Mapuches televisión Los discursos y las acciones en política no son pertinentes o absurdas per sé. Requieren o carecen de una base de legitimidad que es construida previa y colectivamente, pero donde los medios masivos tienen un especial poder por su condición de principales agentes mediadores de la realidad. Por eso, si bien a un cierto sector de la sociedad –más ilustrado y con conciencia social- le escandalizaron las declaraciones de la ministra vocera de Gobierno, Cecilia Pérez, “queremos lo que todos buscan, la pacificación de la Araucanía”, hubo otros a los que les pareció de lo más razonable, a la luz de lo que les mal informan diarios y canales.

Al amanecer del día en que la ministra hizo sus beligerantes declaraciones, un canal había cubierto –con música dramática de fondo- la situación de una familia víctima de un ataque incendiario. Una familia bien constituida, con una casa respetable, inofensiva, a merced de sujetos que nunca tienen voz ni rostros y que vienen de la penumbra y vuelven a ella, como los nuevos bárbaros o como el lobo del bosque. Es cierto que los individuos afectados son genuinamente víctimas, pero dejar el tema ahí no es hacer ninguna contribución a que se entienda el problema. De hecho, se busca exactamente lo contrario.

Estas líneas se escriben mientras en la televisión el ministro del Interior, Andrés Chadwick, es seguido por un grupo de periodistas durante su visita a la familia del matrimonio Lushinger, asesinado hace exactamente un año. También se cumple un nuevo aniversario del asesinato de Matías Catrileo, pero en tal caso una visita a la familia sería inimaginable. En la construcción de la noticia, sin necesidad de explicitarlo, el canal toma partido al a) presentar el hecho violento como el protagonista absoluto, desvinculándolo de su reivindicación histórica; b) hacer alusión permanente al “conflicto mapuche”, invisibilizando que el Estado chileno con su propia violencia es la otra parte en pugna; c) presentar como “nosotros”, con rostro y voz, a la familia Lushinger, al ministro Chadwick, a los propios periodistas y, con ello, a los televidentes, mientras los “otros” son los mapuches, no mostrados como personas de carne y hueso, sino como una amenaza violenta que acecha en las sombras de los árboles y de la noche.

Ya en el pasado mes de octubre, el Colegio de Periodistas, junto con enfatizar la enorme responsabilidad que tienen los medios en este asunto, expresó su preocupación por la cobertura de este Conflicto Mapuche que, pareciera, es el único que tiene un solo actor.

Ya en el pasado mes de octubre, el Colegio de Periodistas, junto con enfatizar la enorme responsabilidad que tienen los medios en este asunto, expresó su preocupación por la cobertura de este Conflicto Mapuche que, pareciera, es el único que tiene un solo actor. La Orden se refería especialmente a un titular de La Segunda del 14 de septiembre, que decía “El plan de los mapuches violentos para controlar La Araucanía”, en virtud de “una serie de aseveraciones respecto del movimiento mapuche que tienden a encasillarlo como un actor violentista”. ¿No es éste, como muchas informaciones que se publican día a día, un llamado encubierto a la Pacificación, un acto de fe a la militarización de la zona impulsada por el Gobierno?

El juego del Ejecutivo, del poder político, es el mismo que el de estos medios: negarles el derecho a los mapuches a transmitir por qué se levantan, para que parezcan enajenados violentos. En una excepción, la madre de Matías Catrileo pudo decir, en uno de estos canales, que la lucha del pueblo mapuche es para poder volver a ser, precisamente, un pueblo. Lo hizo durante un acto cultural en homenaje a su hijo que, según sentenció el periodista a cargo del informe, finalizó “sin incidentes”.

Dicho todo esto, resulta una verdadera exquisitez constatar que esto mismo lo piensa en privado la embajada de Estados Unidos en Chile. Según Wikileaks, un informe del embajador en 2010 decía lo siguiente: “el candidato presidencial de la oposición, Sebastián Piñera, ha declarado que “la Araucanía arde en llamas”. Los principales periódicos chilenos, que son generalmente conservadores, publican muy a menudo en primera página reportajes sobre este conflicto”. Y agrega, “la destrucción de propiedades, que supone la inmensa mayoría de las acciones ilegales de los mapuches, se presenta frecuentemente a todo color con descarados titulares y a veces con una cobertura muy superior a la que se da a crímenes mucho más graves cometidos por chilenos no indígenas”.

Esta construcción discursiva, política y mediática, es la que típicamente ejerce una cultura hegemónica contra otra. En ella, los medios cumplen el rol de ser de dominación, en vez de ser de comunicación. A no concentrar el sentido del escándalo en un solo lugar: la ministra Pérez no está sola.