celac-marti“Mientras más trabas rompe el hombre,

más cerca está de la divinidad germinadora”

José Martí.

 

Martí es, en entre muchas otras cosas, un poeta que a través de sus Versos Sencillos ha traspasado hacia la cultura popular de América Latina. No fue casual entonces que, después de entonado el himno cubano en la inauguración de la cita, sonara Guantanamera y las líneas de héroe nacional: “yo soy un hombre sincero /de donde crece la palma/ y antes de morirme quiero/ echar mis versos del alma”.

En esa línea, una pregunta que ronda es hasta qué punto ha influido en el ideario político cubano el que su padre de la patria no sea un simple militar, como en la mayoría de los países latinoamericanos, sino un poeta, un intelectual que decidió combatir y dar la vida por su idea. A esto se suma un relato explicitado durante décadas por el propio Fidel Castro, según el cual la Revolución Cubana sería la continuación natural de la gesta martiana ocurrida sesenta años antes.

Pero ¿quién fue Martí, el intelectual? Un escritor que realizó una obra poética breve en comparación con la prosa, pero en donde se puede ver un enlazamiento de lo poético, lo ético, lo político y lo ideológico. Una buena muestra de aquello es lo dicho por Fidel Castro, en su libro de conversaciones con Ignacio Ramonet (Fidel Castro, Biografía a dos Voces –Debate, 2006): “De Martí recibí su inspiración, su ejemplo y muchas cosas más; pero recibimos, en esencia, la ética, sobre todo, la ética. Cuando él dijo aquella frase, que nunca podré olvidar: “Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”, me pareció extraordinariamente bello aquello, ante tanta vanidad y ambiciones que se percibían por doquier. La ética, como comportamiento, es esencial, una riqueza fabulosa”.

Es, además, uno de los pensadores latinoamericanos más trascedentes del siglo XIX. Su visión, surgida del último país en independizarse de España pero que inspiraría fuertemente el continente, se sustentaba en la lucha contra el colonialismo, la creencia en la unidad latinoamericana, el antimperialismo de Estados Unidos y una concepción según la cual Cuba y Puerto Rico debían jugar un rol clave en aislar al Tío Sam del resto del continente. Esta idea fue sintetizada por otra poeta, Lola Rodríguez, y musicalizada décadas después por Pablo Milanés: “Cuba y Puerto Rico son de un pájaro las dos alas”.

Curiosamente, pareciera que mucho del ideario de Martí no se cumplió en su tiempo ni luego de la Revolución Cubana, sino recién ahora. La Cumbre de la Celac, en cierta medida, cierra el círculo, pues consolida por primera vez una institucionalidad en la que participan todos los países del continente, pero sin Estados Unidos.

Rompe, además, el aislamiento de décadas de Cuba y su reivindicación como líder en la integración regional, lugar que es reconocido explícitamente por presidentes tan distintos entre sí como Cristina Fernández, Nicolás Maduro, Enrique Peña Nieto y José Mujica.

Y, por último, podría suponer el “rescate” de Puerto Rico, puesto que uno de los votos es invitarlo a integrar la Celac, a pesar de que hoy es un estado libre asociado de Estados Unidos. Las razones son más que obvias y si no, pregúntele a Martí.

 

Nuestra América (Fragmento)

