PiñeraDar las gracias en la actualidad suele ser un gesto mecánico, carente de significado y menos de compromiso. Lo mismo vale si se trata de un mozo que te retira un plato que hayas vaciado en ese momento, como de un desconocido que acaba de salvarte la vida de una fuerza catastrófica. Expresar las gracias se convierte así en una suerte de empate lingüístico entre el favor y su compensación. Corroborado con la igualmente mecánica respuesta: “de nada”.

La donación, en esencia graciosa (que no significa para la risa, sino desinteresadamente, gratis) enaltece a quien la otorga, y a la vez libera al beneficiario del compromiso de la retribución, cambiándola por una más etérea pero no menos perturbadora gratitud. La gratitud no pesa en el alma, sino que levita, no ocupa espacio pero así y todo se arrastra por la vida como la cola de un cometa. Lo ideal es tener una lista lo más acotada posible, pero recordando siempre la fábula del león capturado por los cazadores y el ratón que royó las cuerdas para liberarlo (Esopo, para quienes necesiten del dato, sale en Wikipedia); nadie está libre en cualquier momento de estar en una posición o la contraria.

Eso de recibir algo y no debérselo a nadie es una idea ajena a nuestra naturaleza, a nuestra idiosincrasia y a nuestro ser económico. Lo que recibimos sin pagarlo de inmediato tiene un nombre, y es crédito. El crédito se paga y se paga caro. Así está estipulado y existen profesionales de todo orden que se ganan la vida ofreciéndolo, calculándolo, cobrándolo, renegociándolo, persiguiendo o embargando. Y no es gracia para nadie tener un crédito insoluto, ni sirven las gracias innatas o adquiridas, ni dar las gracias, ni hacerlas como medida distractiva. Nada más inusitado en la sociedad contemporánea que llevar en la billetera un fajo de gracias para repartir entre nuestros acreedores.

Existe en muchas legislaciones, como en nuestro Código Civil, una disposición que obliga a hacerse cargo de quien nos ha hecho una donación cuantiosa “si no hubiera sido rescindida o revocada”, como una casa, por ejemplo, o una herencia en vida. En este caso el agradecimiento se materializa en el cuidado obligado del donante, casi siempre un anciano o anciana, merecedor de alimentos vitalicios. No recuerdo otro caso en que la gratitud se imponga, literalmente, como un acto de justicia.

Las gracias tienen un origen divino. De hecho, eran hijas de Zeus, Aglaya la belleza, Eufróside el júbilo, y Talía la floreciente, a la cabeza del banquete. Más terrenas y cercanas parecen ser las Gracias romanas, Castidad, Pulcritud y Voluptuosidad (me tomé la libertad de traducir sus nombres a nuestro vernáculo idioma), vale decir la virgen, la esposa y la amante, que como sus referentes griegas, eran tres, y no una sola, como muchos quisieran. En el caso de las mujeres cristianas, y por más que traten de imitarla –no lo hacen– hay solo una bendita entre todas las mujeres, llena de Gracia, la gracia de Dios, vale decir, de un Don proveído directo del Creador, la concepción inmaculada, algo así como el summum de la gracia. Felizmente el pecado original nos libró de tamaña carga, y la mujer puede ir por la vida mostrando parte de su anatomía y los hombres imaginando el resto. Es la gracia, con minúsculas, más a nuestro alcance. Eso quisiéramos.

Además de la gracia metafísica, de la que algo hemos dicho, existen, por supuesto, las otras gracias, esas que llaman a diversión, y las únicas que reconocen la mayoría de la gente. Como las gracias de su hijo. A diferencia de la primera, introspectiva, la gracia común es explosiva, disparatada, necesariamente compartida. Busca la aprobación. Constituye una fisura en el sentido común que de manera sagaz o vergonzosa, alguien o todos notan y explotan en el escarnio del causante.

El teatro desde sus orígenes se divide precisamente entre aquellas obras que hacen reír y aquellas que hacen llorar. Las máscaras ofrecían solo esas dos opciones –será porque no existían emoticones en el teatro griego– y mientras los temas de Estado y la relación de los reyes con los dioses eran tratados entre llantos y calamidades desde la altura de sus coturnos, el pueblo se contentaba –literalmente– riéndose de los primeros y reverenciando a los segundos. La fórmula les ha funcionado a los poderosos desde el circo romano hasta hoy, con ligeras variaciones, con el entusiasta apoyo del vulgo, burlescos burlados a través de las edades. El bufón en esto es paradigmático, pues se trata de un personaje popular enquistado en la corte, lugar al que no pertenece, pero a la que ha ingresado para que los de adentro se rían con las gracias de los de afuera, y los de afuera atisben lo insensato de la vida de allá adentro. El gracioso en las tablas y sobre todo el pícaro en la novela, saca a la calle lo ridículo, lo tristemente risible, de nuestro cotidiano. Facilistas como somos, ahora ese papel lo cumplen los humoristas, elevados a la categoría de filósofos.

Las gracias de Piñera

Pero en tiempos de cambios se hace obligatorio un guiño a la contingencia, y aunque no sea más que por cumplir, pasaré revista a las repercusiones que entre mofa y chiste quedan después de que alguna autoridad deja su cargo. Piñera ocupó la cartera de Trabajo y Previsión Social en 1978 y desde ese cargo hizo posible un anhelo de los grandes capitales, solo posible en dictadura, de echar mano al dinero de la previsión de los trabajadores, un ingente tesoro del que, 37 años después, poca participación alcanzan y por el contrario, constituye una bomba próxima a estallar. La capitalización individual también alcanzó la salud, con la creación de las isapre, que estableció una línea aún más gruesa entre las opciones de salud entre ricos, no tan ricos y pobres, cubriendo según propias cifras, a un sexto de la población chilena. El Plan Laboral de Piñera, que estableció restricciones al derecho a huelga como se había conquistado antes de la dictadura, también significó el despido masivo de trabajadores con una argucia que minimizaba su desahucio.

En la minería, y como ministro del ramo, unos años después, estableció la doctrina de la “concesión plena”, una forma de desnacionalización del cobre y otros minerales que obliga al Estado de Chile a indemnizar las ganancias futuras totales, lo que hace inútil cualquier expropiación. Esta política liberal se abrió también a las concesiones privadas de obras públicas, como las carreteras y vías urbanas concesionadas, que ahora alcanza a cárceles y hospitales. Otra consecuencia es la privatización silenciosa y fraudulenta de empresas públicas hoy a manos de los mismos que fueron parte del gobierno que instituyó el liberalismo de Estado para beneficio de sí y los suyos utilizando para ello manu militari (alguna vez LAN Chile fue la Línea Aérea Nacional chilena, por ejemplo), jibarizando el Estado y de esta manera, su capacidad de respuesta ante una población cada vez más necesitada y demandante.

A pesar del impacto de las acciones –casi se puede decir mefistofélicas– de Piñera en nuestras vidas y que repercutirá por generaciones en nuestro país, recién tímidamente se alzan voces para revertirlas, y peor aún, surgen de los propios sectores que debieran reaccionar, paños fríos timoratos y relativismos enervantes. Si usted pensaba que el Negro Piñera –exigido al máximo de su talento (“Era la luna llena que asomaba su carita en la cordillera”)– era el crédito de la familia, está equivocado: esa gracia es del invisible José Piñera, el que se sentó a los milicos, que a su orden se sentaron a la civilidad. Como ve, no estamos para chistes. Gracias hacen los monos.