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Carlos Altamirano.
AH! Los días felices.
Historia de un hoyo y 40 relatos inconclusos.
Ocho libros editores. Santiago. Mayo de 2014.

 

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Todo el libro transcurre en 1977. No sabemos por qué. Eso lo sabe el artista.

Podría haber sido una exposición, una presentación de fotografías y documentos enmarcados colgando de los muros de alguna galería, una colección de objetos distantes y ensimismados en su aurática unicidad de corta duración, antes de ser descolgados por el ineluctable y administrativo paso del tiempo. Pero no, con lo complejo y también lo simple que ello significa, es un libro color papel kraft, lomo redondo, tapas un poco duras y el interior impreso en tinta negra sobre papel bond ahuesado: un artefacto móvil, de duración ilimitada, transportable, barato, consultable, regalable e infinitamente prestable.

Eso tendrá que ver quizás con que Carlos Altamirano sabe bien las artes de la producción de libros, pero sin dudas tiene más que ver con una voluntad de poner la obra a ras de suelo, de modo de conferirle una condición común y otorgarle a la vez mayores posibilidades de desplazamiento.

Después de todo, por así decir, un punto de partida está en reconocer que cualquiera ha vivido de algún modo, alguna vez, en 1977.

En esa clave se juega un punto de vista. Un ejercicio de memoria sin distancia, a la mano de un balcón en el centro, de un hoyo en el asfalto en una esquina cualquiera de Santiago que sin embargo, siendo los tiempos que eran, nos lanzan violentamente a las duras evocaciones de la represión y la inseguridad. Emociones también comunes de cualquier forma. ¿Quién no ha visto en el asfalto una paloma muerta, la calle rota, unos cables enredados bajo la realidad con quizás qué tráfago de voces y datos? ¿Quién no ha visto una persona doblar la esquina un día en la tarde para no verlo nunca más, una ventana con sombras danzantes en un living pequeño? ¿Quién no ha tenido uno de esos días felices?

Decir que Altamirano lo ha visto, sin embargo, de un modo diferente sería redundante, una repetición tonta de tan evidente. Pero habrá que decirlo de todas maneras. Cada página tiene una duración, varios minutos y la posibilidad de volver a ella, una pregnancia que se nos queda y se va con nosotros una tarde entera o se instala en las imágenes extrañas que anteceden el despertar. La página siguiente se revela su procedimiento: el montaje. Izquierda: una paloma muerta en la calle. Derecha: “La semana política” de El Mercurio, 2 de enero de 1977: “El régimen militar está determinando una transformación profunda del país”. Y así en más: una pared sin estuco, cruda, miserable; una chimenea de metal despidiendo hollín sobre una línea oblicua que en su lectura de izquierda a derecha sube, pero cae.

_MG_172642 fotos del minucioso ciclo de vida de un hoyo en la calle, desde la primera herida infringida por los martillos neumáticos y las picotas incesantes hasta la sutura y el parche. Allí se abrió la carne de la ciudad, aparecieron sus menudencias y sus partes ocultas, un desorden inicuo, las huellas de la geología artificial de la capital asediada, su prehistoria. Todo eso que ocurre abajo, donde no llega la luz, y que sostiene el pasar de la gente y los días sin llegar a saberse, todo eso está allí, en esa revelación que es siempre un hoyo mientras es un hoyo, antes que su evidencia insoportable nos venza y apresuremos su relleno. Taparlo, echar cualquier cosa allí, cerrarlo pronto y amanecer un buen día pensando que nada ha pasado, que todo ha vuelto a la plana normalidad de la horizontalidad geométrica de las calles bien niveladas, y que los hombres sucios que allí bajaron no están más, que han regresado a su aldea salvaje en los extramuros de la conciencia con sus rudas herramientas de metal: “Preocupan a la opinión pública varios hechos, protagonizados por personas que no se identifican, y que podrían calificarse como operaciones de amedrentamiento”. (El Mercurio, 3 de julio de 1977) Es un libro de la memoria, claro.

