Bachelet 2Mucho se ha dicho y se ha escrito sobre el nuevo ciclo político y social que podría significar para Chile la acumulación de descontento que desde el 2011 en adelante ha comenzado evidentemente a estallar. Un malestar expresado en grandes multitudes en las calles, protestando contra uno de los pilares del modelo neoliberal chilenos: su educación de mercado. Mientras, nuestro sistema político día a día pierde legitimidad debido a una de sus características vitales: la incapacidad de conectarse, y mucho menos de representar intereses de sectores de la sociedad que no sean los del gran empresariado.

Las elecciones del año pasado permiten reforzar tales conclusiones. El “fenómeno Bachelet”, que anticipaban muchos analistas, demostró no tener la potencia que se sospechaba al no ser capaz de siquiera repetir el total de votos obtenidos por ella misma el 2005. Por su parte, la debacle de la derecha política, y el excelente resultados de los candidatos que provenían del movimiento estudiantil (los 4 que fueron electos lo hicieron con la primera mayoría en sus respectivos distritos) comprueban además que ha existido cierto viraje en el sentido común chileno: la posibilidad de comenzar a dejar atrás el neoliberalismo y el Estado subsidiario para construir un Estado garante de derechos hoy se ve mucho más real que hace 4 años.

Sin embargo, esta potencialidad aún se ha visto limitada. Prueba de ello también lo fueron las mismas elecciones, y en esto a todos quienes enarbolamos y defendemos las banderas de la izquierda nos cabe una necesaria autocrítica. El triste espectáculo de divisiones, identitarismos y sectarismos ofrecido por la izquierda en las elecciones presidenciales, demuestra que aún nos falta mucho camino por recorrer. Tenemos el desafío de superar la frontera de los convencidos, y ser capaces de ofrecer a Chile una alternativa unitaria, transformadora, y con vocación de mayoría.

En este contexto, el próximo gobierno de Bachelet resulta clave.

El relato con el que la flamante presidenta volvió de Nueva York es muy distinto a los antiguos de la Concertación. Y es que la Nueva Mayoría hizo todos los esfuerzos para apropiarse de la épica de las movilizaciones de los últimos años: desde integrar en su retórica muchos de los “titulares” de las demandas de los distintos movimientos sociales (especialmente en educación), hasta la incorporación de un actor como el Partido Comunista.

Sin embargo, el resultado de esto fue una coalición muy heterogénea, cuya unidad se sostenía solamente en el seguro triunfo electoral que se avecinaba, pero que se encuentra plagada de contradicciones internas que en lo poco que llevamos de año se han hecho más que evidentes (es cosa de ver el desfile de nombramientos y sus coletazos hasta hoy). Y es que difícilmente puede sostenerse una unidad en un programa cuyas únicas claridades son los grandes titulares, pero cuyo contenido es abstracto, ambiguo. Lo suficiente para que desde Walker hasta Tellier se sintieran interpretados en la campaña. Pero insuficiente para pensar en un proyecto unitario y transformador que todos los actores de la coalición sientan como suyo.

Este estado de indefiniciones y ambigüedades entraña un enorme riesgo. Existe la posibilidad cierta de que el mapa político chileno logre salir de su crisis y reordenarse de manera eficaz, a punta de reformas que en el discurso sean profundas y coherentes con lo que han exigido las grandes mayorías, pero que en la práctica sean irrelevantes o derechamente regresivas (una LGE 2.0, por ejemplo); si aquello ocurre, habremos perdido una tremenda oportunidad.

Pero también existe la oportunidad de que el desenlace sea distinto. Que al gobierno de Bachelet simplemente le resulte imposible quedar bien con Dios y con el diablo, y deba tomar posición. Así, o bien se develará su carácter incorregiblemente neoliberal, o bien lograremos apuntalar reformas profundas, que nazcan de una iniciativa que desborde los márgenes de la política tradicional. En cualquier escenario, como izquierda y como actores sociales en lucha, en cuatro años más estaremos mejor que ahora.

Pero también existe la oportunidad de que el desenlace sea distinto. Que al gobierno de Bachelet simplemente le resulte imposible quedar bien con Dios y con el diablo, y deba tomar posición. Así, o bien se develará su carácter incorregiblemente neoliberal, o bien lograremos apuntalar reformas profundas, que nazcan de una iniciativa que desborde los márgenes de la política tradicional. En cualquier escenario, como izquierda y como actores sociales en lucha, en cuatro años más estaremos mejor que ahora.

Sin embargo, esto depende en una importante medida de la claridad y vocación transformadora con que actuemos como izquierda. El mejor favor que le podríamos hacer a Bachelet es encerrarnos en maximalismos, autorrelegarnos a una posición minoritaria, haciendo que resulte cosa fácil para los poderosos el simplemente ignorarnos, permitiendo así que los límites de la discusión los definan entre la Nueva Mayoría y la derecha en los pasillos de Casa Piedra.

Estos cuatro años exigen una izquierda capaz de responder a un doble desafío: ser firmes en la defensa de nuestras principales banderas, y a la vez de ser capaces de dialogar cuando sea necesario. En especial en el área que ha demostrado ser el principal punto débil del neoliberalismo chileno. Que el conflicto educacional permanezca abierto mientras no sea el movimiento estudiantil el protagonista de la construcción de la reforma es hoy día la primera tarea.

Estos cuatro años pueden terminar con Nicolás Eyzaguirre de candidato presidencial y con el modelo refortalecido, o con un escenario suficientemente abierto para que un proyecto unitario y transformador pueda emerger como alternativa real. Que sea el segundo escenario dependerá en gran medida de que como izquierda comprendamos la enorme importancia de los próximos cuatro años, sepamos escoger nuestras luchas, y no caigamos en la tentación de tomar atajos que parecen cortos pero que finalmente nos lleven al mismo lugar donde partimos. He ahí nuestro gran desafío.