rafaelhernandez

Foto: lapupilainsomne.wordpress.com

La verdad no entra en un entendimiento rebelde.
Jorge Luis Borges, “El aleph”.

 

Si un viajero que visitara por apenas una semana Tánger, Santiago de Chile o la ciudad de México, asistiera durante dos o tres días a un evento académico o religioso, y se reuniera con un puñado de viejos conocidos y diplomáticos extranjeros, se lanzara luego a emitir un dictamen sobre la situación económica, social, política e ideológica de esos países, los lectores tendrían múltiples reacciones: se encogerían de hombros, pasarían a la página de deportes, o soltarían una exclamación irrepetible aquí.

Este tipo de texto forma parte, sin embargo, de un género establecido en relación con la isla, al que se podría denominar “retrato de Cuba como desastre”, o para abreviar,  literatura apocalíptica. En este género híbrido, que ha proliferado en las dos últimas décadas, se reúnen, para ponerlo en términos de teoría literaria, lo épico-narrativo, el drama y a veces hasta la lírica. Sin espacio aquí para desarrollar el punto, como podría hacerse en una tesis de Letras, me detendré en una subespecie suya, a la que podría llamarse crónicas de tránsito.

¿Qué elementos permiten identificar este subgénero de la apocalíptica? ¿Cómo se escribe? ¿De qué se trata? Por lo general, los cronistas de tránsito suplen la investigación de terreno por lo que se les pega en almuerzos y recorridos; si asisten a un evento académico o cultural, eligen lo que cuadra con su manera de pensar; y luego de ese minitour por el país, asumen que Cuba es La Habana; la capital, determinadas áreas y gentes preferidas; y los siempre locuaces y críticos ciudadanos cubanos, una multitud desesperada que languidece o clama en el desierto, urgida de redención y portavoces extranjeros, a punto de estallar contra el sistema. Es sobre las características de contenido y forma se ese subgénero que quiero compartir un par de apuntes.

 

Uno.

Tengo delante de mí dos muestras de crónicas de tránsito. La primera es un reportaje de un periodista francés (¿o marroquí?), Bertrand de la Grange, ex-corresponsal en México de Le Monde; la segunda, una reciente entrevista a Sergio Bitar, ex-ministro socialista chileno. Ambas compaginan en la medida en que a) ofrecen un juicio rotundo 100% negativo sobre “lo que pasa realmente en Cuba”; b) pintan a los habitantes de la isla como una sociedad atrasada, al margen del mundo contemporáneo, embrutecida por el estancamiento político; c) caracterizan como decrépitos, dinosáuricos y sordos a los actuales dirigentes cubanos; d) multiplican por cero el debate de ideas en torno a los problemas nacionales y la perspectiva política dentro del país. Abusando de la paciencia del lector, y como botón de muestra, los cito a ambos (de la Grange: BdG, y Bitar: SB).

“Después de cinco años sin pisar tierra cubana descubro el mismo país que se cae a pedazos” (BdG).  “No hay visión, no hay futuro”. La “sociedad está paralizada” (SB).

“El régimen da palos de ciego con sus reformas para actualizar el socialismo —tarea imposible”. “La Feria Internacional del Libro es la mejor ilustración del estancamiento intelectual de la cúpula dirigente.”(BdG). El PCC “no escucha a la ciudadanía”, no sabe “lo que está ocurriendo en el mundo”, es responsable de “congelar a un país como Cuba”. (SB)

“Un país donde coexisten las penurias de todo tipo (alimentos de calidad, papel higiénico y, sobre todo, libertad)” (BdG). “No mejoran las condiciones de vida, no mejoran las libertades” (SB).

