Marcha_a_Favor_del_Gobierno

Agencia Venezolana de Noticias

Es la hora del apoyo, eso no hay que dudarlo. Porque en el momento actual es en extremo necesario, pero también porque permite diferenciar que en la acción política hay un lugar para el apoyo y un lugar para el debate. El proceso venezolano, pionero en la oleada actual de luchas contra el neoliberalismo, puede y debe ser sujeto de múltiples exámenes desde la izquierda y las fuerzas antineoliberales, pero esta no es la ocasión para ello.

Llama por eso la atención la cantidad de debates y descalificaciones que se levantan en nuestro país en torno a la crisis en Venezuela. Entre las posturas se encuentran el apoyo irrestricto e irreflexivo, que pretende que en la historia las cosas simplemente se repiten como en un mal cuento, sin atención a las especificidades y las contingencias, pero también una especie de reflexividad crítica sin toma de posición que recibe, merecidamente, una amplia oposición.

Ello informa sobre un cierto estado de cosas en el campo que se diferencia de la derecha política: la Democracia Cristiana chilena, como ha sido su tradición, muestra en las cuestiones llamadas “internacionales”, una inocultable opción derechista. Después, se abre un abanico de posiciones que manosean los derechos humanos y los valores democráticos como si fueran juegos de armar, en debates vacíos de toda perspectiva social.

Lo que está en el medio de la coyuntura venezolana es mucho más grande que Venezuela.

La distinción entre los lugares del apoyo y de la crítica es relevante porque permite evitar dividir fuerzas cuando se necesitan unidas. No es que una cosa vaya primero y la otra después. Es un error enorme –ya tuvimos muestras suficientes en las luchas del siglo XX– postergar los ejercicios de apertura y crítica para un momento siempre futuro, que en los hechos no era otra cosa que relegarlos tramposamente a una situación clausurada e impermeable.

Se trata por el contrario de apreciar la magnitud de la contingencia presente. Lo que está en el medio de la coyuntura venezolana es mucho más grande que Venezuela. Una derrota del proceso bolivariano supondría un golpe de grandes consecuencias a los procesos de lucha antineoliberal que vienen teniendo lugar en América Latina, y que la han puesto en la punta de los ejercicios emancipatorios a nivel mundial. Es eso lo que le interesa al poder norteamericano, no el petróleo de Venezuela ni menos aún, por cierto, la democracia hemisférica.

El asunto entonces, mucho más que alinearse o no detrás de Maduro, tiene que ver con definir posiciones respecto de una gran confrontación de escala global, pues se trata de un conflicto que no se ubica en Venezuela: está en un gran aquí global sin afuera. Para quien tenga dudas, observe los efectos que está teniendo esta coyuntura sobre la débil articulación ideológica de la Nueva Mayoría.

Por eso mismo, una izquierda obsecuente, acrítica, irreflexiva, de apoyo vacío y solidaridad inocente, no sirve absolutamente para nada. O para decirlo de otro modo, sirve para propósitos tan malos como los de la izquierda que confunde sus adversarios y se alinea tras los discursos de la moderación descomprometida y bienpensante que, al final, por una vía o por otra, terminan debilitando los procesos de transformación social.

Esas posturas “progresistas” que demandan de forma dogmática un apego formal a ciertos esquemas de la democracia occidental, previamente elevada a la condición de valor supremo (que tampoco acepta debate), harían bien en apreciar que de consumarse la victoria de esa hegemonía neoliberal que ha venido siendo derrotada en América Latina, no quedaría espacio ni siquiera para un progresismo moderado que aspirase a reclamar alguna sustantividad social real.

Apoyar entonces es engrosar la resistencia al gesto imperial. Ese es el signo del momento presente.