aparente dueño de la cordura por aquellos días. Al mismo tiempo el proceso se ensombrecía por la ausencia de diálogo político con el sector más progresista de la DC, sin olvidar que tal diálogo era impracticable por la inevitable Cubanización del Partido Socialista que tornaba inviable todo acercamiento centrista. La fracción de los “elenos” calificaba toda travesía de ‘realismo’ como una infidelidad al proceso revolucionario. De paso la Unidad Popular prologaba la evolución de la izquierda chilena desde 1938 en adelante (el contexto de post-guerra y los frentes populares, hasta la constitución del FRAP). Solo nos resta mencionar el proceso de adoctrinamiento ideológico que recibieron las Fuerzas Armadas en la Escuela de las Américas (Panamá). Finalmente, se suma la complejidad de lidiar con los sectores más “radicales” de la Unidad Popular (MIR y otros….); aquellos hijos no apegados a la vía institucional -de fuerte inspiración emancipatoria- pero que hacían de “aprendices de bruja” por cuanto presionaban por una salida no institucional. Todos estos contrastes, que se expresaban en un sinnúmero de revoltosos contrapuntos, conjuraban en favor de una catástrofe, o bien, pujaban hacia una reducción del campo político.

Como podemos apreciar la vía chilena al socialismo se fue quedando sin espacio político. La tragedia es la cancelación total de la política, la reducción del campo de posibilidades: la impolítica. Tampoco había lugar para una caída inducida (alunizaje). Nos deslizamos hacia el precipicio. Me temo que en aquellos días el destino aciago de los personajes consistía en la imposibilidad de alterar el curso de los acontecimientos y evitar el despeñadero –escapar a la predestinación desatada por las fuerzas indestructibles de la propiedad privada. Ello tiene su mayor efervescencia entre Julio y Septiembre de 1973. A pesar de la fuerza emancipadora del proceso chileno, la Unidad Popular puede ser leída desde una “concepción trágica” de la historia.