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Como un secreto que solo se deja mostrar para ciertas tribus está este enclave republicano en el empingorotado pasaje Nueva York. Era, también, la oficina de trabajo del poeta Jorge Teillier.

Dicen que Teillier, que escribió su magna obra bajo la influencia del alcohol, llegaba temprano a la barra en busca de inspiración en forma de centímetros cúbicos. Una placa recuerda hoy el lugar donde habitualmente se sentaba, aunque para conocerla se debe tener conciencia de no pasar de largo, como lo hace casi todo el mundo que camina por el pasaje Nueva York.

Ahí, flanqueando el piso adoquinado, está la Bolsa de Santiago al principio y el Club de la Unión al final, o al revés. Entremedio, bufetes de abogados, camiserías y casas de cambio dan cuenta del espíritu-ejecutivo y empresarial del lugar. Qué sitio más inapropiado para una cantina y, por lo mismo, cuánto refulge.

Las tres vertientes parroquianas son: intelectuales mucho más apocalípticos que integrados; estudiantes universitarios de hambre grande y bolsillo chico y oficinistas que se sueltan la corbata, haciendo un alto con un jarrito de borgoña entre la pega y la casa.

La unión, como puede preverse, no es tan chica.