La paloma se muere 17 páginas. Primero entera, luego aplastada, luego desguazada hasta volverse irreconocible sobre la calle mugrienta. ¿O son 17 palomas diferentes? ¿Son palomas? “La falta de escrúpulos propia de los marxistas puede llevarlos incluso a ultimar a un militante propio con el fin de responsabilizar de su muerte a terceros”. (El Mercurio, 5 de marzo de 1977)

La primera parte de “Ah! Los días felices” de Carlos Altamirano, contiene 12 páginas de cartas y documentos oficiales fechados en 1977, colocados entre fotos de una fiesta, de un perro anónimo, de una cantina y de alguien que se pierde en la negrura de esos días. La segunda parte, titulada “Sobre la correcta manipulación de las contradicciones del pueblo” no reproduce el famoso discurso de Mao Zedong en la XI Sesión (Ampliada) de la Conferencia Suprema de Estado en febrero de 1957. Contiene sin embargo 13 editoriales escogidas entre las muchas publicadas por el diario El Mercurio en 1977, alternadas entre fotos de un tipo que corre por la calle a contramano, la ciudad, una micro “irarrázaval, Vic. Mackenna, san joaquín, CERRILLOS”, la paloma rota y unas señales perentorias de que algo allí ocurriría en cualquier momento: una tapa de alcantarillado removida, unos conos rojos, las consabidas herramientas. A la vuelta de la página se abre la parte final: “Historia de un hoyo y 40 relatos inconclusos”. Página derecha: señalética, una barrera de contención improvisada, una carretilla, cables subterráneos, alguna gente y la entrañable Recoleta Lira. Página izquierda: “7 ALVARO MIGUEL BARRIOS DUQUE. 26 AÑOS A LA FECHA DE SU DETENCIÓN. CASADO. ESTUDIANTE DE PEDAGOGÍA EN INGLÉS, U. DE CHILE. PARTICIPANTE DEL CENTRO CULTURAL VIVACETA. MILITANTE DEL MOVIMIENTO DE IZQUIERDA REVOLUCIONARIA (MIR). Fue detenido por agentes de la DINA el 15 de agosto de 1974, al mediodía…”

_MG_1721Un mediodía cualquiera, tan bueno para rellenar un hoyo como para estremerce con un libro como este, que en nuestra primera mirada nos remite a una memoria indócil. No es que el montaje como proceder artístico pueda salvar irónicamente que en una página encontremos, es un ejemplo, el Decreto Ley Nº1.877 de 1977 sobre Seguridad del Estado, firmado por Pinochet, Merino, Leigh y Mendoza, y en la página enfrentada se asomen parejas en un baile. Tampoco nos parece que se trate de una banalización, y menos aún lo es el propio título del libro. Es que entre esos días crudos, temblorosos, infaustos, los hubo también felices, hubo bailes, hubo sonrisas, guaguas que nacieron, primeros amores y gente que atravesaba la calle distraída, metidos a contrapelo de la mordida infame del poder, a pesar de ese poder subterráneo que se apilaba bajo los pies que transitaron por aquella época injusta donde la gente que doblaba las esquinas no siempre se esfumaba simplemente entre la muchedumbre y era forzada a entrar en autos negros con destino a una desaparición sin retorno. Por eso se requieren ejercicios de memoria como este, complejos, ricos, desvictimizados, directos. Porque hay una densidad ética muy saludable en respirar, como en estas páginas se respira, la atmósfera plomiza con que el régimen secaba las vidas y asesinaba gente, militantes o no, y sostener sin embargo la sonrisa, el deseo, el baile, la distracción, los autos en la calle, las sombras en la vereda, los cables de los trolley, en definitiva, la densidad de una época que no podrá ser nunca propiedad absoluta del victimario.

Se pueden hojear en estas páginas las miserables editoriales de El Mercurio como se puede sentir la ciudad aquella, su tenor, su ritmo. Si no sabemos lo que había no podríamos saber lo que perdimos. Así, volver sobre estas fotografías es también volver sobre la vida, reconocer el camino que nos trajo hasta aquí, hacer pensable la historia en la memoria, andar la biografía de ese año donde, faltaba más, Pinochet pronunció el Discurso de Chacarillas.