Chile PerúComo otros cientos de chilenos, mi abuela se ha tomado el juicio por la demanda marítima de Perú como un problema personal. Los dichos de las autoridades –sobre todo, extranjeras- han despertado su reflexiones diarias y las expresiones más furiosas de su viejo y adormecido patriotismo pinochetista.

Se ha acordado del dictador muy seguido, conmemorando esos tiempos en que Pinochet terminó con las aspiraciones argentinas sobre el Canal Beagle en 1978, ayudada del Papa Juan Pablo II, según ella. “Si estuviera vivo, no estaríamos metidos en esta hueá”, se lamenta.

Con pocos conocimientos sobre el juicio y casi ignorando por completo los detalles de la demanda, mi abuela opina de la controversia con verdadera indignación. Ha seguido las noticias de los medios tradicionales y las frases de algunos representantes del interés patriótico coyuntural, como Jorge Tarud, a quien aplaudió a pesar de sus vínculos concertacionistas.

“Creo que Chile debe muy seriamente pensar en retirarse del Pacto de Bogotá, no podemos seguir aceptando que unos caballeros en La Haya decidan el territorio o mar chileno”, declaró Tarud hace poco y su chauvinismo recalcitrante provocó un poco de vergüenza al interior de su partido. Ya no quedan de su estirpe.

Al igual que Tarud, a sus 66 años, mi abuela no logra entender quiénes conforman La Haya ni mucho menos quién les otorgó el rol de decidir sobre el mar chileno, ganado hace años, a costa de la sangre de valientes soldados.

Al igual que Tarud, a sus 66 años, mi abuela no logra entender quiénes conforman La Haya ni mucho menos quién les otorgó el rol de decidir sobre el mar chileno, ganado hace años, a costa de la sangre de valientes soldados. Lo que sí sabe es que la situación es impresentable y los políticos de hoy serían capaces de aceptar la resolución que, según dicen, el próximo 27 de enero podría terminar entregando sí o sí las gotas de la costa nacional. Y la idea le parece espeluznante: “No puedo creer que les vayan a regalar nuestro mar”, me dice con incredulidad.

Instalada en su casa de La Granja, trabajando en la venta de ropa a pesar de la artritis para salvar la escueta jubilación, mi abuela ha tenido poco tiempo para ponerse al día sobre los nuevos propietarios del mar chileno. Ni los medios le han contado ni ella ha podido averiguar que un 76% de la capacidad extractiva de nuestras costas está hoy en las manos de cerca de 7 familias de rimbombantes nombres.

Por lo pronto, dice, si el fallo de la Haya es favorable a los vecinos, los 100 mil peruanos que hoy residen en Chile deberían ser enviados de vuelta a su país para que dejen de ocupar los puestos de trabajo que estas tierras les ofrecen. A menos de una semana del dictamen final, mi abuela siente cercana la posibilidad del orgullo patrio herido y el amor a la bandera, inculcado en ortodoxas clases de Historia y Geografía municipal -a través de pasajes tan épicos como la Guerra del Pacífico-, una herencia violentada, en peligro. Nunca, como ahora, el mar de su país le perteneció tanto.