En nuestra juventud buscamos, y rebuscamos un fundamento que diera seguridad a nuestra vida. Lo buscamos en el Cristianismo; lo buscamos en la Iglesia Católica; lo buscamos en el Marxismo. Hasta en el Existencialismo lo buscamos. Indagamos en la doctrina del deber por el deber.

Al fin, lo hemos encontrado en donde menos lo esperábamos: en la Biblia, en el Antiguo testamento. Hay allí unos renglones que nos han ayudado a poner los pies en la tierra.

“Todo a todos sucede de la misma manera; una misma suerte es la que corre el justo y el impío; el bueno y el malo; el puro y el impuro; el que sacrifica y el que no ofrece sacrificios; como el hombre de bien, el malhechor; como el que jura, el que aborrece el juramento …Goza de la vida con tu amada compañera todos los días de la fugaz vida que Dios te dé bajo el sol, porque esa es tu parte en esta vida entre los trabajos que padeces debajo del sol. Cuanto bien puedas hacer, hazlo alegremente, porque no hay en el sepulcro a donde vas, ni obra ni industria ni ciencia ni sabiduría” (Eclesiastés. 9).

Extraño texto que ha sobrevivido a los expurgos inquisitoriales de judíos y cristianos.

No nos dice este texto: ¡Paraliza tu acción! Al contrario, nos dice que cuanto bien podamos hacer lo hagamos alegremente.

Todo hombre si no es del todo tonto ni tiene la conciencia encallecida sabe en cada situación la actitud que debe adoptar.

Nos está diciendo este amable escéptico judío que cuando hayamos de decidir no dependamos de las opiniones de otros.

Se nos dirá, y con razón, que muchísimas veces urge decidirnos. Y entonces, ¿en dónde apoyarnos? ¿Cómo ilustrar rápidamente a nuestra conciencia?

Estamos situados en el dominio de la acción, en el dominio éticopolítico. Ya no somos niños ni jóvenes imberbes, y, por lo tanto, nuestra conciencia debe estar ya informada.

Tiempo ha – cuando nos enseñaron Filosofía de veras – nuestros profesores nos proponían a los grandes autores para que los repensáramos, y luego pensáramos por nuestra cuenta.

Pensar, y pensar bien, por nuestra cuenta ¿es sensato y es posible? Veamos.

Repensemos a los grandes autores. Vayamos a ellos con simpatía; y entonces la crítica – fuere cual fuere – madurará sola.

Podemos repensar sus pensamientos; pero nunca reinventarlos todos. Esta es una dificultad que nos pone la brevedad de la vida.

Así y todo – aunque parezca paradoja – pensar por uno mismo es un deber. Toda nuestra dignidad de hombres, dice Pascal, reside en el pensamiento. ¿No se nos ha enseñado durante milenios que somos animales racionales?

Más preciso aún: piensa lo que piensas. Reflexiona.

Tal actitud no es inconciliable con los requerimientos muchísimas veces urgentes de la acción. Al contrario,los atempera; imposibilita a los fanatismos; nos impide encapsularnos en una originalidad vanidosa y estéril.

Intentemos pensar por nosotros mismos.