“El contraste entre la calle y esa dirigencia congelada en el tiempo es asombroso. Los jóvenes ya no hablan de Fidel Castro y muy poco de su hermano Raúl. No esperan nada de ellos. Los dan por muertos” (BdG) “Es una sociedad que depende más de un caudillo que de las instituciones”. “No hay socialismo humanista que pueda sostenerse conceptualmente desde el punto de vista de las realidades cubanas”. “Se ha pasado de la épica de los 60 a una situación patética”. (SB)

El lector podría juzgar demasiado rápido si asumiera que lo definitorio de estas escrituras radica en sus creencias políticas. Si de diferencias ideológicas se tratara, no valdría la pena extenderse, pues cada uno es libre de adoptar la que prefiere. La cuestión, en cambio, radica en su condición textual, la que Borges describiría como “estar contaminada de literatura, de falsedad” (“El Aleph”). Mis amigos periodistas en otras latitudes afirman que no se puede dar por válida una información sin confirmarla al menos en dos fuentes confiables. Me pregunto cuáles avalan el aserto de que “se han ido de Cuba”, a raíz de la nueva Ley Migratoria (enero, 2013), nada menos que “230 000 personas”. “Antes de esa fecha, solo viajaban los adictos al régimen” (BdG).

A estas alturas, el lector se habrá hecho su propio juicio sobre estas crónicas de tránsito, y se preguntará de qué sirve partir pelos en dos en torno de ellas. Precisamente ese es el argumento de mi segunda nota.

 

Dos.

Para aquellos que no lo consideran un material digno de atención, permítanme advertirles que la crónica de tránsito sobre Cuba comparte un grupo de rasgos con visiones divulgadas por agencias de prensa y medios que no son tenidos por libelos. Si momentáneamente dejamos de lado su maniqueísmo, y las tomamos realmente como un subgénero literario, por sus rasgos estilísticos y sus referentes, encontraríamos ciertas particularidades que vale la pena considerar. Entre estos se cuentan al menos los siete siguientes:

a)     Adoptan un estilo a tono con un invariable leitmotiv (“la hora final de Castro”, el socialismo agonizante). Como ocurre con el Armagedón, este se anuncia por señales, no se explica.

b)    En el discurso de estas crónicas, los adjetivos remplazan a los argumentos, y la descalificación al análisis.

c)     Carecen de perspectiva temporal, extrapolan el pasado al presente, mezclan la Cuba de hoy con “la del Che Guevara”.

d)    El tono de sus aseveraciones es del tipo “esta es Cuba, todo lo demás es mentira”. Cuando aluden a las visiones alternativas sobre la isla, si son de izquierda, las califican de nostálgicas, idiotas o “lengua de madera” –traducción literal afrancesada de lo que en español se dice retórico y en cubano “descarga” o “teque”.

e)     No reflejan el análisis crítico sobre los problemas del sistema económico y político cuyos autores radican en Cuba; pero tampoco el de estudiosos nada sospechosos de castrismo o guevarismo, como el titular de Harvard Jorge Domínguez, o el profesor emérito de economía Carmelo Mesa-Lago.

f)     Sus referentes no se encuentran entre las publicaciones académicas cubanas, como Temas, pero tampoco en las revistas de análisis sociopolítico editadas por instituciones religiosas cubanas, como Espacio Laical o Caminos. Lo mismo ocurre respecto a las fuentes institucionales, incluso las que no se expresan en “lengua de madera”, como el Censo, pero también CEPAL, FAO, y hasta el Índice de Desarrollo Humano del PNUD, que aprecia el nivel de Cuba entre los países de la región (y que algunos de ellos llegan a calificar de “mal calculado” por parte del sistema de Naciones Unidas.)

g)    Su discurso abunda en sintagmas recurrentes: la “excepcionalidad cubana” (léase, “Cuba es una aberración”), la falta de “modernidad y cosmopolitismo” (o sea, “no tienen conexión a Internet”), “la brecha creciente entre viejos y jóvenes” (donde “joven” abarca a todas las generaciones “entre 15 y 59 años”), el bajo nivel de “desarrollo” (es decir, la baja “tasa de crecimiento económico”), las “dos Cubas: La Habana y Miami” (significa: “un mismo país dividido, como Alemania”, en lugar de “una población étnica cubana, mitad emigrada, mitad nacida allá, lo mismo que Dominicana, Centroamérica, México, etc).

