Después de celebrado el llamado Debate sobre el estado de la nación, la primera conclusión es que en España hay más de una nación. Y no me refiero a las históricas ya conocidas (fundamentalmente Cataluña y Euskadi), sino a dos que son mucho más recientes: la Nación de las Cosas y la Nación de las Personas.

El Gobierno actual, el que preside Mariano Rajoy, actúa como los malos médicos, como los mecánicos de la salud: atienden a la enfermedad y se despreocupan del enfermo. Tanto es así, que estos tecnólogos sanitarios que todo lo analizan, lo pesan y lo miden, se enfrentan a virus, tumores y otros patógenos como si estos agentes de la mala salud fueran externos a su portador, al enfermo.

Pues así opera el equipo médico-político de Rajoy: atiende las urgencias fiscales, la financiación de las empresas, los déficits de las administraciones públicas, los vacíos de la selva bancaria europea y los problemas de la redistribución del Estado por la vía del gasto social, como si fueran patógenos aislados y, además, como si detrás de cada uno de esos frentes de batalla no hubiera miles, millones de personas que sufren, que lloran en silencio porque han perdido su trabajo, han perdido su casa o porque no pueden alimentar a sus hijos.

Habló Rajoy a los diputados de estas cosas, pero se olvidó en sus intervenciones de las personas, particularmente de las más frágiles, de las que resisten a la intemperie la galerna de la crisis. No es un silenciamiento casual, no se trata de un error a la hora de articular el relato; se trata de una deficiencia ideológica estructural de la derecha española, tan reaccionaria y casposa como siempre, aunque se adorne con abalorios posmodernos. Esa derecha siempre tan católica, solo se acuerda de los débiles a la hora de los rezos y cuando practica la caridad cristiana. Todo sea por ganarse el cielo, comprándolo, como han hecho siempre.

Oculta –aunque sin poder reprimir el tic ocular que siempre le delata cuando miente–, los datos micro, los que machacan a la gente corriente, a los asalariados, a los parados, a los desahuciados, a los jóvenes sin futuro, a los que buscan en la emigración una solución que no encuentran en casa.

Sostiene Rajoy que la crisis ya acabó, que España ha vuelto en sí, que propios y extraños reconocen nuestra renovada pujanza, que creceremos el doble de lo previsto, si no más, y que se creará empleo neto rápidamente. Concluye, con la escasa modestia que se le reconoce, que todo ha sido gracias a él y a su partido. Nos ha contado, Parlamento mediante, el Estado de la Nación de las Cosas.

No fueron pocos los dirigentes políticos que le replicaron con parecidas palabras a las del socialista Pérez Rubalcaba: “Señor Rajoy, ¿en qué país vive usted? ¿Pero en qué país, señor Rajoy? ¿En qué país vive usted?”. Le preguntaban por el Estado de la Nación de las Personas.

Es curioso como la ingenuidad no es necesariamente una característica que se cura con los años. Me incluyo entre aquellos que siguen sorprendiéndose del cocktail de cinismo, jactancia y soberbia que exhiben Rajoy y la compañía. Hasta hace unos meses, el gallego era un político que decía hacer lo contrario de lo que quería, sencillamente porque ?explicaba? la realidad le imponía (sic) esas actuaciones. Ahora saca pecho, y ante una ligera mejora de los indicadores macroeconómicos, afirma que son el resultado de su pericia al timón de la nave.

Oculta –aunque sin poder reprimir el tic ocular que siempre le delata cuando miente–, los datos micro, los que machacan a la gente corriente, a los asalariados, a los parados, a los desahuciados, a los jóvenes sin futuro, a los que buscan en la emigración una solución que no encuentran en casa. A fuerza de tratar los tumores sin compasión parece que estos no crecen, pero el enfermo está medio muerto. ¿Tan difícil es entender que aunque sea urgente detener una hemorragia, no ha de ser al precio de asfixiar al herido con el torniquete?

Con todo, en el debate parlamentario no solo se escondió a las personas. Apenas se disimuló sobre el asunto de la corrupción, que corroe al partido de gobierno, el Partido Popular, hasta las vísceras. Rajoy  silenció el proyecto de ley sobre la interrupción voluntaria del embarazo, con la que el tándem Iglesia Católica/Gobierno no solo quiere sacarnos del espacio europeo de las libertades individuales, sino retrotraernos a los negros años del franquismo. Además, camufló el gravísimo problema de la inmigración, que acaba de sumar una quincena de víctimas en las aguas de Ceuta. Y por si fuera poco, enmascaró la nueva Ley de Seguridad, que quiere poner multas, grilletes y mordazas a los desafectos al régimen.

No todo es soberbia reaccionaria. El señor Rajoy también nos dejó una prueba más de su negligencia. Se volvió a negar a afrontar con la seriedad que el asunto exige la situación que se vive en Cataluña. Rajoy ha emulado a José María Aznar, su otrora jefe de filas, y se ha convertido en un apóstol del independentismo catalán: nadie como ellos, reconocen los propios soberanistas catalanes, ha hecho tanto por el independentismo en Cataluña. Cada vez que Rajoy habla del tema, la nómina de los soberanistas crece. Cuando analistas de distinto linaje advierten de la necesidad de reformar la Constitución para tratar de encajar a Cataluña en una España realmente plurinacional, el presidente dice que la Carta Magna es imperecedera, inmarcesible.

Conclusión, que si las personas ?léase los electores, los votantes? no ponen orden en la Casa, si no son capaces de anteponerse a las cosas, malos tiempos nos esperan. Peores todavía de los que llevamos viviendo desde 2007 y más duros de los que padecemos desde la victoria del PP en 2011. Esperemos a saber qué pasa en las elecciones europeas de mayo. Pero más nos vale a la mayoría que este gobierno de pesadilla reciba el castigo electoral que merece. Un castigo que debiera ser bíblico.