Éramos una visión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño. Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España. El indio, mudo, nos daba vueltas alrededor, y se iba al monte, a la cumbre del monte, a bautizar a sus hijos. El negro, oteado, cantaba en la noche la música de su corazón, solo y desconocido, entre las olas y las fieras. El campesino, el creador, se revolvía, ciego de indignación, contra la ciudad desdeñosa, contra su criatura. Éramos charreteras y togas, en países que venían al mundo con la alpargata en los pies y la vincha en la cabeza. El genio hubiera estado en hermanar, con la caridad del corazón y con el atrevimiento de los fundadores, la vincha y la toga; en desestancar al indio; en ir haciendo lado al negro suficiente; en ajustar la libertad al cuerpo de los que se alzaron y vencieron por ella. Nos quedó el oidor, y el general, y el letrado, y el prebendado. La juventud angélica, como de los brazos de un pulpo, echaba al Cielo, para caer con gloria estéril, la cabeza coronada de nubes. El pueblo natural, con el empuje del instinto, arrollaba, ciego del triunfo, los bastones de oro. Ni el libro europeo, ni el libro yanqui, daban la clave del enigma hispanoamericano. Se probó el odio, y los países venían cada año a menos. Cansados del odio inútil, de la resistencia del libro contra la lanza, de la razón contra el cirial, de la ciudad contra el campo, del imperio imposible de las castas urbanas divididas sobre la nación natural, tempestuosa o inerte, se empieza, como sin saberlo, a probar el amor. Se ponen en pie los pueblos, y se saludan. “¿Cómo somos?” se preguntan; y unos a otros se van diciendo cómo son. Cuando aparece en Cojímar un problema, no van a buscar la solución a Danzig. Las levitas son todavía de Francia, pero el pensamiento empieza a ser de América. Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa y la levantan con la levadura de su sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino! Se entiende que las formas de gobierno de un país han de acomodarse a sus elementos naturales; que las ideas absolutas, para no caer por un yerro de forma, han de ponerse en formas relativas; que la libertad, para ser viable, tiene que ser sincera y plena; que si la república no abre los brazos a todos y adelanta con todos, muere la república. El tigre de adentro se entra por la hendija, y el tigre de afuera. El general sujeta en la marcha la caballería al paso de los infantes. O si deja a la zaga a los infantes, le envuelve el enemigo la caballería. Estrategia es política. Los pueblos han de vivir criticándose, porque la crítica es la salud; pero con un solo pecho y una sola mente. ¡Bajarse hasta los infelices y alzarlos en los brazos! ¡Con el fuego del corazón deshelar la América coagulada! ¡Echar, bullendo y rebotando por las venas, la sangre natural del país! En pie, con los ojos alegres de los trabajadores, se saludan, de un pueblo a otro, los hombres nuevos americanos. Surgen los estadistas naturales del estudio directo de la Naturaleza. Leen para aplicar, pero no para copiar. Los economistas estudian la dificultad en sus orígenes. Los oradores empiezan a ser sobrios. Los dramaturgos traen los caracteres nativos a la escena. Las academias discuten temas viables. La poesía se corta la melena zorrillesca y cuelga del árbol glorioso el chaleco colorado. La prosa, centelleante y cernida, va cargada de idea. Los gobernadores, en las repúblicas de indios, aprenden indio.

 

Banquete de Tiranos (De Versos Libres, 1882)

Hay una raza vil de hombres tenaces

De sí propios inflados, y hechos todos,

Todos del pelo al pie, de garra y diente;

Y hay otros, como flor, que al viento exhalan

En el amor del hombre su perfume.

Como en el bosque hay tórtolas y fieras

Y plantas insectívoras y pura

Sensitiva y clavel en los jardines.

De alma de hombres los unos se alimentan:

Los otros su alma dan a que se nutran

Y perfumen su diente los glotones,

Tal como el hierro frío en las entrañas

De la virgen que mata se calienta.

 

A un banquete se sientan los tiranos,

Pero cuando la mano ensangrentada

Hunden en el manjar, del mártir muerto

Surge una luz que les aterra, flores

Grandes como una cruz súbito surgen

Y huyen, rojo el hocico, y pavoridos

A sus negras entrañas los tiranos.

 

Los que se aman a sí, los que la augusta

Razón a su avaricia y gula ponen:

Los que no ostentan en la frente honrada

Ese cinto de luz que en el yugo funde

Como el inmenso sol en ascuas quiebra

Los astros que a su seno se abalanzan:

Los que no llevan del decoro humano

Ornado el sano pecho: los menores

Y los segundones de la vida, sólo

A su goce ruin y medro atentos

Y no al concierto universal.

 

Danzas, comidas, músicas, harenes,

Jamás la aprobación de un hombre honrado.

Y si acaso sin sangre hacerse puede,

Hágase… clávalos, clávalos

En el horcón más alto del camino

Por la mitad de la villana frente.

A la grandiosa humanidad traidores,

Como implacable obrero

Que un féretro de bronce clavetea,

Los que contigo

Se parten la nación a dentelladas.