A la manera de géneros como el cine catastrofista, donde un protagonista lúcido alerta sobre el advenimiento de la desgracia a una masa sorda, terca e irresponsable, esta singular variante literaria no se ahorra vaticinios ni efectos dramáticos, desde el presagio de primaveras árabes hasta la desaparición del socialismo por fade, cuando ya no estén “los Castros”.

Tampoco carece de cierto ingrediente sentimental. La “Cuba que yo quisiera” suele reemplazar el análisis de la Cuba que es o que podría ser. Entre estas Cubas queridas se destaca, naturalmente, la del capitalismo.

 

Tres.

Hasta aquí he intentado examinar la apocalíptica cubana como género y proponer una  tipología de la crónica de tránsito. Como se ve, los enfoques adscritos a esta literatura niegan a fondo la dinámica de la transición cubana, y sugieren de manera más o menos directa que la única alternativa abierta para la isla es avanzar sin pausa y con prisa hacia la economía de mercado.  Esto nos lleva a la vasta cuestión de los modelos alternativos, que apenas intentaré enunciar en esta tercera nota, sin discutirla como merece, pues se trata de todo un territorio de problemas que rebasa bastante las crónicas apocalípticas.

Aunque resulte asombroso, un cuarto de siglo después de las transiciones postcomunista europeas y del inicio de los experimentos neoliberales en nuestra región, todavía rebotan, sobre todo en los predios de la economía, fórmulas monetaristas y esquemas de liberalización que logran deslumbrar a algunos con sus ecuaciones econométricas y otros ejercicios técnicos. A nuestros vecinos de América Latina y el Caribe, que vienen de regreso de situaciones donde equipos de econometristas pudieron manejar las palancas de la economía como si fueran parámetros de laboratorio, con resultados conocidos, les debe resultar extraño escuchar que la solución a los problemas de Cuba sea más de lo mismo.

No obstante, se siguen emitiendo prescripciones extraídas de una amplia casuística, que incluye numerosas herramientas de los primeros 90. Así, según algunos, el “modelo polaco” y hasta la transición sudafricana aún tendrían lecciones para la Cuba de 2014; y todavía merodea la sombra del “modelo alemán”, cuando se habla de “una nación dividida”, que es necesario unificar, etc.

Ahora bien, más allá de estas calistenias mentales, parecería obvio, que Cuba está en movimiento, e inmersa en cierto tipo de transición, que con todos sus déficits, demoras, zigzagueos, resulta difícilmente confundible con las recetas preconizadas por la transitología (ciencia de moda a fines del siglo pasado e inicios de este). Y que esa ruta, según preconizan las políticas en curso, se encamina hacia un cierto tipo de socialismo.

Es ahí donde entran el “modelo chino”, y sobre todo “el vietnamita”. Como ocurrió con “el modelo cubano” en los 60 y 70, esos “modelos” asiáticos se presentan como paradigmas explicativos en todas partes, mucho más que en los propios países aludidos. En efecto, no pocos académicos chinos[1] y vietnamitas  se cuestionan la existencia de tales “modelos” en su acepción dura, es decir, como representaciones conceptuales abstractas que explican el comportamiento de los procesos reales con un alto grado de predictibilidad; más bien allí se conciben como políticas orientadas a objetivos específicos de mediano y largo plazo, muy susceptibles de corrección y ajuste, mediante paquetes de medidas quinquenales. Dicen ellos que saben adónde quieren llegar, pero los adóndes de cada etapa se revisan y redefinen sus tiempos, así como sus medios y ritmos. No parecen ellos interesados tampoco en promover su modelo de desarrollo como la panacea, y mucho menos exportarlo a ninguna parte.

La simpatía suscitada afuera de esos países por los supuestos “modelos” chino y vietnamita encubre diferencias de fondo. Aparte del casi universal  entusiasmo por las altas tasas de crecimiento, la reducción de la pobreza y el aumento relativo de la clase media, sus admiradores globales enfatizan la liberalización económica como la esencia del modelo. Para decirlo rápido, en la ecuación “economía de mercado con Partido único (comunista)”, lo que atrae a la mayoría de esos expertos es la parte del mercado, no la del Partido Comunista. Algo así como hacer el elogio de un tigre, pero preferirlo sin rayas, capaz de dormir en el sofá y, naturalmente, “que cace ratones”.

Para algunos chinos y vietnamitas que interpretan sus propios procesos políticos, la legitimidad de esos PC en China y Vietnam tiene menos que ver hoy con el marxismo-leninismo ortodoxo y las concepciones estadocéntricas sobre el socialismo que con su rol histórico en la lucha por la independencia y la soberanía, la defensa del interés nacional de sus estados y de su población, y muy en particular, con su capacidad para desarrollar políticas estables dirigidas a modernizar sociedades todavía rurales en una alta medida, víctimas de una pobreza ancestral, con vastos territorios apartados y minorías étnicas que requieren integrarse de manera acelerada a un proceso que asegure la elevación del nivel de vida de toda la población. Entre los méritos reconocidos a esos PC y sus políticas de reforma se incluye, como componente clave, haber corregido el rumbo en sus relaciones exteriores, recuperando su lugar en la comunidad regional y en el sistema internacional, superando el aislamiento en que se encontraban, y conduciendo una política inteligente que ha logrado alcanzar un alto grado de cooperación con los países vecinos y los industrializados, incluidos sus antiguos enemigos.

Medida con esa regla, Cuba no ha alcanzado una parte de esos logros, otros sí –y otros no los requiere. Confundir el insuficiente acceso a Internet, el bajo percápita de teléfonos inteligentes, el estado precario del transporte, la carencia de TV por cable, automatización de los servicios, disponibilidad de libros electrónicos, y otros déficits tecnológicos y de consumo en Cuba con la medida de la modernidad en la cultura y la sociedad implica no entender el significado de moderno. Cuba es un país que ha experimentado durante cinco siglos el efecto de estar plantada en el cruce de caminos del Nuevo Mundo; donde las relaciones sociales capitalistas se extendieron en su momento a la totalidad del territorio nacional; la mayoría de su población desciende de inmigrantes pobres europeos y esclavos africanos emancipados, pero la más intensa influencia cultural en el último siglo proviene de los Estados Unidos; se ha integrado étnicamente más que la mayoría de las naciones; 75% de su población accede a las condiciones de la vida urbana; sus mujeres integran la mayoría de los científicos, estudiantes universitarios, la salud pública, la educación y el poder judicial; la asistencia escolar es universal y obligatoria durante 9 años; su modelo de bienestar social solo es comparable con el del Norte civilizado; y el incremento relativo de la pobreza (20%) y de la desigualdad racial, en el contexto de la crisis, se percibe como una anomalía.

 

Epílogo: el sentido de actualizar.

La revolución socialista en Cuba surgió de esa sociedad moderna, no de una guerra de independencia contra una potencia colonial o una rebelión campesina. En sus sucesivas etapas, ese socialismo generó su propia modernidad, con sus luces y sus sombras, como ocurre en un cambio social genuino. Nuevamente, es esa sociedad socialista moderna la que requiere hoy un socialismo distinto, de abajo arriba, que genere respuestas a sus problemas reales.

Imaginar soluciones propias a estos problemas no conlleva desechar ideas inspiradas en contextos ajenos (quizás más en Escandinavia, Canadá y algunos procesos de cambio social en América Latina, que en Asia), ni tampoco excluir del todo a algunos abogados del reino del revés, pues aunque no se compartan sus ideas, cuando se trata de propuestas creativas, pueden hacer repensar las establecidas sobre el desarrollo en Cuba. A fin de cuentas, el mayor desafío no consiste hoy en colocar fórmulas racionales sobre la mesa, sino en ponerlas en obra minimizando sus costos sociales y mediante un nuevo estilo político. Actualizar no solo significa poner al día, sino realizar, “hacer que los elementos abstractos o virtuales se conviertan en concretos e individuales”. Esta puesta en acto políticamente responsable y democrática es, o podría ser, la clave de un nuevo modelo.

La Habana, 20 de marzo, 2014



[1] Yan Jiron, «El “modelo chino”: ¿qué dicen las investigaciones?», Temas # 66, 2011, http://www.temas.cult.cu/revistas/66/012_Jirong.pdf.